
Cosecha del 11 de Noviembre, 2005
en almacén Personajes imaginarios
Pies descalzos
Las cosas más importantes de su vida las hacía con los pies descalzos. Con los pies descalzos dio sus primeros pasos. También marcó su primer gol, después de una carrera tan intensa por el campo que le llevó a perder sus zapatillas. Y a partir de ahí, todo lo demás lo hizo con los pies descalzos. El primer beso (con los pies fríos), la primera maratón en la que salió ganador, la primera entrevista de trabajo (tuvo mucha suerte), su boda, el nacimiento de sus hijos. Se defendía diciendo que le gustaba estar en contacto con la tierra, o al menos, con el suelo, fuera de madera, de baldosas o de asfalto, que así sentía mejor las cosas, por todos los poros. Cuando murió, le enterraron con zapatos de cordones, unos zapatos elegantes. Ni su mujer ni sus hijos se los quitaron. El más pequeño de los nietos preguntó por qué enterraban con zapatos a un abuelo que iba siempre descalzo. Y con calcetines gordos -añadió la abuela- para que no pueda sentir el frío de ese ataúd.

Cosecha del 7 de Noviembre, 2005
en almacén Personajes imaginarios
Viaje a las islas inventadas
La mayor afición de Tomás consistía en inventar islas. Cada semana inventaba una, a veces incluso una cada día. Era tan grande su afición a inventar islas que nunca se dedicó a otra cosa. Sabía que era el único profesional en todo el sector, y muy bueno en lo que hacía. Cuidaba todos los detalles: localización, características del suelo, meteorología, número de leopardos o caracoles por metro cuadrado, tallas y color de ojos de los habitantes... Sobre todo cuidaba el nombre, defendía la idea que siempre existía un nombre perfecto para cada isla, que solamente había que encontrarlo. Se comparaba a sí mismo con los grandes escultores, que ven la forma del caballo galopando antes incluso se tocar el bloque de piedra, que la sienten allí dentro de alguna forma.
Esto pasaba con las islas inventadas de Tomás. También construía maquetas de cada isla. Todos los veranos preparaba una maleta pequeña y salía de viaje a una de sus islas inventadas. Es verdad que nunca dio con ninguna, pero tampoco se rindió, y todos los veranos entre caminata y caminata, se sentaba a escribir historias, historias que ocurrían en sus islas. Cuando le contaba su afición a otras personas, estas personas abrían mucho la boca -sorprendidas- o se daban media vuelta para marcharse deprisa. No le importaba demasiado, Tomás sabía que estaba adelantado a su época. Por la noche, al irse a dormir, viajaba a alguna de sus islas inventadas. La noche que llegó a su favorita era luna nueva, y hacía frío, era una de las islas más cuidadas, llegó después de una tormenta en alta mar, en su bote de pescador. Decidido a quedarse allí para siempre nunca volvió a despertar.

Cosecha del 25 de Septiembre, 2005
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El hombre que solo escuchaba música clásica
El hombre que solo escuchaba música clásica tenía un nombre corto, pero llevaba tantas consonantes que nadie en el edificio era capaz de pronunciarlo. Le conocían por ese mote, y todos pensaban que era un tipo extraño, loco del todo. Tocaba el piano, sí, y el violín, también la tuba. No solía hablar mucho, y cuando lo hacía solamente podía pronunciar notas musicales. Era incapaz de pronunciar otra cosa. No se molestaba en decir nada que no incluyera alguna de las siete notas; aunque de vez en cuando -en ocasiones especiales- le salían palabras del tipo stacatto, crescendo o arpegio. Cuando era niño alguna vez soñó con ser director de orquesta, pero su incapacidad de comunicación verbal no le dejaron aprender todo lo que hacía falta. De las ventanas de su apartamento salían sinfonías y cantatas de todo volumen. Cambiaba de gustos según la estación del año, no podía sobrevivir un otoño sin los nocturnos de Chopin y esas piezas sencillas para piano de Shumman.
En un concierto de cuerda se enamoró de la primera violinista. Al final de la última pieza, después de los aplausos, se acercó a ella, le regaló un diapasón de bolsillo, y le entonó al oído un suave sol-do. Fue amor a primera vista. En sus citas tomaban helados de limón y cantaban a contrapunto. Ambos admiraban a Bach, podían pasar horas escuchando sus obras en clavicordio. Ella intentaba sacarle palabras enteras, pero no conseguía más que notas, cuando tenía suerte lograba combinados -dorado, retoque, milonga-, los días que él estaba de buen humor. Al principio esta extraña forma de comunicación le cautivaba, pero con el tiempo empezó a no soportarlo, su comunicación era cada día más difícil. Cuando ella le devolvió el diapasón y le dijo que le dejaba por otro -por un batería punk de una banda de rock- él se atragantó, empezó a toser fuerte y no pudo ni pronunciar media nota. Tosió fuerte varias horas, mientras intentaba aclararse la garganta con cucharadas de miel y de limón. Cuando por fin se calmó su tos, soltó varias palabras enteras, varias frases, pero ella ya no estaba allí para oírlas.
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