Cosecha del 25 de Agosto, 2007
en almacén Dicen que dicen
Cuentos chinos para japoneses

Un duende naranja de la noche me cuenta historias debajo de un portal, un número once en una calle perdida de la Latina. Llueve y se me mojan los pies. Su acento me recuerda a un verano de hace diez años. El folio de su historia se come a un niña que dibuja en él, y cuando lo entierran crece un gran árbol con hojas que son folios perfectos. El duende se queda dormido mientras fuma cigarrillos, tira las colillas a los charcos brillantes y ya no me cuenta historias. Su silencio es espeso, como de jarabe de arce con limón y canela.

Cosecha del 10 de Agosto, 2007
en almacén Dicen que dicen
Memes y otras hierbas

Estaba a punto de escaparme de la cadena de memes, casi segura que mi vuelta a las hierbas había sido silenciosa y discreta. Asumo mi error y rescato el desafío del amigo Tiburcio Samsa, que parece que no sigue de vacaciones. A ver si los encuentro, ocho tienen que ser. Secretos e inconfesables, nada menos.

1. Hasta los siete años estuve convencida de que en realidad, el mundo era mucho más grande. Que el globo terráqueo mentía, y que tenía que haber muchos más continentes que cinco (me parecían muy pocos).

2. A los diez años lo que más me enorgullecía en el mundo era estar leyendo "La historia interminable", de Michael Ende.

3. Hasta los once años, a raíz de los carteles que veía por la calle donde decía: "no pegar carteles, responsable la empresa anunciadora", pensaba que la "empresa anunciadora" se trataba de una compañía grande y poderosa encargada del mantenimiento y la limpieza de los cristales de la ciudad.

4. Hasta los trece años amé con todo mi corazón a Jupiter Jones, el protagonista de Alfred Hitchcock y los tres investigadores. Aunque estaba enamorada de Bob Andrews, y eso me dolía, porque Jupiter Jones parecía más inteligente.

5. Hasta los quince mantuve unas cuántas manías tipo "Mejor imposible", tales como ir andando sin pisar los ladrillos rojos del suelo, tocar con una mano todo lo que tocaba con la otra o girar en un sentido si, por accidente, había girado en el otro.

6. Hasta los diecisiete, más o menos, estuve convencida que cuando a la madre se le acababa la leche del pecho, salía aceite de oliva. La conclusión la saqué a los tres años, cuando mi madre para librarse de una vez de darme de mamar, se untó con aceite. Me lo tomé bien, cambié la leche por galletas, pero tardé mucho en saber que no era cierto.

7. Hasta los veintidós nunca había robado nada, y cuando se me ocurrió robar una libra de queso del restaurante donde trabajaba (en Londres, a medianoche, para acompañar a una pasta sosa que habíamos preparado), saltó la alarma de la cocina, vino un coche patrulla con las luces encendidas y le pusieron al restaurante una multa generosa.

8. A los veintiséis años sigo creyendo en los duendes, los fantasmas y los extraterrestres. Nunca me tragué lo de Papá Noel y los Reyes Magos tampoco me convencieron, pero hay ciertas verdades que no pueden negarse.

Le pasó el marrón a Matías, que imagino que no lo aceptará Ni en un millón de años. Y también a la pequeña Viky, que acaba de estrenar sus Bichos de verano. Que os sirvan de inspiración, más que el mío, los de Chiki, Dani Durán y JdJ.

Cosecha del 3 de Febrero, 2007
en almacén Dicen que dicen
La llamada

Encontré el móvil en la basura. Era viernes, acababan de robarme la cartera mientras cenaba en un restaurante de Plaza España y estaba de mal humor. No sé en qué momento me abrieron el bolso. Acababa de cenar con mi padre y se había pasado toda la conversación intentando convencerme que tenía que perdonar a mamá algún día. Me contaba que mamá llevaba meses esperando que volviese a hablar con ella.

Cuando fui a pagar me di cuenta que no tenía la cartera, y me enfadé muchísimo, era lo único que me faltaba. Empecé a mirar con cara de odio al camarero, a los que comían en la mesa de al lado y a los que hacían cola en la puerta. Estaba segura de que podía haber sido cualquiera de ellos. Dejé que pagase mi padre y, ya en la calle, paré a un taxi mientras él no dejaba de quejarse de "lo mal que está Madrid" y de decirme mil veces "Carmen, hija, haces muy mal en vivir sola".

Cuando el taxi por fin arrancó me dediqué a rebuscar en todas las papeleras de la zona. Había oído que muchos ladrones tiran las carteras después de quedarse el dinero y las tarjetas. Busqué en varias, casi todas estaban llenas de periódicos y papelitos de publicidad. En la más sucia de todas, justamente, encontré el móvil. Estaba a punto de darme por vencida ―de todas las papeleras, era la peor, estaba llena de cáscaras de naranja y de plátano y de hamburguesas desechas―, cuando un móvil empezó a sonar. Metí las dos manos y lo removí todo, el móvil estaba dentro de una bolsa de papel. Me quedé de piedra cuando vi quien llamaba. En la pantalla del móvil aparecía intermitente el nombre de una tal "Carmen" junto al dibujito de un teléfono sonriente. Dudé. Me asusté un poco. Me pareció demasiada casualidad que estuviera llamando una persona que se llamara igual que yo. Me acordé del carterista. Volví a enfadarme con el mundo. Entre tantas dudas Carmen colgó. Así que, decidida, busqué su número y llamé, no tardó nada en responder. "Hola, por fin me llamas... hace meses que no sabemos de ti". "Sí... es que he estado liada", le dije. "Claro, sí, como siempre. Bueno, llama a mamá, está preocupada". Y colgó. Por un momento me quedé sin palabras, hacia frío y había poca gente en la calle. Hasta se me olvidó que me habían robado la cartera. Eché a andar Gran Vía arriba y desde ese mismo móvil marqué el número de mi madre.

Lo que dice que dice la gente que junta tres palabras porque sí, sin buscar una historia y encontrándola sin querer. O dos. || Foto de Jaime Miralles.
Últimas cosechas en Dicen que dicen:

Búsqueda:



   
© 2000 - 2006, textos de Mariana Torres, bajo una licencia de Creative Commons. Excepto los textos citados que son propiedad de sus respectivos autores.

Creative Commons License