Camino descalzo por las calles a primera hora, antes de amanecer. La acera está húmeda, resbala, acaba de pasar el carrito de la limpieza regando todo con mangueras. Casi no queda calor en el asfalto. Mis pies están húmedos y fríos. Me siento en el suelo al lado de un charco y trato de recoger un poco de agua con el cuenco de mis manos. Se escurre siempre. Una de las veces consigo mantener un sorbo de agua y me pongo de pie, con cuidado. No hay remedio, el agua empieza a escurrirse, cae en goterones hasta mis pies descalzos. Empieza a llover, empiezo a correr de charco en charco hasta llegar a un sitio cubierto. Me escondo en la parada de autobús. Me siento en el banco metálico. La lluvia sigue, cada vez más fuerte, noto rebotar en mis pies las gotas al caer. Los charcos de la acera aumentan, recojo mis pies en el banco. Me pongo de pie en el banco. Me sacudo entero, como los perros.