En el jardín de Berna hay tres gatitos de un par de meses. El más pequeño está en los huesos y no quiere comer cuando le vemos. Hay mariposas y campanillas blancas que anuncian buenas noticias. Dos sillas de playa donde tomar el fresco o donde tomar el sol. Hay hierbabuena para hacer mojitos, escondida entre matojos de ortigas y malas hierbas. Un templo iluminado al fondo, muy presente en una de las colinas. Un muro de piedra delimita el jardín, los gatos duermen la siesta encima, al borde del abismo. Hay tardes tranquilas y calurosas, en las que arreglamos un poco el cachito de mundo que está delante de nosotras. Solo hay que mirar todo por segunda vez, porque las soluciones siempre han estado ahí.