Cosecha del 27 de Junio, 2005
en almacén Un metro de altura
Ceras de colores

Cuando Tomás era muy pequeño, su madre estaba convencida que se comía las ceras, las ceras de colores. En realidad no se las comía, sino que se las metía en la boca, como los niños que muerden lápices mientras están pensando; pero las ceras tenían un sabor horrible, así que no lo hacía muy a menudo. En un solo día vaciaba varias cajas de ceras de tanto usarlas. Pintaba en el papel marrón que había en la tienda del abuelo, lo tenían en rollos grandes a la derecha de la caja para envolver las compras de los clientes. Tomás pintaba con las ceras en el lado reverso, donde el papel es más rugoso y un poco más claro. De todos los colores gastaba más rápido el verde y el morado, le gustaba pintar un flor, y luego el césped para las raíces, y luego el sol, para que no le faltara luz, y luego una nube con lluvia, para que no le faltara agua. Tomás era un niño muy práctico. La flor siempre la pintaba verde, igual que el césped. Todo el cielo morado, con un sol amarillo enorme, sonriendo de rayo a rayo.

El día que murió el abuelo alguien cambió los rollos de papel marrón de la tienda por unas bolsas de plástico, más prácticas. Durante una temporada los clientes echaron de menos salir de la tienda con sus compras envueltas en papel marrón, pero con el tiempo se acostumbraron, reconociendo que las bolsas con asas eran mucho más prácticas. Tomás también echaba de menos el papel marrón, pero pronto sustituyó el papel por las paredes blancas de su habitación, y fue cuando su madre se dio cuenta de que en realidad no se comía las ceras, sino que las usaba. Lo descubrió un día que entró en la habitación de Tomás y encontró un dibujo enorme en la pared, de un planeta con ríos y estrellas, y un elefante amarillo, y dos peces de colores. El niño se había subido a una escalera para llegar bien alto, justo hasta el techo. El psicólogo dijo que estaba traumatizado por la muerte del abuelo -la falta de figura paterna, dijo también- y aconsejó a la madre que le dejara expresarse, que le dejara pintar todo lo que quisiera. Y la madre, que a pesar de su despiste quería mucho al niño, le dejó, y le dio libertad y muchas cajas de ceras.

De las ceras, con el tiempo, Tomás pasó a los lápices, después a los pinceles y óleos, más tarde a las acuarelas y a los sprays de cuatro colores. Y pintó, pintó todo lo que quiso mientras iba creciendo. Un buen día dejó de pintar, porque ya lo había pintado todo. Para ese entonces tenía edad para buscar trabajo, y sustituyó a su madre en la tienda del abuelo. Lo primero que hizo Tomás fue cambiar las prácticas bolsas de plástico por rollos de papel marrón. Y siempre que envolvía las compras de los clientes lo hacía con el lado rugoso del papel hacia fuera. Las ceras en la tienda, durante mucho tiempo -mientras pudo permitírselo- fueron gratis, y durante una temporada larga las regalaba a los niños que entraban de mano de su madre y no llegaban con la nariz al mostrador.


©2001-2005, Mariana Torres, excepto los textos citados, propiedad de sus respectivos autores.