El mejor sitio para observar el mundo era la zona de columpios azules del patio de mi colegio. Estaba como escondida, un poco alejada de la entrada. Todo el mundo lo llamaba el parque de los columpios, pero en realidad solo había un columpio, montado con una rueda de coche y dos cuerdas ásperas, un poco cojo por el lado derecho. Lo demás eran armatostes, esqueletos metálicos de color azul, en los que te podías colgar boca abajo como los murciélagos, o subir arriba del todo para sentarte allí a observar el mundo. El que más nos gustaba tenía forma de bola, con hierros, tan redondo como el globo terráqueo de clase. Igual de grande. Cuando estabas allí arriba el mundo era inmenso, y estaba todo dentro de ti.
Por nada en especial, tampoco los armatostes eran muy altos ni nada parecido, pero siempre tenías la misma sensación allí arriba, como de paz. Eras parte del movimiento de todo, y no tenías problemas, ni alegrías, ni preocupaciones. Solíamos subirnos allí arriba para observar el mundo, en grupos de tres o de cuatro, las niñas abajo, para que no se les volaran las faldas, y hablar un poco, oyendo los silencios. También éramos parte de los silencios y no teníamos porque romperlos. Desde el armatoste más alto, la bola de hierros azules, se veían las vías del tren. Cuando estábamos allí arriba no nos importaba nada, porque todo -todo- estaba dentro.