Cosecha del 25 de Mayo, 2005
en almacén La despensa
Gafas perdidas

En verano aparecieron unas gafas en uno de los buzones verdes de la Castellana. Eran metálicas, estaban apoyadas del revés, y tenían rota la patilla derecha, cortada por la mitad. El primero en verlas fue el cartero, se las probó extrañado porque siempre había querido verse con gafas; al levantar la cabeza notó que la patilla derecha se le clavaba, y vio el mundo mucho mejor. Su carrito de cartas estaba vacío, las manecillas de su reloj de pulsera se habían parado y había salido el sol, que le sonreía. Se quitó las gafas y con respeto, las dejó tal cual estaban, apoyadas del revés, encima del buzón verde. Se marchó a casa tarareando entre dientes, con su carrito vacío, y en la esquina le dijo a la quiosquera que las gafas rotas del buzón eran milagrosas. La quiosquera se acercó al buzón, intrigada, nunca había hecho caso a lo que decía el cartero, pero estaba curiosa, como un niño pequeño.

Cuando llegó al buzón vio las gafas metálicas, y se las probó. Esperaba notar algún desenfoque, o ver algo milagroso bajando del cielo, pero solamente notó la patilla derecha de las gafas, que se le clavaba. Se giró para mirar su kiosco y vio llegar en ese momento a su marido, bajando de un coche nuevo y con dos billetes de avión en la mano. Se quitó las gafas, y las dejó con mucho respeto tal cual estaban, apoyadas del revés, en el buzón verde.

Se corrió la voz por todo el barrio y a lo largo del día se fueron acercando diferentes vecinos a probarse las gafas que mejoraban el mundo. El panadero fue el único que intentó robarlas, pero no pudo porque cuando intentó meterlas en el bolsillo tropezó con un perro que pasaba por allí. Con respeto, miró al perro, y dejó las gafas donde estaban. Ya de noche, sin el ruido permanente del tráfico y los tacones de los ejecutivos, pasó el barrendero. El barrendero estaba enamorado de la noche, le gustaba trabajar en su silencio, a la madrugada. El perro con el que había tropezado el panadero seguía por allí, a los pies del buzón. El barrendero había oído rumores sobre las gafas al empezar la jornada, y tenía cierta curiosidad, como un niño pequeño.

Se acercó al buzón y se puso las gafas metálicas. Notó que la patilla derecha se le clavaba, pero no vio nada diferente a su alrededor. El perro seguía moviendo la cola. Se quitó las gafas para limpiar un poco los cristales, y se las volvió a poner. Siguió sin notar nada, salvo la patilla derecha, que se clavaba. El perro ladró, pero ni se detuvo el tiempo, ni pasó nadie con un coche nuevo, ni su cubo de basura se vació solo. Se quitó las gafas, y con mucho respeto las tiró a su cubo de basura, pensó que se habían estropeado durante el día por el sol y ya no mejoraban vidas, pensó que los vecinos eran únicos para correr rumores. Siguió barriendo la calle, y mientras vaciaba la pala con colillas y latas vacías encima de las gafas rotas, se rió con ganas y siguió caminando despacios, barriendo detalles para adentro y silbando para fuera. El perro le siguió durante toda la noche, de vez en cuando paraba en algún buzón y levantaba la pata trasera, la derecha.


©2001-2005, Mariana Torres, excepto los textos citados, propiedad de sus respectivos autores.