Hace dos días limpiaron la explanada de piedra. Entre los cristalitos de vidrio alguien había puesto un carrito de supermercado. Al día siguiente una rueda. A los dos días otro carrito, invertido. Después se sumaron ramas secas, una puerta de un coche verde, dos señales robadas y hasta medio lavabo, verde también, un poco roto.
El chico del sombrero dijo que eran ángeles caídos. A la mañana siguiente pasando por allí con el viento en las orejas yo también vi ángeles caídos. Algunos días me parecen lágrimas robadas, o pepitas brillantes arrastradas por un río del oeste. Otros días, los más, solo me parecen cristalitos de vidrio, y no dejo de preguntarme cómo se han apañado para llegar hasta ahí.
Para ser feliz hace falta poco más que una botella de plástico vacía, cuatro patas y la correa suelta en un parque lleno de hierba y verano.