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Cosecha del 10 de Febrero, 2008
en almacén Mi casa del árbol
Los domingos en casa de Noa
Seguiremos cumpliendo, infinitamente, 29 años. Seguiremos celebrándolo así, con pasta italiana ─y queso rallado a mano y un tuco que tarda dos días en cocinarse─, con un montón pequeño, íntimo, de amigos nacidos en muchas partes del mundo. Sin soplar las velitas, porque vos, viejo, no querés pedir más deseos. Y nos reíremos, beberemos y brindaremos por todos los años que nos quedan. Prepararemos litros de ron con limón y hierbabuena, y hablaremos en portugués como si el orden del mundo dependiese de eso. Tomaremos mate, encenderemos cigarrillos y desafinaremos canciones con letras absurdas.
Yo pensaré en todas las cosas que pasan en un año, y echaré de menos todo lo que ya no es, me llenaré de energía ─como siempre─ con esos abrazos, tan fuertes, que tanto bien hacen y que tanto remueven. Pintaré caracoles con chimenea en las paredes ─siempre con tiza, con tiza de colores─ sabré que todo se construye desde ahí, desde el humo que sale de esa chimenea, y que se puede borrar con un manotazo o un balde de agua. Miraré dentro de todos los ojos que me miran, buscando una razón para no irme al otro lado del mundo.
Y diremos que después de todo, no es tan malo volver a casa ─tener dos casas, dos corazones─. Que nuestro destino es así, que no nos vamos a escapar de él ─no podemos escondernos─ y que nos pasaremos muchas horas dentro de un avión sobrevolando el océano. De vuelta, siempre de vuelta.
Para Pablito

Cosecha del 1 de Noviembre, 2007
en almacén Mi casa del árbol
La luna sale para todos
¿Cómo es capaz la luna, a media noche, de abrirse como la cáscara de un huevo y derramar besos? Así, de repente.
Como si no hubiera ya suficientes estrellas.

Cosecha del 3 de Agosto, 2007
en almacén Mi casa del árbol
Paraísos perdidos
En un montoncito de hojas secas, crujientes, entierra las ilusiones de sus paraísos perdidos. Una casita de luz en el medio de la noche y las bendiciones. La luna llena entre nubes sobre el balcón de las Comendadoras. Dos niños recogen las huellas dactilares de todos los invitados de la casa. Un cigarrillo amargo y el mar dulce a la orilla de la Balandra. Una botella de vino rosado y los pies colgando sobre el Sena. Una tormenta de lluvia fina y ventosa sobre un castillo derruido, en un acantilado al borde del mar del norte de Inglaterra. Unos dedos, seguros y hermosos, tocan el canon de Pachelbel en una guitarra española.
Dos primeros veranos, encima de un árbol retirado de un cámping de Cartagena. Una canción sobre todas las formas al final de un curso lleno de emociones. Volar dentro de un sueño. Canciones de los Ramones en un rincón de Malasaña lleno de historias. Bailar samba hasta altas horas de la noche, con los pies descalzos, para estrenar una radio nueva. Varias tardes de verano lentas, con risas y surrealismo cerca del mar de Valencia. Un lunes noche en una casa antigua de Lavapiés, armando y desmontando películas. La luna, otra vez, llena de nuevo, rodeada de todo el espacio del mundo. Un grupo de amigos improvisa en un concierto de country en las murallas de Ávila. Un trébol de cuatro hojas -el segundo en dos años- asomando entre otras hierbas.
Sopla el viento juguetón que, en dos segundos, reparte todas las hojas secas por el jardín. El montoncito desaparece, quedando debajo nada más que césped. Tal como siempre.
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«Después de haberlo vivido y saboreado, siento que
la casa de Somolinos no está señalada en ningún mapa, o en
todos a la vez, que con ella ocurre un poco como en esas novelas
extravagantes de Mark Twain en que los niños construyen una
casa en la copa de un árbol, como refugio lejos de los adultos
(del principio de autoridad), y arrastran mantas y víveres, y se
quedan a vivir allí eternamente durante una sola noche.» (Eloy Tizón) || Foto de Juan Cabrera. |
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