Mi padre viajó con esta planta de fresas desde Brasil, veinte años atrás.
Hoy, 31 de diciembre, en Berisso, comí la última fresa que dio la planta. La última del año . Era pequeña, roja y muy dulce. Me la regaló mi madrina, en un acto solemne a treinta y siete grados de temperatura.
Entre tanto el mundo ha seguido girando.
Y las fresas, año nuevo tras año nuevo, no dejan de florecer.
