Son las cinco de la mañana y no se nos ocurre otra cosa que caminar hasta la Torre Eiffel desde el barrio latino. Una buena caminata por la orilla del río al amanecer. Encontramos gente durmiendo debajo de los puentes. Una garza, elegante, en silencio. Y la Torre Eiffel, inesperada, surgiendo con toda su fuerza de la nada. Los jardines están vacíos. Durante un segundo pienso que tenemos suerte, que debe ser difícil estar en un sitio como ese, tan vacío y tan en silencio. Es como si fuéramos las primeras personas en el mundo en verla.