Llovía de forma torrencial, el repiqueteo de las gotas golpeando sobre el tejado de chapa fue lo que le impulsó a salir. Se guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, la pistola que ocultaba debajo de la almohada. Estiró las sábanas con cuidado y remetió los bordes. Ahuecó la almohada. La lluvia golpeaba más fuerte, al salir cogió un paraguas rojo y dejó la puerta abierta. Comenzó a andar rápido, cruzó cinco, seis calles a ciegas, buscando algún rincón recogido. Tropezó con un callejón estrecho, sin salida, con fondo de cubos de basura, aún no habían pasado los camiones de recogida. La lluvia iba en aumento, la calle estaba desierta, no se había cruzado con nadie en todo el camino. Solamente con una bolsa de plástico, blanca y arrugada, que bailaba con el viento. Su callejón era seguro, acogedor. Abrió las tapas del contenedor para que hicieran de techo protector. Era un contenedor amarillo, de los que recogen plástico y huelen a antiséptico.
La lluvia chocaba con fuerza sobre la tapa de plástico, calculó si la tapa podía ceder, y llegar a caerse encima de su cabeza por el peso del agua. Sacó la pistola, la acarició, el cañón estaba frío. Nunca la había usado, dormía debajo de su almohada desde hacía más de un año por seguridad. Le costaba reunir el valor suficiente. Abrió la boca y acomodó el cañón dentro. Le temblaban las manos, tiritaba de frío y de lluvia, estaba sudando. Cerró los ojos, los abrió de nuevo, no podía matarse, también, con los ojos cerrados. Oyó dos truenos seguidos y vio un relámpago grande en el cielo; con miedo olvidó la pistola, y corrió a meterse dentro del contenedor amarillo. Allí dentro, en un rincón, encontró un gato blanco, pequeño, muy cachorro, blanco y arrugado, y empapado, maullando bajito. Decidió sacarlo de allí antes de nada.