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Cosecha del 17 de Febrero, 2006
en almacén Yerba mate
Pequeños encuentros
Mamá ha vuelto de Argentina. La casa está limpia y las plantas regadas -solo con el agua que les hace falta, ni una gota más. Volvemos a coincidir en los pasillos de la casa. Cuando nos cruzamos aprovechamos para comunicar en voz alta pequeños problemas. Ella dice cosas como: "No encuentro la camisa azul". Yo le contesto otras como: "No tengo conexión a Internet". Y seguimos cada una con lo que estábamos haciendo.

Cosecha del 7 de Mayo, 2005
en almacén Yerba mate
Tesoros
De pequeña tuve tres tesoros: una roca, un manzano y una playa. La roca era una piedra enorme a la salida de casa, tenía tres metros de altura, era mi fuerte de guerra, mi barco pirata y un puente hasta la casa de los vecinos. El manzano lo plantó mi padre el día que yo nací, enterró las semillas de una manzana que se acababa de comer. El árbol creció rápido y fuerte, se hizo más alto que yo. Y la playa estaba a veinte metros de casa. Una playa eterna con fondo de bananeros, botes de pescadores y tres islas verdes perfilando el horizonte. Todo esto era nuestra casita de la playa.
No tenía más que unos pocos metros cuadrados, mis padres la construyeron con sus manos y muchos fines de semana en una tienda de campaña. Yo también ayudé, parece ser que metí la cabeza en un cubo lleno de cal una vez, y rompí a martillazos el reloj de mi padre otra. Eso dicen las fotos. La casita de la playa nos la encontramos por el camino, mi padre compró un terreno que encontró muy barato en uno de sus viajes de vuelta. Eran terrenos para una urbanización, algunos estaban vendidos, la mitad en construcción. Los bordeaban kilómetros de playa con casitas repartidas poco a poco. Un territorio salvaje. En esa tierra crecía de todo. Cuando nos mudamos a Río para que yo empezara a ir al colegio, volvíamos los fines de semana a nuestra casita, mis padres tenían que ir solamente para cortar el césped. Si pasaba más de dos fines de semana creciendo libre, nos invadía. Para mí era una selva oscura, a ellos les llegaba a las rodillas. También crecían lechugas, tomates, hierba luisa y fresas. La plantación de fresas era lo más pobre, un año llegamos a tener cinco a la vez. Eran ácidas y pequeñajas. Yo crecí allí, como crecían las lechugas, el césped y las fresas ácidas. Como creció mi manzano. Los que compraron la casa prometieron no cortar el manzano. La casita fue nuestro billete de avión. En un sobre nos llegaron fotos de las remodelaciones que habían hecho a la casita los nuevos inquilinos. Poco tardaron en ampliarla y construir sobre las lechugas. Supe que habían hecho cachitos mi roca, mi barco pirata, mi fuerte de guerra; para construir un muro y rodear la casa. Un murito de nada, de adorno, no les llegaría a la cintura a los nuevos inquilinos. A mí me hubiera tapado, como me tapaba el césped todos los fines de semana y los remolinos de la orilla del mar. Creo que no cortaron el manzano, espero que no lo hicieran. O simplemente lo trasplantaran, como hicieron conmigo.
(Tonbridge, abril de 2004)

Cosecha del 1 de Mayo, 2005
en almacén Yerba mate
Hace cinco años
Estos cinco años han pasado volando, nunca me han pasado tantas cosas como en este tiempo. Lo he calculado dos veces, soy muy mala para las matemáticas, y creo que lo he hecho bien: 9 de junio de 1999. Tenía 18 años. Ese día no estaba estudiando para selectividad, estaba ya cansada de estudiar y repasar, estaría en la piscina con Lalo, riéndonos con Andrés. Lalo y yo nos llevamos cinco años, hoy él está haciendo Selectividad. Se me ha hecho tarde ya para llamarle, vivo una hora por detrás.
Pasé todo ese año cansada, en realidad. He estado rebuscando en internet para comprobar las fechas, he encontrado este titular del ABC: "Más de 35.000 estudiantes se presentan en Madrid a las pruebas de Selectividad, 21/6/99". Ellos lo escriben con mayúscula. Hace cinco años estaba segura que lo mío eran las ciencias, quería meterme en biología, pero me faltó una décima y no pudo ser. Me metí en Químicas, que se parecía. Esa décima cambió mi vida. Creí que en cinco años acabaría la carrera, y que ahora mismo estaría trabajando en un laboratorio.
Las cosas han cambiado un poco. Hace cinco años yo no tenía ningún motivo para echar de menos Madrid (salvo cinco personas y un gato), no tenía raíces en ningún lado, me sentía perdida, sin saber cual era mi vocación, sin saber qué me gustaba realmente. En estos cinco años empecé otras dos carreras (informática y filología inglesa), conocí a Nanito, empecé a escribir, eché algunas raíces fuertes en Madrid justo antes de cambiar de país, aprendí otro idioma. En ese orden. Conseguí un trabajo de pinche de cocina con un chef polaco en un restaurante con el logo de una rana verde, viví en una casa compartida con agujeros en el suelo, plaga de pulgas y muros de papel. Viajé muchas veces a regar mis raíces. Seguí escribiendo. Conseguí otro trabajo en una tienda de peluches y lo dejé. Empecé a hacer páginas web y ahora trabajo desde casa gracias a ello y a una conexión a internet. Si hace cinco años me hubieran contado todo esto, me hubiera reído bien fuerte.
Hace cinco años que le vengo contando a Lalo que no se preocupe por selectividad, con minúsculas, que al final las cosas salen como tienen que salir. No tengo una carrera acabada, y al ritmo que voy no la tendrá ni en quince años, estoy intentando montarme la mía a mano, y es divertido. Apasionante. Soy más feliz que hace cinco años, tengo amigos que antes no tenía (y conservo los viejos), escribo y me gusta, tengo raíces y me gusta, no me siento vieja y me gusta. Hace cinco años me sentía vieja, lo creais o no.
Está la vida por dar un gran giro, lo noto, lo hace cada cinco años. La planta, que pega un estirón. Voy a pasaros un texto que escribí hace unos meses, del relato autobiográfico, que era mi vida hace diez años.
Se llama Tesoros.
(Madrid, 7 de febrero del 2005)
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«Todos tenemos un paraíso
perdido. Un lugar, una época, una gente, en y con los que fuimos
muy felices, con una felicidad tan grande que nos parece imposible que
vuelva a darse. (...) Eso es un recordatorio de que el paraíso
existe. Y de que puede volver a existir: volverás a sentirlo. Aunque
será en otro lugar, con otra gente, en otra época.»
(Berna Wang)
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