Cosecha del 5 de Marzo, 2006
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Peces tropicales

Me han regalado dos peces tropicales, idénticos, de color naranja. Me los regaló mi amiga Clara, nada más volver de Cancún, ya que estaba convencida que los peces tropicales le alegran la vida a cualquiera, sobre todo si son de color naranja. Y me había visto, ¿cómo había dicho ella?, un poco gris. Yo llevaba tres días enteros sin salir de casa esperando una llamada de teléfono que no llegaba, y puede que sí, que estuviera un poco gris. El móvil sonó por fin ayer, a las seis de la tarde, pero solo era mi amiga Clara que había vuelto de Cancún con una "sorpresita" para mí. A la media hora apareció en la puerta de mi casa con dos peces naranja en una bolsa de plástico. "Son ideales para tu pecera". A Clara le gustaba mucho esa palabra, "ideal", todo en su vida era "ideal", lo utilizaba sin ningún problema tanto para adjetivar la dieta de la coliflor como los escaparates de la calle Velázquez.

Yo tenía una pecera en el salón, Clara lo sabía, era enorme, medía más de metro y medio. Pero llevaba sin peces varias semanas, vacía. Bueno, vacía no estaba, tenía un suelo acolchado de algas y plantas acuáticas que yo atendía con cariño desde la muerte mi último pez. Había jurado no volver a tener peces. Le abrí la puerta a mi amiga Clara en cuanto sonó el timbre y me sonrió desde el umbral con su bolsita de plástico y los sus peces tropicales, de regalo. Las plantas acuáticas son mucho más agradecidas que los peces, no se mueven de un lado de otro con ojos bizcos ni comen bolitas de pienso hasta reventar. Eso le pasó a mi último pez, reventó por comer demasiadas bolitas de pienso. Porque comen, comen y comen, así hasta reventar. Es un animal muy estúpido. Tan estúpido como la llamada de Clara. Al hacerlo, llamó desde un "número desconocido", eso decía la pantalla del móvil. Yo nunca cojo el teléfono si no sé quien me llama, pero después de tres días enteros esperando que sonara solo lo dudé un momento. Atendí temerosa, esperando cualquier respuesta del otro lado. Solo era Clara. Bueno, solo Clara no, eran Clara y dos peces tropicales de color naranja. Llegó a casa como un remolino, estuvo diez minutos, lo que tardó en darme dos besos falsos y librarse de los peces naranja. "Te veo un poco gris", me comunicó. También me dejó sus fotos de Cancún pero no se pudo quedar para enseñármelas porque la esperaban. A Clara siempre la espera alguien, nunca pasa mucho tiempo contigo porque la esperan. Yo lo único que esperaba era la llamada de un número muy conocido, más que familiar, un número que me sabía de memoria de alguien que guardaba con mimo en la agenda del móvil hacía un mes. Es increíble cómo puedes llegar a conocer a alguien en un solo mes, memorizar su número de teléfono, sus gustos y su dirección postal. ¿Cuánto será un mes para un pez naranja? Me quedé el resto de la tarde observando a los peces nadar de un lado a otro, les eché muy poca comida -por miedo a que explotaran otra vez-. Llevaba el móvil en el bolsillo, me aseguré tres veces que en la zona del salón donde estaba la pecera había cobertura. De hecho, descubrí que cuánto más acercaba el móvil a la pecera, más subían las rayitas que indicaban la calidad de la cobertura. Era una buena razón para no alejarse de la pecera hasta que sonara el móvil. ¿Cómo podía tardar tanto en llamarme? Los peces tropicales nadaban de un lado a otro, a veces en paralelo, como disputando carreras. El móvil seguía sin sonar, así que para entretenerme les eché un poco más de comida. La comida de los peces huele a gambas. Vinieron monótonos al encuentro de las bolitas, como si que lloviese comida fuera lo más normal del mundo. A las dos horas de mirar los peces por fin sonó el móvil. Parecía que me daban suerte y todo. Me había quedado dormida, así que me asusté un poco, me pilló por sorpresa –estaba soñando que era un pez azul nadando en medio de dos peces naranja más grandes que no me dejaban comer. Otra vez era un número desconocido, y otra vez dudé en cogerlo. Podía ser la llamada que esperaba o cualquier otra amiga que venía de Cancún con más peces naranja. Aguanté la respiración, apreté el botón de respuesta y me acerqué el teléfono despacio. No dije nada, ni una palabra, esperando que la persona del otro lado se diera a conocer. Era un buen truco que a veces funcionaba. Pero la otra persona tampoco dijo nada. Estuvimos así unos quince segundos, cuánto más tiempo pasaba menos me atrevía a romper el silencio; hasta que la otra persona colgó y dejó sonando el timbre de llamada interrumpida. Me levanté, pesaba mucho, como un saco de arena. Los peces naranja seguían nadando con su ritmo monótono, de un lado a otro. No podía echarles más de comer, pero de todas formas me pegué a la pecera con el móvil en la mano. Vi como aumentaban las rayitas de la cobertura. Con la otra mano levanté la tapa y tiré el móvil al interior de la pecera. Cayó como una piedra. Los peces no se inmutaron, pero las rayitas de la cobertura subieron, hasta alcanzar el máximo.

Cosecha del 15 de Junio, 2005
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Una gaviota en Madrid

Esta mañana nada más salir de casa me encontré una gaviota en la cuesta de la calle del Tesoro. Estaba posada en un buzón amarillo, mirando hacia el asfalto como si olisqueara olas saladas. Sería una gaviota despistada, con su pico moteado y su olor a algas marinas, no consigo imaginar como habría llegado a Madrid. Me transportó a una de las tardes con mi sirena en la playa del sur, a sus pies descalzos, a su zambullida final y a la marea bajando para llevársela de mi lado. No puedo vivir sin el mar, me dijo. Como tampoco pueden las gaviotas, que no vuelan si no ven costa para aterrizar. Frené en seco para observar con cuidado a la gaviota del buzón, para comprobar si era blanca y era real, me acerqué primero despacio y después más rápido, la gaviota no se movió ni un poco. Pasaba poca gente por la calle a esas horas, pero de los que pasaron ninguno se paró extrañado por mi gaviota.

La gaviota no se asustaba de mi presencia, me acerqué aún más, con la mano por delante avanzando despacio. La gaviota es un pájaro grande visto de cerca, es hasta feo, un poco bizco y antipático cuando aletea. Mi sirena y yo quedamos en tablas, ella no podía vivir sin su casa en el mar, yo no podía vivir sin ella. Me marché, regresé a Madrid en silencio, nunca le propuse lo contrario, no pensé que aceptaría. Nunca me gustó tanto el mar. Y ahora estaba a dos palmos de una gaviota posada en un buzón de correos en la puerta de mi casa. Acerqué la mano del todo y con un dedo le acaricié la cabeza con cuidado. Estaba húmeda, dio un paso atrás con su pata naranja y echó a volar de un sonoro aleteo, empapándome de gotas saladas. Voló hacia arriba, subiendo la cuesta de la calle del Tesoro, me dejó en silencio, con su olor a sal. La seguí con la vista hasta que se convirtió en un punto lejano camino al sur, y di media vuelta para volver a casa. Tenía que ver a mi sirena, subí decidido a escribirle un mensaje, y con un sello de correos tirarlo al buzón. Como un naufrago tira su esperanza. Madrid también tiene un poquito de mar, y si la gaviota no vuelve para probarlo, podemos recrear nuestro mundo marítimo en la isla de mi apartamento. Cuando baje la marea rescataré caracolas entre la arena, y llenaré mi apartamento con ellas para recibir a mi sirena.

Cosecha del 5 de Mayo, 2005
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Veo veo

Faltaba menos de media hora para la salida del tren. Pero llevaban esperando en la estación desde las tres de la tarde. En esas dos horas ya podrían haber recorrido buena parte del camino. Juan estaría preparándose para ir a buscarles a la estación. Mucha espera, no pensaba volver a aprovechar que una compañera de trabajo pasara por Atocha en coche. Las maletas se pueden llevar igual de bien en metro. Dos horas esperando. El niño ya había dado varias vueltas al cassette de música estridente, y la nena empezaba a aburrirse mucho.

-Mami, ¿por qué tarda tanto en llegar el tren? -Laura ya había coloreado la cabeza de Harry de cinco colores diferentes, a juego con la varita y la túnica.

-No es que el tren tarde en llegar, cariño. Lo que pasa es que hemos venido mucho rato antes de la salida, para que nos acercara Eva en coche. Ya verás como en un rato anuncian que el tren está llegando, nos metemos y esperamos dentro, que siempre llegan antes de la hora.

-No va a llegar, Laura, que se le ha roto una rueda al tren, que no te enteras -Quique se aburría tanto como la nena, pero no quería admitirlo.

-Noooo, las ruedas de los trenes no se rompen, son de metal.

La madre cerró el libro y sentó a Laura en sus rodillas. Harry y su cabeza de cinco colores se quedaron en la silla. Estaban esperando cerca del jardín tropical, que era más entretenido que la sala de espera. Pero dos horas son demasiadas.

-Vamos a jugar al veo veo, ¿quieres?

-Bueno -Laura no saltó de alegría con la idea -. Pero empiezo yo.

Laura examinó muy seria los alrededores, moviendo lentamente la cabeza y sin detenerse en ningún lado, no fuera a dar pistas a alguien.

-Ya está -dijo-. Adivina.

-¿No vas a decir lo de veo, veo ¿qué ves?

-No, eso es tonto. Te digo el color, si quieres.

-Bueno, pues dime el color.

-Es de muchos colores. Tiene azul, naranja, marrón oscuro, negro y salmón.

-¡Eso no puede ser solo una cosa! ¿Qué has elegido, el edificio entero de la estación?

Laura negó con la cabeza.

-Lo de color salmón es una cosa aparte. Lo demás también se puede quitar, pero la gente miraría raro. Lo mucho que se puede quitar es lo negro. ¡Se queda en naranja y marrón oscuro!

-Pues qué difícil. ¿Por qué letra empieza?

-Depende quién lo diga. Puede empezar con S, o con H. Quique lo empezaría con T. Y algunas personas sabrán que su nombre de verdad empieza con otra letra, pero yo no lo sé.

Multicolor y multinombre. No podía jugar con Laura a este juego cuando la niña estaba aburrida, que empezaba a inventar cosas raras y cualquiera lo adivinaba. Una tarde estuvo media hora entera para adivinar que lo que veía veía era el pétalo de una flor de un dibujo de la portada de un libro que leía una señora.

-Mami, es muy fácil. Está justo enfrente.

Bueno, eso era una pista. Tampoco había muchas cosas justo enfrente de ellas, además de una veintena de personas cargadas de maletas, bolsas y carritos.

-Te doy otra pista -Laura lo dijo con aire misterioso y un silencio largo después, para darle intriga al asunto-. La cosa puede hablar.

Pues qué fácil, podía ser cualquiera de las veinte personas de delante. O la muñeca con rizos de la niña del carrito, si no estuviera vestida de verde.

-Laura, ¡no puedes elegir a una persona!

-Sí que puedo.

Era una persona entonces. Un señor que estaba sentado justo enfrente de Quique leía un periódico financiero muy de cerca. Traje azul, barba marrón oscura, zapatos negros. Y faltaba el naranja, pero Laura siempre había pintado la piel de la gente de color naranja.

-Es el señor de enfrente de Quique.

-Pues sí, pero ya tenías un montón de pistas. Este juego es un rollo.

-Se puede hacer muy divertido. Mira, si me das un minuto de concentración, adivino cómo se llama ese señor, y a qué se dedica.

Laura no dijo nada. Su madre se acomodó en el asiento y clavó la vista en el señor del periódico salmón. Quique parecía no prestar atención, seguía con su música y marcaba el ritmo con la punta de los pies.

-Se llama Manuel Martínez, trabaja en una empresa importante vendiendo cosas aburridas de ordenadores, pero lleva barba larga, así que le gustaría trabajar en otro sitio. Tiene que viajar a menudo, es agente comercial, como tu padre. Está acostumbrado a esperar trenes y aviones, mira lo cómodo que parece en estas sillas tan pequeñas. El maletín que lleva es el de su ordenador portátil, pero dentro solamente carga un taco de hojas y un boli, para que si alguien lo roba se lleve una decepción. Le gustan las cosas a lo antiguo, como a tu abuelo.

-¡Te has inventado su vida! -dijo Laura.

-Sí, un poco, pero seguro que he acertado en algo. Como cuando Sherlock Holmes se fijaba en los detalles. Puedes ir a preguntarle, a ver que dice.

-No creo que diga mucho -el señor Martínez era muy grande a ojos de Laura-. Te has olvidado de una cosa, mira la mancha del traje, eso es que le gusta el helado de chocolate.

-Es verdad, y le gusta el helado de chocolate. Pero solo lo come cuando está enfadado. Ahora no está comiendo nada, así que lleva menos tiempo esperando que nosotros.

-Voy a elegir a otro -Laura se concentró, como antes con el veo veo- La chica del libro rojo.

-Esa chica en realidad no va a ninguna parte, está esperando a alguien. Alguien que va a llegar en nuestro tren, desde el norte. Al libro le queda más de la mitad, así que no le importa esperar un buen rato. Se llama Carmen, le gusta la poesía, pero también los tebeos, tiene un perro que se llama Tato pero que siempre ha querido llamarse Alfredo. De pequeña le gustaban los helados de vainilla, pero comió muchos y se empachó. Por eso ahora siempre toma café, mira, se levanta para pedir un café.

-Anda, es verdad, va a la cafetería -Laura prefería ese juego. La chica regresó al rato con un vaso de café y su libro rojo para sentarse un poco más lejos del señor Martínez.

-¡Ahora la viejecita del bolso marrón! -la señaló con el dedo, casi gritando. La viejecita le sonrió.

-La señora es una chiquilla de corazón, mira, tiene hoyuelos al sonreír. Nunca ha tenido nietos, pero todos los niños que conoce la llaman abuela. El bolso es de mimbre, y dentro del bolso guarda su colección de piedras de carriles de tren. Ha recorrido todo el mundo en tren recogiendo una piedra de cada carril diferente de cada ciudad por la que ha pasado. En el bolso solo lleva unas cuantas. Las elige con cuidado, que no hay muchos carriles que tengan piedras aún. Las llama piedras del tren, donde toman el sol las lagartijas. En su casa está la colección de verdad, clasificada por fecha y lugar. En ese bolso solo llevará las que ha encontrado por Madrid.

-Jo, me gustaría ver su colección.

-Luego se lo preguntas, y a lo mejor te la enseña -dijo Quique sin dejar de seguir la música-, y cuando estés en su casa te lanza un hechizo, te convierte en piedra, y te hace formar parte de su colección.

-¡Quique! -la madre le miró fuerte -. No digas esas cosas, la señora no parece capaz de hacer algo así, si es una bruja, no es de las malas.

-Además necesitaría un basilisco para transformar a la gente en piedra -añadió Laura convencida-. Y esos ya no existen, se han extinguido, como los dinosaurios. Me lo contó Dani.

-Bueno, Dani tiene razón. Elige a otra persona.

Laura se quedó un rato mirando a la gente, a ver si alguien resultaba digno de análisis.

-El señor del sombrero raro que está asomado a la barandilla del lago.

Llamar lago a eso era una exageración. Qué suerte que Laura escogiera a la gente más extravagante, la más fácil de adivinar. El señor tenía una boina verde, de estas que llevaban los pastores de las zonas norte de Europa. Estaba asomado a la barandilla que rodeaba esa parte del jardín. Detrás de la barandilla estaba tranquilo el estanque, con tortugas y nenúfares. Todas las tortugas estaban subidas encima de las dos únicas piedras, en formación.

-Ese señor lleva un sombrero típico irlandés. Acuérdate de las pelis. Pero en realidad, ha nacido aquí, en Madrid. Cuando era muy pequeño le llevaron de vuelta a Irlanda, a la casa de sus abuelos. Tenía una tortuga, pero su padre le obligó a soltarla. Para que no muriese la dejó en este estanque, con el resto de las tortugas. Ahora ha vuelto a Madrid después de muchos años y ha recordado su tortuga. Dice que viene a Madrid por negocios, pero solo son excusas para ver a la tortuga, seguro que es la que está más arriba en la piedra. Esa grande, a la que se quieren subir las dos más pequeñas. Es su único recuerdo de Madrid.

Anunciaron por megafonía que el tren destino a Valencia iba a llegar en este momento al andén siete. Quedaban quince minutos para que saliera, pero podían ir hacia allí. Quique se levantó, se desperezó con ganas y fue a buscar un carrito para las maletas.

-¿Podemos seguir con el juego este, ma?

-Sí, claro. Nos vamos a cruzar con un montón de gente hasta que lleguemos al andén.

Acomodaron bien las dos maletas en el carrito. La nena se sentó encima de las dos, y Quique lo llevó. Seguía con los cascos puestos, y el mismo cassette.

Se cruzaron con un chico muy normal, pero que llevaba en un carrito una maleta muy rara, en la que Laura no pudo evitar fijarse. Era una maleta de cuero marrón, con forma de cilindro, y varios botones y abrochaduras por encima, en la tapa. Lo señaló en voz baja a su mamá, para que le contara.

-Ese chico tiene una profesión muy curiosa. Desde que cumplió los dieciséis años trabaja como sombrerero de un gigante. En esa maleta cilíndrica transporta sus chisteras. El gigante y él viajan en tren recorriendo Europa. Nunca veremos al gigante, es un señor con mucho dinero que se da el lujo de alquilar un vagón para él solo y su ayudante. No suele verle nadie ni subir ni bajar de los trenes, tienen mucho cuidado, la gente armaría un escándalo. Es un poco caprichoso, esta vez su ayudante ha tenido que ir con el sombrero a cuestas hasta el lustrador de zapatos de la esquina, porque el gigante quiere lucir su chistera esta noche con un brillo especial.

-Qué chulo, mami -dijo Laura, encantada con la idea de un pequeño lustrazapatos limpiando una chistera gigante. Su padre le había contado varias veces sus aventuras juveniles de lustrazapatos, pero nunca había oído nada acerca de lustrachisteras.

-Mami, es más lógico que el chaval de la maleta cilíndrica sea un coleccionista de discos de vinilo -Quique no admitía historias de gigantes y ese tipo de inventos-. Viaja de subasta en subasta, es un gran negociante, casi no estafa a nadie, se escapó de casa.

Llegaron al andén 7, el tren para Valencia estaba esperando. Había poca gente en el andén, buscaron el vagón que les tocaba y subieron. Dejaron el carrito cerca de uno de los asientos. En el vagón estaba también la viejecita del bolso de mimbre.

-Mira, mami -dijo Laura en voz baja-, a pesar de lo viejecita qué es y de llevar el bolso cargado ha llegado antes que nosotros.

Se sentaron los tres en el grupo de asientos junto a la viejecita.

-Ya estamos más cerca de Valencia, por fin -dijo mamá-. Quique, te vas a destrozar los oídos, tienes que bajar un poco ese volumen.

-Si lo bajo no se oyen bien los bajos. Además, puedo oír todas las historias que le inventas a Laura, así que muy alto no estará.

Laura estaba pegada a la ventanilla. En el andén no había mucha gente interesante que analizar. Faltaban cuatro minutos para la salida del tren. Ni siquiera pasaba un revisor, o una señora cargada y con prisas, o un perro chihuahua, nada. Del vagón de al lado salió un señor.

-Tengo otro mami. Ese señor que está yendo hacia nuestro carrito, el que está arrastrando la maleta.

La madre le miró un momento, el hombre parecía que iba a dejarse los brazos con el esfuerzo. No podía pesar tanto esa cosa.

-Pues ese señor es un ex futbolista de primera división, se lesionó una rodilla hace tiempo y dejó de jugar al fútbol, mira como cojea. La lesión le dejó triste de por vida, pocas cosas ya le hacen sonreír. En esa maleta pequeña arrastra todos sus tesoros, antiguos trofeos, medallas, mira lo que le ha costado subirla al carrito, tiene que estar llena de trofeos. Son su única posesión de valor, se va con ellos a una ciudad donde no le conozcan, para comenzar una carrera de entrenador y enseñar a los otros lo que él no pudo hacer.

-Anda, pobrecillo.

-Que no, mami, que no te enteras -Quique se quitó los cascos-. Te tienes que haber fijado en la cara de miedo que llevaba. Seguro que acaba de matar a alguien, le ha robado la maleta y ha abandonado el cadáver descuartizado en un vagón. Ha elegido este tren a esta hora porque está todo casi vacío.

-¡Quique, deja de decir tonterías! -la madre le miró más fuerte que antes.

Laura se apretó a su madre. Quique volvió con sus cascos y su música y su ritmo con las punteras.

-Dani dice que Quique ha visto muchas pelis, por eso a veces habla raro -Laura creía muy firmemente en la palabra de Dani.

-Pues ahora elijo yo y tu me cuentas, ¿vale? -la madre se puso seria y comenzó a mirar a la gente del andén, no había casi nadie. Negaba a veces con la cabeza y pasaba a otro-. El chico rubio que está sentado en el otro andén, el de la bolsa de deporte.

Laura miró hacia el otro andén, donde decía su madre. Se tuvo que poner de pie en la silla de al lado, que no veía bien la cara del chico. Ahora sí. Le miró muy seria todo un minuto.

-Es un príncipe disfrazado de mendigo. Su padre le ha echado de casa porque nació con el pelo rojo, y tiene que buscar al vendedor de helados para que le dé una llave que abre la puerta del trastero de su casa, porque ahí guardan un papel firmado por muchos testigos que prueba quién es en realidad.

-Y el Dani dice que yo veo muchas pelis... -dijo Quique para si mismo.

Faltaban un par de minutos para la salida del tren. El príncipe mendigo se había ido nada más Laura acabar con su descripción. Siguió mirando por la ventanilla.

-Mira, mami. Vienen corriendo una señora y el revisor del tren.

Era verdad. Se metieron en el vagón justo de al lado. Fuera lo que fuera, seguro que retrasaba la salida. Quique se levantó a echar un ojo, pero no quiso abrir la puerta del vagón. A su madre no le gustaba meterse en los alborotos. Fue llegando más gente, primero el jefe de estación, y luego policías. La madre se estremeció al vero los policías y recordar el comentario de Quique. Laura seguía observando encantada todo el lío desde la ventanilla. Al rato entró un policía en el vagón, y les pidió que se bajaran del tren, que se retrasaría la salida hasta nuevo aviso.

-¿Retrasar la salida? Llevamos horas esperando. ¿Cuánto tiempo más? ¿Qué ha pasado? -la madre ya se veía otra vez esperando horas junto al estanque de las tortugas.

-Simplemente tienen que desalojar el tren.

El policía no quiso dar más explicaciones. Les ayudó con las maletas. La madre y Laura le siguieron. Quique dejó que la viejecita pasara delante. Se colocó con cuidado el bolso de mimbre sobre un hombro. La señora parecía algo frágil.

-¿Puedo ayudarla con el bolso, señora?

-Sí, claro que sí hijo. Me cuesta mucho bajar incluso un par de escalones con esto a cuestas, una se va haciendo mayor. Gracias, gracias.

Quique cogió el bolso con una mano, no se le cayó por poco, no esperaba todo ese peso. Mientras la viejecita bajaba con cuidado los dos escalones hasta el andén, echó un ojo al interior del bolso. Solo pudo ver un montón de piedras grises y rojizas chocando entre ellas.

Relatos viejos, recolectados, un poco más o menos cerrados, por mudanza. || Foto de Jaime Miralles.
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