Cosecha del 25 de Mayo, 2006
en almacén Mis relatos
Nevada

–Mañana van a caer diez metros de nieve.
Hacía como cinco años que el viejo indio no hacía una predicción del tiempo. Todos en la mesa dejamos de cenar y con los cubiertos en la mano nos quedamos en silencio, esperando algo más. Todos menos papá, que siguió cortando el filete y rebañando los cachitos con puré. El viejo indio vivía en la habitación libre que teníamos en casa desde siempre, hablaba muy poco, fumaba mucho y pasaba horas en el porche con la vista perdida en el horizonte. Antes de salir hasta el porche, como todas las noches, se había levantado de la mesa para dejar su plato, y nos había dicho que mañana iban a caer diez metros de nieve. Mamá y la tía empezaron a susurrar, decía mamá que se le habían puesto los pelos de punta, y la tía decía que una nevada tan grande sería el fin del mundo.

Papá seguía cortando el filete en cachitos y comiendo el puré, y como los susurros de mamá y la tía eran cada vez más altos, cogió el vaso de vino y con él dio un golpe fuerte en la mesa, derramando unas gotas.

–Basta de estupideces –dijo–. Solo son tonterías del viejo, es imposible que nieve en primavera, y es imposible que caigan diez metros de nieve.

Después de decir esto bebió de un trago lo que quedaba de vino, y siguió con el filete y el puré. Mamá y la tía se callaron, pero estoy seguro que seguían pensando en lo que había dicho el viejo. Todos nos quedamos en silencio un buen rato, hasta que a mí se me ocurrió preguntar cuánto eran diez metros. Papá me contestó.

–Diez metros es lo que mide la casa hasta las ventanas de la buhardilla. La nieve por esta zona no se suele acumular más de un par de centímetros. Y además, hace tres inviernos que ni siquiera nieva.

Papá se levantó de la mesa y se marchó de la cocina. Mamá recogió los platos mientras seguía hablando con la tía del fin del mundo, y yo aproveché para no acabarme el puré y escabullirme al porche con el viejo indio. Como todas las noches, estaba sentado en los escalones fumando en una pipa, dejando un aroma dulzón en el aire. A mí me gustaba mucho ese olor, y quedarme un buen rato en el porche con él, pero mamá nunca me dejaba estar mucho tiempo. Me mandaba pronto a dormir o, a veces, en verano, salía a sentarse con nosotros y me abrazaba. Solo a mí, me sentaba en sus rodillas y me abrazaba. A papá pocas veces lo abrazaba, casi nunca, a pesar de que muchas noches también salía al porche y se fumaba un cigarrillo.

El viejo estaba fumando en los escalones, mirando las montañas a lo lejos, sin moverse casi. La luna llena iluminaba todo lo que veíamos hasta las montañas, y el verde del bosque de pinos se veía con reflejos. Papá tenía razón, era imposible que nevara, en primavera, no hacía nada de frío.

–Mañana van a caer diez metros de nieve.

Yo lo miré sonriendo, pero él seguía serio, con la mirada perdida, como si estuviera hablando consigo mismo. Me levanté y me puse de puntillas, para mirar mejor el cielo, la luna brillaba como nunca, no había ni siquiera una nube, no soplaba nada de viento. Si esforzaba la vista, podía incluso ver las chimeneas del pueblo, allá abajo. Mamá me llamó desde la ventana de la cocina y tuve que entrar en casa.

–Buenas noches, viejo.

–Mañana, mañana van a caer diez metros de nieve.

No añadió nada más, y corrí a meterme en casa. Mamá y la tía seguían en la cocina, pero estaban hablando de otra cosa, como si se hubieran olvidado del fin del mundo, de la nieve, y el viejo no hubiera dicho nada.

A la mañana siguiente no amaneció, mamá me despertó muy temprano, tan temprano que era de noche. Me dijo que eran las siete de la mañana, pero todo estaba muy oscuro aún y hacía tanto frío como en invierno. Entró en mi cuarto con una vela en la mano, encendida.

–Está nevando –me dijo.

Apoyó la vela en la mesita y abrió el armario, la vela iluminaba el cuarto con luz temblorosa. No añadió nada más, estaba concentrada sacando del armario un jersey de lana para mí, y los pantalones de invierno, la bufanda y los guantes. Mientras sacaba la ropa de los estantes de arriba, me acerqué a la ventana y la abrí, en los cantos de la madera se había acumulado un poco de nieve, cogí un poco con las manos y la probé. Sabía a frío del polo y a montaña. Mamá se acercó a mí con toda la ropa de invierno, estaba muy seria y tenía las manos frías. Bajamos a la cocina a desayunar, la tía estaba echando azúcar al café y papá intentaba encender la chimenea con los pocos troncos que habían sobrado del invierno.

–¿Dónde está el viejo? –pregunté.

–Aún no se ha despertado –me dijo papá, después de mirarme como si no entendiera la pregunta.

Mientras mamá me preparaba el desayuno, aproveché para acercarme a la habitación del viejo indio. No podía creerme que no se hubiera despertado a ver la nieve, no se hubiera perdido algo así. La habitación del viejo está al final del pasillo, por detrás de todas las demás habitaciones de la planta baja. Cuando llegué a la puerta, vi a los dos perros delante, uno tumbado y el otro de pie, vigilando. Golpeé suave con los nudillos y llamé al viejo.

–Viejo, viejo, está nevando.

No contestaba. Abrí un poco la puerta para asomarme, los perros metieron el hocico por el hueco de la puerta y entraron a la habitación. El viejo estaba sentado en una mecedora, muy quieto, delante de la ventana abierta. Los perros corrieron hacia él, y le empezaron a lamer las manos. El viejo no se movía, me acerqué un poco más. Estaba echado hacia atrás, y tenía los ojos abiertos, no respiraba, no se movía. Uno de los perros empezó a ladrarle, el otro, sobre dos patas, le olisqueaba. Yo los aparté, y puse las manos del viejo sobre su regazo, con las palmas hacia arriba. Me asomé a la ventana, hice una pequeña bola con la nieve que se acumulaba en el marco, y se la acomodé en la mano. Después, cerré la ventana.

Mamá vino a buscarme, gritando por el pasillo que el desayuno estaba listo. Cuando entró en la habitación se calló sin acabar la frase y se acercó a donde estábamos muy despacio. Me cogió en brazos y vi que lloraba sin ruidos, en silencio. Le cerró los ojos con suavidad y me llevó a la cocina a desayunar.

Enterramos al viejo en medio de la nevada, debajo de su árbol del bosque. Papá tardó horas en cavar un agujero lo bastante profundo, no dejó que nadie le ayudara y mantuvo alejados a los perros. Mamá esperó a que terminara de cavar sin moverse de allí, tenía los ojos secos y los guantes mojados por la nieve. La tía también estaba, susurrando en voz baja un montón de palabras seguidas. Cuando estuvo lista la tumba, papá levantó al viejo sin ayuda de nadie y lo acomodó dentro. Estaba sudando, a pesar del frío que hacía. Mamá, desde arriba, le echaba flores al viejo, y cantaba una canción, bajito, en un idioma que yo entonces no conocía, mientras papá lo cubría con tierra y con nieve. Cuando papá aplastaba los últimos montones de tierra, mamá dejó de cantar. Entonces paró la nevada y dejó todo el bosque en silencio.

Cosecha del 1 de Mayo, 2006
en almacén Mis relatos
El gallo de la cocina

Cuando apareció el gallo en casa, papá dejó de guardar sus ilusiones en frasquitos de vidrio de la cocina. Hasta entonces siempre lo había hecho. Mamá guardaba especias en esos mismos frasquitos, y papá, ilusiones. No nos hablaba de sus ilusiones, se limitaba a escribirlas en pequeños trozos de papel blanco para después hacer un rollito con ellas y meterlas dentro de un frasco de vidrio en el armario para especias de la cocina. Porque ambos guardaban sus frasquitos en el mismo lugar, un armario de puerta corrediza. A veces les veía discutir sobre qué frasquitos tenían que colocarse en la primera fila, mamá quería colocar el orégano porque lo usaba mucho, para todos los platos; y papá defendía su ilusión por un mes en Roma, porque le hacían falta unas buenas vacaciones.

Papá dejó de escribir sus ilusiones el día que Óscar metió el gallo en casa. Al gallo le gustaba vivir en la cocina, podríamos decir que se instaló, con sus cacareos y su cresta roja. No se movía de allí, ni siquiera para ver sallir el sol. Seguramente fuera el único gallo que no salía en la puesta de sol, y uno de los pocos que vivían en una cocina. Nunca supimos porqué Óscar lo trajo a casa, a papá le pilló tan de sorpresa que no llegó a preguntarlo, y al poco tiempo le tomamos cariño y el gallo se quedó en la cocina. Mamá a veces hacía bromas y le amenazaba con la cazuela y el cuchillo, pero todos sabemos que no lo decía en serio. Estaba encantada con el gallo, entre otras cosas porque desde el día que entró en la cocina, papá dejó en paz sus frasquitos y sus ilusiones.

Creo que fue nada más llegar el gallo, papá estaba en la mesa como de costumbre con sus papelitos blancos y el gallo, aterrizando con gracia en la mesa, cacareó y se comió una ilusión –la del aumento de sueldo-; de un trago, como sin nada. Papá se quedó sin palabras y durante un momento la situación fue muy tensa. El gallo estaba quieto, con la mirada fija en papá, inconsciente del tamaño de sus acciones. Y papá enfrente, sin perderle de vista y con el frasquito de vidrio, vacío, en la mano. Fue entonces cuando el gallo intentó volar, y cayó de una forma tan graciosa que todos nos reímos, hasta papá; que revolvió todos los cajones buscando un poco de maíz que darle al gallo. Cuando se le acabó el maíz papá se fue a dormir olvidando sus papelitos blancos.

Una mañana el gallo se escapó de la cocina, intentó volar, esta vez por el patio y con un poco más de éxito, logró llegar hasta el cerezo y se quedó cacareando allí un buen rato. Ese día papá se levantó decidido, abrió el armario de las ilusiones y cogió uno de los frascos, uno cualquiera. Lo abrió, sacó sin demora el papelito blanco, y lo tiró a la basura después de echarle un vistazo. Dijo que hiciéramos las maletas, que nos íbamos de viaje a Roma.

Cosecha del 27 de Abril, 2006
en almacén Mis relatos
Calamón

Cuando era pequeña me asombraba la cantidad de palabras que se oían en casa. Sobre todo en la cocina. La puerta de la cocina siempre estaba abierta, tenías que pasar por la cocina cuando entrabas desde la calle, y la mayoría de la gente se iba quedando allí, sentada. No les interesaba el resto de la casa. Se sentaban en la cocina y empezaban a hablar, a decir un montón de palabras apelotonadas. Yo no entendía la mayoría de ellas, y pasaba el tiempo preguntándole a mi padre qué significaba esto o qué quería decir con lo otro. Mi padre tenía un humor tan singular como grande era su orgullo, y que nunca admitía no entender ciertas palabras rimbombantes que decía mi tío Juan.

Se inventaba significados para mis respuestas, así que construí media infancia a base de conceptos equivocados. Creía que un “azor” era una máquina para quitar malas hierbas del jardín y que “carabías” era esa manera de reír a gorgoritos que tenía doña Manuela. Aún hoy me sorprendo al descubrir que una de esas palabras explicadas por mi padre en realidad es algo muy distinto. Cuando lo averigüé me enfadé muchísimo, me sentí engañada. Pero ahora disfruto cuando pienso en esos significados tan raros que a veces me daba mi padre, y me hacen reír.

Una de las palabras más misteriosas de mis cinco años fue “calamón”. Mi tío Juan hablaba a menudo de viajar al sur para fotografiar calamones, en primavera. Lo primero que hice al oír la palabra “calamón” fue asociarla con “limón”, o algo parecido, pero no entendía que mi tío fuese a fotografiar fruta, aunque tampoco se me hacía raro porque siempre estaba hablando de campos, cultivos y cosechas. Cuando le pregunté a mi padre el color de esos “calamones” que iba a fotografiar mi tío, me dijo que era amarillo. Así que yo imaginaba un árbol lleno de frutas amarillas, como ciruelas. Mi padre, al contárselo, añadió entre risas que eso mismo era, que además los calamones sabían a mar, y solo florecían y daban fruto en las noches de luna llena. No sé en qué momento me di cuenta que las definiciones de mi padre no eran verdad. Poco después me vi, subida a un taburete delante de la biblioteca del salón, bajando el primer volumen del diccionario para buscar la definición de “calamón”. La segunda entrada decía lo siguiente: “Clavo de cabeza en forma de botón, que se usa para tapizar o adornar.” Siempre me gustó mucho, mucho más, la versión de mi padre.

Relatos viejos, recolectados, un poco más o menos cerrados, por mudanza. || Foto de Jaime Miralles.
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