Si las ilusiones fueran hormigas, la gente las reconocería mucho antes. Todo el mundo sabe cómo es una hormiga, hay fotos de hormigas en los libros de Ciencias Naturales del colegio, y todos los niños, antes de eso, han visto alguna hormiga. A lo niños les encantan las hormigas. Hay gente que no se da derecho a soñar, y nada más ver una hormiga por casa, la aplasta, para que no vengan más por detrás. Hay gente, en cambio, que tiene hormigueros artificiales en mitad del salón, una urna de cristal donde encierra a todas sus hormigas y puede seguirlas recorriendo los túneles y pasarelas. Esta gente observa a las hormigas muchas horas, pero no hace nada con ellas. También hay gente más feliz, que disfruta de las hormigas en su hábitat natural, entre el césped y los árboles, y también se pasan tiempo mirando como llevan migas de un lado a otro, entrando y saliendo del hormiguero todo el día. Algunos, entre estos últimos, guardan un pedazo de pan duro en el bolsillo, y van soltando migas para alimentarlas. Disfrutan viendo a la hormiga cuando descubre una miga nueva, cuando intenta cargar la más grande. Pero estos, a final de cuentas, son los menos.