Después de varias horas dentro del mar, jugando con las olas, acabamos con la piel de los dedos muy arrugada. La corriente nos lleva cada vez más lejos, pasamos los columpios y casi llegamos a Canet. Pablo es una cabecita con rizos rubios entre las burbujas, no puede andar con las aletas y tengo que quitárselas. Diego quiere pescar con un pedazo de pan, me explica cómo lo hizo una vez, mezclando varios ingredientes cual fuera una pócima. Las olas le hacen cosquillas a Pablo, que ríe sin parar. La pequeña lleva un bikini lleno de colores y un sol sonriente pintado en el brazo. Ahora está todos en casa, buscando al niño invisible, que tiene un coche volador y es amigo del dinosaurio del armario. Se esconde siempre muy bien, pero lo encontrarán seguro antes de la cena.