Nunca apoyo bien, porque no giro, por lo del cúbito. Desde que me alargaron no giro, me quedo ahí, y tengo que colocarme de una forma especial para sujetar las cosas. No puedo apoyarme en mis cinco dedos. Solo si me levanto. Si me levanto no hay problema. Pero en los exámenes de mí no me levanto, no valgo para los exámenes de mí. A veces también siento que me descoloco, mis músculos son flacos y débiles, y tienen una pequeña hendidura que me gustaría rellenar con plastilina.




Mientras cocinaba el otro día me puse a pensar en los últimos cuentos que leyeron mis alumnos en clase. Mi nevera estaba muy vacía. Al lavar la lechuga —para la ensalada solo tenía lechuga, y una lechuga que llevaba varios días ya en la nevera—, me acordé de lo que dijo Manu en la clase, que a pesar de que el cuento tenía su conflicto, tampoco le había salido «muy interesante». Y es verdad que su cuento, aunque estaba bien —en esencia era perfecto—, de interés estaba como a medias, como apagado.

Me senté a la mesa con mi ensalada solo de lechuga. La miré, era la ensalada más triste que había preparado nunca. Ni siquiera me quedaba aceite para echarle… solo lechuga, y sin sal, ni vinagre. Eso mismo les ocurre a los cuentos cuando acabamos de empezar a escribir. Bueno, si hemos leído un poco no suelen ocurrir cosas tan drásticas como que la lechuga tenga moho y no nos quede ni una gotita de aceite… pero sí se acerca bastante. Normalmente, los más aplicados, a las pocas semanas de curso son capaces de hacer una ensalada de lechuga estupenda: porque han aprendido qué lechuga comprar, cómo lavarla bien, cómo aderezarla… Eso sí, la ensalada solo lleva lechuga, que es lo que controlan por ahora. Y claro, una ensalada de solo lechuga, por muy buena que sea la lechuga y mucho vinagre de Módena que le eches, es solo lechuga: no tiene interés. Es aburrida.


Todos los caminos llevan a Roma

Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs | Antología del cuento triste


Con la llegada de la primavera parece que no hay tiempo para regar las hierbas, lo bueno es que con la primavera todo florece casi sin esfuerzo. Y a mi correo me regalan cosas como esta, que no quiero dejar de publicar aquí porque, una vez más, todos los caminos llevan a Roma. Es de prólogo de una antología a la que le tengo mucho cariño por su intención y sus cuentos. Lo ha extraido Berna a principios de la primavera.

[...] La tristeza es como la alegría: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella. ¿Y quién quiere acabar con la tristeza? ¿O deberíamos decir: quién puede acabar con ella? La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se concentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste. En una calle de Nueva York un transeúnte neoyorquino había visto la alegría reflejada en Monterroso y en mí; pero más tarde, al despedirnos de la alegre ciudad de Nueva Orleans, Bárbara y yo nos dimos a recordar —¿por qué causa?— literatura triste: no sólo porque era buena literatura sino porque, creemos, la parte alegre de la vida tiene a veces su fundamento en la parte triste, y viceversa.

Los caminos que llevan a Roma (a la Roma de Ari Golfield) están en la primera frase, claro: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella, con ellas, porque son lo mismo. Perdemos muchísimo tiempo empeñados en que no lo son.


Un rescate

Ángel Zapata | Los tranvías


Porque estamos en primavera, porque hace varios meses que no monto en tranvía y porque por fin las plantas de mi casa están reviviendo, dejo aquí está columna de Ángel Zapata, algo antigua ya, supongo, y que he rescatado de unos apuntes suyos sobre la prosodia, publicados en los manuales de Fuentetaja. Y que podéis rescatar de la antigua página de Isabel Cañelles. El texto se titula "Los tranvías", ay, los tranvías.

Los tranvías, como los buenos toreros, supieron retirarse a tiempo, convertirse en leyenda, y que la gente los recuerde ahora —¡ah, los tranvías!— con esa nostalgia que emborracha un poco, o en esa borrachera, según, que da un poco de nostalgia. Porque uno tiene apedreado —la mala idea de los niños— aquel tranvía de Peñagrande que cruzaba desmontes, tomillares, arroyos, por las afueras de la ciudad, y moría entre casas de adobe, perros furtivos, guardas con canana cruzada en el pecho, en la linde de El Pardo. Pero ya por entonces, mediados los sesenta, los tranvías se hicieron más espigados, con el morro de quilla, parientes de las barcas que había en la verbena, y eran tan sosos como el autobús, tan anodinos, tan municipales.



Mi madre me ofrece un frasco de manzanas verdes en compota. Son para que me cure de mi enfermedad. El frasco es de cristal transparente, y las manzanas son tan verdes como si las hubieran pintado. Me sirvo una, que se deshace en gajos sobre mi plato. La pruebo. Es totalmente dulce. La como a pequeños bocados, con una cuchara fría.




El otro día un alumno en clase leyó un texto y cuando terminó le dije que tenía que leerse Mortal y rosa, de Umbral. Que leer ese libro le iba a ayudar para escribir ese tipo de texto. Y como salió el tema comenté uno de esos puntos tan importantes dentro de lo que Ángel Zapata, siempre que explica lo que es un relato, nombra. Es el siguiente: "un cuento sale de otro cuento". Habla entonces de la imitación, de escribir cuentos teniendo a mano tres o cuatro más, para ir no copiándonos literalmente pero sí empapándonos. Es algo que cuando llevas escribiendo un cuento, además, haces de una forma natural sin que nadie te lo diga: no encuentras la voz y entonces coges otro cuento, y otro, que por lo que sea crees que pueden ir por el mismo lugar, y lo encaminas. Eso da género. Pero cuando lo comento en clase, sobre todo los primeras veces, los alumnos abren los ojos como platos y miran un poco extrañados a la pizarra —en blanco hasta entonces—, y mueven los pies algo nerviosos.

Es una de esas cosas tan evidentes que no se ven, o que está tan cubierta de malas interpretaciones (confusiones en lo que entendemos por ser original, principalmente) que cuando te das cuenta casi da un poco de apuro. "¿Copiar? ¡Cómo voy a hacerlo! ¡Si tengo que ser original! Y para mis alumnos, que muchos acaban prácticamente de empezar a escribir, no lo ven tan claro. Aunque es cierto que al cabo de unos meses, y casi sin decir nada, solo a base de lecturas, esto de la imitación vuelve a salir a flote por sí solo. Porque por supuesto que es natural.


El bailarín del sombrero de oro

El hilo azul | Gustavo Martín Garzo | Fundación G.S.R.


En El hilo azul se recogen muchos artículos de Martín Garzo. Hace años alguien me pasó un artículo que se titulaba "Dibujar una cigüeña", creo que fue casi lo primero (o lo segundo) que leía sobre estos temas, creo recordar que circulaba por La lista de aquel entonces. Hace poco tropecé sin querer con este libro y lo compré sin abrirlo solo al comprobar que estaba ese artículo incluido. La edición corre a cargo de Mariángeles Fernández,y supongo por alusiones que es una re-edición de un libro publicado en 2001; lo importante es que se puede conseguir muy fácilmente.

El primer artículo, a modo de prólogo, habla de ese bailarín del sombrero de oro, y dice que escribir no es otra cosa que convocarle. Ese "dichoso jorobado berlinés", al que también nombró Rosa Chacel y que tan bien recuerda Martín Garzo: "escribir es el deseo de irse por los tejados". Y ese bailarín es el Carboncito del que habla Javier Sagarna en aquel prólogo de hace años —que me hizo apuntarme al primer taller—, y esos tejados son sin duda los mismos que los que aparecieron en otro prólogo, año después, en un libro de la Escuela —y que debieron salir de algún lugar escondido que tenemos todos dentro—.

Así que cómo no voy a disfrutar de este libro. Dejo algunos fragmentos del prólogo, del primer artículo, el de ese bailarín del sombrero, tan travieso como escurridizo. Y de tan vivo, insustancial.

Además, por desgracia, apenas recuerdo lo que leo. Sé reconocer al instante los libros que me importan, pero será precisamente en esos casos cuando más costoso me resulte hablar de ellos, tal vez porque, como dejó dicho el último Barthes, nada es más difícil que hablar de lo que amamos. [...] A pesar de todo, no suele ser eso, cómo están escritos, lo que más me preocupa, sino desde dónde lo hice. Creo que esa pregunta por el lugar desde el que se escribe es la pregunta esencial de la literatura. [...]

El tiempo perdido

Francisco Umbral | Mortal y rosa | Planeta


¡Cuánto tiempo perdido, todos esos años sin leer Mortal y rosa! Por cosas de la vida resulta que ahora lo tengo que leer para hacer un trabajo para una clase en la que he caído casi sin querer. Y creo que haré como suele decir Martín Garzo, solo intentaré hablar de todo lo que sentí leyendo el libro, que es de lo más razonable que se puede hablar de un libro así.

Lo otro que se puede hacer es seleccionar fragmentos, teclearlos y repartirlos para leerlos en voz alta y viva voz. Y, después, mantener silencio.

[...] Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirando desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo desnuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

Dulce de leche

Para mi padre.


El niño de cinco años se esconde debajo de la mesa de la cocina con un tarro de medio litro de dulce de leche y una cuchara. El mantel de cuadros llega hasta el suelo y le cubre por completo. A oscuras abre el tarro, mete la cuchara, y la llena hasta arriba antes de metérsela en la boca en un silencio total.

El hombre prueba una cucharadita de dulce de leche después de cenar, y recuerda esta historia. Recuerda como a los cinco años cogía el tarro de dulce de leche del estante más alto y se escondía debajo de la mesa de la cocina.




Muchas veces me pasa lo mismo: busco el teléfono cuando estoy hablando por teléfono. Y me acuerdo de un cuento muy conocido de Nasrudin, el de las llaves y la farola. Me río, claro, qué remedio.

Es de noche, bastante tarde ya, y Nasrudín está agachado debajo de una farola buscando algo, tanteando el suelo con las manos. Pasa un vecino y le pregunta qué busca. Nasrudin le responde que busca sus llaves, que las ha perdido. Y su vecino se agacha con él para ayudar a buscarlas. Al rato pasa una vecina y les pregunta lo mismo, y también se agachar para buscar las llaves de Nasrudin. Pero no encuentran nada, entonces la vecina se levanta y le preguna si está seguro de haberlas perdido ahí. Nasrudin responde que no, que las perdió en casa. Los vecinos, escandalizados, le preguntan porqué entonces las está buscando en la farola. Y les responde Nasrudín: porque aquí hay más luz, la casa está muy oscura.