Solo fueron tres días en París. Un chico rubio lleva una gorra roja con la bandera de Canadá mientras cocina espaguetis. El mundo es pequeño: él nació en la isla del Príncipe Eduardo y odia a Ana de las Tejas Verdes. Me cuenta que la isla del Príncipe tiene los atardeceres más bonitos del mundo. Me regala una flor morada mientras yo le espero fingiendo que fumo a la puerta del hostal. Recorremos París sin dinero en los bolsillos. La vida es muy simple, solo hace falta un poco de pan, un poco de queso y una botella de vino. Es cierto que París tiene algo que enamora y repara corazones rotos.