El autobús se sacudía aprovechando las curvas, un poco incómodo con el techo lleno de nieve. Era de los pocos que había bajado ese día por la carretera de Benasque, y a la altura del lago ni siquiera llovía. Dentro del bus y pegadas a la ventana veíamos caer la nieve, primero en cachos y después en ríos de agua fría. Dos asientos delante un chico jugaba con una niña a adivinar nombres propios.