Cosecha del 26 de Enero, 2008
en almacén La despensa
El cuarto de los juguetes

La habitación favorita de Mariana es el cuarto de los juguetes. Es donde, cuando le roba tiempo al día, pasa horas muertas ajena a todo lo que ocurre en el mundo. Ya se puede quemar la casa o escaparse un ladrón en el patio de vecinos, que Mariana cuando está en su cuarto de los juguetes no hace caso a nadie. En sus mejores días ni abre la puerta cuando la llaman a comer. En los peores, las cosas cambian. La ventana parece hacerse más y más grande y tiene tantas razones para distraerse que le aburren todos esos juguetes. No entiende cómo alguna vez se divirtió con ellos. Los juguetes parecen quedarse sin vida y no entretener a nadie más que al gato. Estos momentos son todo un misterio aún para Mariana.

Las últimas semanas está de suerte, hace tiempo que esto no le pasa. Se ha reconciliado con ese cuarto y se empieza a sentir mejor dentro que fuera de él. Roba horas entre semana, incluso, para pasarse un rato. Entre semana lo único que hace es ponerlo todo patas arriba, hacer una montaña con los soldados de plomo y obligar a los caballos de madera a desfilar hacia atrás. Cuando entra al día siguiente y ve todo tan desordenado se echa las manos a la cabeza y vuelve a colocar los juguetes en su sitio. Prepara estrategias que dibuja en papeles pequeños, traza en el suelo con tiza blanca el recorrido adecuado para cada historia. Y al día siguiente vuelve a desordenarlo todo.

Mariana tiene comprobado que su parte caótica se divierte y que su parte ordenada tiende a molestar, controlando todo como un policía sin trabajo. Las dos mitades se pelean, discuten, se ignoran la una a la otra.

Los días buenos, cuando tiene muchas horas para disfrutar del cuarto, es cuando –a veces– logra coordinar las dos mitades. Al entrar al cuarto, casi siempre por la mañana, deja libre a su parte caótica, que inventa historias locas sin darles importancia. A media tarde entretiene a la mitad ordenada con cualquier actividad más de su gusto mientras las cosas, en la cabeza de la caótica van asentándose. Cuando las dos se coordinan es cuando Mariana lo disfruta de verdad. Lo consigue, como mucho, durante dos horas. Luego se vuelven a pelear.

Es entonces cuando la mitad ordenada prepara el terreno a la caótica para el día siguiente. Deja todo bien colocado: guarda los cubos de madera en los cajones de mimbre, mete a los soldaditos de plomo en el fuerte, cierra cajas y abre ventanas, alinea los caballos de madera, recoloca los cojines de plumas y pasa el plumero por encima de la fila de muñecos, tan quietos y sonrientes como estatuas.

Cuando Mariana no tiene tiempo, la mitad caótica y la ordenada se mezclan tanto que al final del día Mariana no saca mucho en claro. A veces incluso olvida dónde está la puerta del cuarto de los juguetes. No puede descuidarse, Mariana. Sabe que en cuanto el mundo se remueva de alguna forma –con una carta en el suelo, un gato muerto en el parque, una pintada en el metro, una escena de una película, un fragmento de un libro, unos acordes en re menor– tendrá que volver al cuarto y poner todo su empeño en que las dos mitades se entiendan.


© 2000 - 2006, textos de Mariana Torres, bajo una licencia de Creative Commons. Excepto los textos citados que son propiedad de sus respectivos autores.

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