Cosecha del 5 de Septiembre, 2005
en almacén Un metro de altura
Matemáticas

Mi madre dejó a mi padre porque le faltaba la constante del caos. Así lo llamaba ella: la constante del caos. Me acuerdo perfectamente, lo repitió varias veces en esa última discusión que tuvieron. Mi madre ya había mencionado un par de veces la constante del caos antes, pero no tanto como para que fuera un motivo para dejarle. Me llevó con ella. Por aquel entonces no sabía lo que era la constante del caos, ellos siempre hablaban de esas cosas, no sé que tenían con las matemáticas, siempre pensaban en números, traducían todo a constantes, ecuaciones, integrales. Desde la compra del sábado a las vacaciones de verano, eran una buena pareja.

Hubieran seguido siéndolo de no ser por la constante del caos. Mi padre, cuando mi madre hablaba de la constante del caos, solía salir con algo llamado instinto de razonamiento. De estas cosas hablaban durante la cena, y a veces sus voces subían tanto que no podía oír las noticias. A veces lo agradecía. Otras no, pero dejaba de oírles y me quedaba mirando las imágenes, imaginando lo que decían. Desde que mi madre y yo nos mudamos, podemos ver la tele tranquilamente mientras cenamos, ya no tengo que imaginarme las noticias, mucho hay mucho silencio en la cocina nueva.

Cosecha del 27 de Junio, 2005
en almacén Un metro de altura
Ceras de colores

Cuando Tomás era muy pequeño, su madre estaba convencida que se comía las ceras, las ceras de colores. En realidad no se las comía, sino que se las metía en la boca, como los niños que muerden lápices mientras están pensando; pero las ceras tenían un sabor horrible, así que no lo hacía muy a menudo. En un solo día vaciaba varias cajas de ceras de tanto usarlas. Pintaba en el papel marrón que había en la tienda del abuelo, lo tenían en rollos grandes a la derecha de la caja para envolver las compras de los clientes. Tomás pintaba con las ceras en el lado reverso, donde el papel es más rugoso y un poco más claro. De todos los colores gastaba más rápido el verde y el morado, le gustaba pintar un flor, y luego el césped para las raíces, y luego el sol, para que no le faltara luz, y luego una nube con lluvia, para que no le faltara agua. Tomás era un niño muy práctico. La flor siempre la pintaba verde, igual que el césped. Todo el cielo morado, con un sol amarillo enorme, sonriendo de rayo a rayo.

El día que murió el abuelo alguien cambió los rollos de papel marrón de la tienda por unas bolsas de plástico, más prácticas. Durante una temporada los clientes echaron de menos salir de la tienda con sus compras envueltas en papel marrón, pero con el tiempo se acostumbraron, reconociendo que las bolsas con asas eran mucho más prácticas. Tomás también echaba de menos el papel marrón, pero pronto sustituyó el papel por las paredes blancas de su habitación, y fue cuando su madre se dio cuenta de que en realidad no se comía las ceras, sino que las usaba. Lo descubrió un día que entró en la habitación de Tomás y encontró un dibujo enorme en la pared, de un planeta con ríos y estrellas, y un elefante amarillo, y dos peces de colores. El niño se había subido a una escalera para llegar bien alto, justo hasta el techo. El psicólogo dijo que estaba traumatizado por la muerte del abuelo -la falta de figura paterna, dijo también- y aconsejó a la madre que le dejara expresarse, que le dejara pintar todo lo que quisiera. Y la madre, que a pesar de su despiste quería mucho al niño, le dejó, y le dio libertad y muchas cajas de ceras.

De las ceras, con el tiempo, Tomás pasó a los lápices, después a los pinceles y óleos, más tarde a las acuarelas y a los sprays de cuatro colores. Y pintó, pintó todo lo que quiso mientras iba creciendo. Un buen día dejó de pintar, porque ya lo había pintado todo. Para ese entonces tenía edad para buscar trabajo, y sustituyó a su madre en la tienda del abuelo. Lo primero que hizo Tomás fue cambiar las prácticas bolsas de plástico por rollos de papel marrón. Y siempre que envolvía las compras de los clientes lo hacía con el lado rugoso del papel hacia fuera. Las ceras en la tienda, durante mucho tiempo -mientras pudo permitírselo- fueron gratis, y durante una temporada larga las regalaba a los niños que entraban de mano de su madre y no llegaban con la nariz al mostrador.

Cosecha del 23 de Junio, 2005
en almacén Un metro de altura
Cielo de verano

Cuando éramos más pequeños, en las noches de verano, hermanita y yo salíamos al jardín a contar cometas, asteroides y naves extraterrestres entre todas las estrellas. Papá nos explicaba que no, que no podíamos ver asteroides, porque son muy pequeños, y que de todos los que había solamente se distinguía uno desde la Tierra, a simple vista. A hermanita eso le hacía llorar, porque le gustaba mucho la palabra asteroide. Entonces papá le intentaba inventar una historia basada en cosas que sabía, y le contaba que eran más bonitas las cometas, que estaban formadas por hielo y polvo, y que su nombre derivaba de una palabra griega que significaba cabellera. Papá no sabía contar historias.

Nos turnábamos los prismáticos para buscarlos, yo veía naves extraterrestres, muy veloces que nadie más veía, y añadía que además, cada vez que se veía un cometa, se podía pedir un deseo. A hermanita con los deseos de los cometas se le iluminaban los ojos, pero papá miraba para otro lado, e insistía sobre el hielo, el polvo, los prismáticos, y encendía un cigarrillo, y comentaba que los asteroides están repartidos en su mayoría entre Marte y Júpiter, y más allá de Plutón. Y hermanita pedía un deseo cuando veía un cometa, y yo me acordaba que la palabra griega para cometa significa cabellera, y veía a papá encender otro cigarrillo por cada deseo que pedía hermanita riéndose, con los ojos brillantes.

Puñado de relatos con voces de niños, niños más grandes que un montoncito de arroz. || Foto de Jaime Miralles.
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