Biblioteca del 12 de Julio, 2007
categoría Relatos
de Julio Cortázar, Propiedades de un sillón

En casa del Jacinto hay un sillón para morirse. Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón que es un sillón como todos pero con una estrellita plateada en el centro del respaldo. La persona invitada suspira, mueve un poco las manos como si quisiera alejar la invitación y después va a sentarse en el sillón y se muere. Los chicos, siempre traviesos, se divierten en engañar a las visitas en ausencia de la madre, y las invitan a sentarse en el sillón. Como las visitas están enteradas pero saben que de eso no se debe hablar, miran a los chicos con gran confusión y se excusan con palabras que nunca se emplean cuando se habla con los chicos, cosa que a éstos los regocija extraordinariamente.

Al final las visitas se valen de cualquier pretexto para no sentarse, pero más tarde la madre se da cuenta de lo sucedido y a la hora de acostarse hay palizas terribles. No por eso escarmientan, de cuando en cuando consiguen engañar a alguna visita cándida y la hacen sentarse en el sillón. En esos casos los padres disimulan, pues temen que los vecinos lleguen a enterarse de las propiedades del sillón y vengan a pedirlo prestado para hacer sentar a una u otra persona de su familia o amistad. Entretanto los chicos van creciendo y llega un día en que sin saber por qué dejan de interesarse por el sillón y las visitas. Más bien evitan entrar en la sala, hacen un rodeo por el patio, y los padres, que ya están muy viejos, cierran con llave la puerta de la sala y miran atentamente a sus hijos como queriendo leer su pensamiento. Los hijos desvían la mirada y dicen que ya es hora de comer o de acostarse.

Por las mañanas el padre se levanta el primero y va siempre a mirar si la puerta de la sala sigue cerrada con llave, o si alguno de los hijos no ha abierto la puerta para que se vea el sillón desde el comedor, porque la estrellita de plata brilla hasta en la oscuridad y se la ve perfectamente desde cualquier parte del comedor.

Biblioteca del 4 de Febrero, 2007
categoría Relatos
de Giorgio Manganelli , Cincuenta y ocho

Desde hace algunos días, está extremadamente inquieto; en efecto, después de un prolongado periodo de vida solitaria, se ha dado cuenta de que la casa en la que vive está habitada por otros seres. En las tres habitaciones de su apartamento ligeramente maniático han fijado su residencia tres fantasmas, dos hadas, un espíritu, un demonio; y un enorme ángel tan grande como una habitación; tiene también la impresión de que hay otros seres, cuyo nombre ignora: minúsculos y esféricos. Naturalmente, la súbita aglomeración lo trastorna; no entiende por qué todos estos seres han elegido su casa; y tampoco entiende quéfunción desempeñan en ella. Pero nada lo turba tanto como el hecho de que estos seres se nieguen a dejarse ver, a hablarle, a relacionarse de alguna manera, aunque sólo sea por señas, con él.

Sabe que no puede seguir viviendo en una casa infestada de ese modo, pero si al menos pudiera hablar con esas imágenes, la misteriosa ocupación tendría un sentido, y tal vez conferiría incluso un sentido a su vida. Desde un punto de vista meramente práctico, no puede aportar ninguna prueba de la existencia en su casa de esos seres, y sin embargo su presencia no sólo es evidente e inquietante, sino obvia. Ha intentado inducirles a revelarse. Se ha dirigido sucesivamente a los tres fantasmas, y les ha sugerido que hagan algún ruido para asustar a la vecindad; ya que nada ha alterado el silencio, se ha dirigido al demonio, que es notoriamente propenso, por motivos profesionales, al coloquio. Ha aludido a la posibilidad de un acuerdo comercial, y ha hablado con deliberada ligereza de su alma, confiando en seducir al demonio, o irritar al ángel. Al no obtener respuesta, ha repartido flores por las habitaciones para llamar la atención de las hadas; y recurrido a métodos de comprobada eficacia para evocar al espíritu. En realidad, su casa está ocupada por seres que no quieren tener ningún trato con él. Sólo las pequeñas esferas le rinden alguna cortesía, y de vez en cuando advierte algunos rápidos zumbidos en los oídos. Lo que no sabe es que los tres fantasmas, las dos hadas, y el espíritu aguardan al siguiente inquilino, que llegará después de su inminente fallecimiento; ángel y demonio están allí para ocuparse de las prácticas burocráticas. En una lejana provincia, el futuro inquilino está preparando febrilmente las maletas para abandonar de manera definitiva una casa infestada por los espíritus.

Biblioteca del 18 de Mayo, 2006
categoría Relatos
de Isabel Calvo, Pumby

Federico y Elena me han llamado para contarme que tienen una gatita pequeña en casa. Me cuenta Elena que acaban de recogerla. Los obreros que están abriendo zanjas al costado de la carretera, frente a su casa, se la han dado. Por lo visto Lola — así es como han decidido llamar a la gata— vivía en una madriguera que han desbaratado al excavar, y ahora, además de perder su casa, es huérfana. Elena la describe negra, de ojos verdes y rabo diminuto.

Me invitan a merendar y cuando llego tienen que abrir la puerta con mucho cuidado, porque tienen miedo de que Lola se escape, ya se sabe la tendencia que tienen los gatos a salir corriendo por las escaleras, y, aunque la gatita es aún muy pequeña y aunque no ha aparecido por el pasillo, hay que tomar precauciones.

Me siento en el sofá blanco, ante un té con bizcochos que sirven en la mesita de la sala frente al televisor apagado, y Federico me advierte de que bajo el sofá se esconde Lola, que tiene todavía mucho miedo. Claro, nunca ha tratado con seres humanos hasta ahora, de manera que permanece escondida tan adentro que es imposible verla.
Es natural que tenga miedo si, como suponen, habrá visto morir a su madre aplastada por una pala excavadora. También ha perdido a todos sus hermanos, que han debido ser entregados en adopción por los obreros a diferentes personas. Es normal que esté tremendamente asustada, por eso debo comer los bizcochos en silencio y tener cuidado al dejar la taza sobre el platillo, de manera que no haga ruido. Los gatos, al parecer, son muy sensibles a los sonidos, porque oyen todo multiplicado a la enésima, así que desde que ha llegado Lola en aquella casa no se enciende la televisión, ni la radio, ni el equipo de música.

Federico se imagina el ruido espantoso que hizo excavadora cuando aplastó a la madre de la gatita y el crujir de los huesos del animalillo. Es probable que Lola viera y —lo que es peor, porque los gatos al fin y al cabo no tienen muy buena vista— escuchara todo aquello.

Cuando Federico y Elena se van a la cocina con las tazas y el plato con las migas de los bizcochos, me agacho y miro bajo el sofá, pero solo veo un agujero oscuro donde no se distingue ni siquiera la refracción de los ojos verdes de Lola. Siento, sin embargo, un gran escalofrío al imaginar la enorme soledad del animal.

Cuando abandono la casa ellos me acompañan hasta la puerta casi de puntillas y abren apenas una rendija para que yo pueda salir. Elena y yo cruzamos una mirada de cómplice ante la dificultad que entraña salir por un lugar tan estrecho, porque comprendo el dolor que supondría para ellos que Lola se escapase de casa, ahora que ya son casi una familia.

Mientras camino hasta la parada del autobús busco con la mirada las obras, tal vez pueda ver la excavadora. Me la imagino pintada de amarillo con el cuerpo ensangrentado de la pobre madre colgando de sus fauces de acero, pero la calle está indemne; no hay rastro de la zanja. Han debido de hacer un trabajo rápido.

El autobús pasa ante la casa de Federico y Elena, los visillos están echados y el jardín vacío. Pienso en los hermosos ojos verdes de Lola, en su pequeño rabo, en el amoroso cuidado de la pareja hacía el animal. Debe ser bonito poder cuidar así de un ser indefenso.

Al llegar a mi calle unos enormes lagrimones descienden por mis mejillas, no he podido dejar de pensar en los huérfanos durante el trayecto.

En la acera, ante mi portal, una pala excavadora ahonda la brecha que han abierto para meter unos tubos del Canal de Isabel II. Entre el ruido espantoso me parece escuchar los gemidos de un animal aterrorizado. Me acerco al capataz y le digo que cuidado con los gatos. El hombre pone cara como de no comprender, pero yo sé lo que me digo. Añado que vivo en el 6º C y le doy mi teléfono: ese pobre animal no quedará desprotegido. Cuando llego a casa cojo el teléfono y llamo a mi amiga Nuria. Le cuento que he adoptado un pequeño gatito.

Creo que le voy a llamar Pumby.

«Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.» (Horacio Quiroga) || Foto de Jaime Miralles.
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