Cosecha del 13 de Abril, 2005
en almacén Cinco sentidos
No me gusta

No me gusta el eco de los pasillos subterráneos del Trocadero, la mezcla de olores: amoniaco, leche, fruta pasada. Que entren nuevos a la Lista y no me de tiempo a asimilarlos. Que no pueda llamar por teléfono a la gente. Estar un año lejos de todo y que el mundo siga girando solo. No me gusta llegar a casa y que no haya nadie. Que anochezca demasiado pronto, que el atardecer sea corto. No me gusta que no se vean las estrellas en la ciudad. Que esté todo lleno de luces y de ruidos por las noches. No me gusta tener que cocinar todos los días. Lavar ropa a mano y que no salga blanca.

Que la secadora deje la ropa tan caliente. No me gusta no conseguir expresarme perfectamente en inglés. No entender el estado del mundo. No me gusta no tener tiempo de leer todos los libros que quisiera. No me gusta dejar de escribir, no tener ideas, no esforzarme por ello. No me gusta la carne inglesa, ni las verduras congeladas, ni que el agua de Londres esté tan llena de cal. No me gusta que mi gata me de alergia. Que los gatos pierdan pelo. Que el pelo sea algo incómodo y no saber todo lo que saben las chicas de pelos y maquillajes. No me gusta que me duelan los ojos después de mucho rato en el ordenador. Los mosquitos. Las moscas que vuelan haciendo ruido. Las moscas grandes y azules. Los contenedores de basura. La gente que te empuja por la calle. No tener dinero suficiente. Liarme con los números y no llevarme bien con todas las letras. Apilar mis libros en un armario.

Me gusta teclear en mi portátil, en una máquina de escribir antigua o en un piano viejo. Me gusta que se me hagan rizos en la cabeza cuando llueve. Me gusta mirar las tormentas y asustarme de los truenos. Salir a la calle y empaparme y después secarme en una chimenea. Me gusta la nieve de Newcastle, que se conserva blanca y gordita por Navidad. La nieve gris y aplastada por los coches y las pisadas del mundo. Me gusta escalar con las manos llenas de magnesio en un rocódromo bien acolchado. Las tardes de Londres. Los atardeceres largos sobre el río. Me gusta mirar la luna llena, y que ella me mire a mí. Me gustan los helados de chocolate y los polos de agua de limón. Las chimeneas encendidas en las habitaciones de piedra. Los castillos llenos de fantasmas. Las calles que suben y bajan, me gusta Edimburgo con sus callejones a varios niveles. Los pubs irlandeses de Escocia. Las barbas rojas. Me gustan las sonrisas, sonreír, reírme, las risas de los niños, los hoyitos que se forman en las mejillas. Me gusta quedarme hablando de tonterías con mis amigos. Pasear en un bus descubierto por Londres. Ir a comprar bagels a la panadería de Brick Lane a cualquier hora de la madrugada. Salir a bailar, salir a los parques y cazar cisnes nocturnos. Me gusta pasear por los puertos por la noche, y charlar cerca del mar sin caerse al agua pero sintiendo la arena. Contar las estrellas y volver a empezar. El chocolate. Que me gusten los techos de Londres. Me gusta rayar limones, hacer tartas largas. Me gusta escribir cartas. Que me quieran. Tener buenos amigos. Ser de varios rincones del mundo. Estar cerca de la playa y que haga buen tiempo. Hacer castillos de arena con muchas torres. Patinar cuestas abajo con el viento en las orejas. Comer pipas con Lalo al atardecer enfrente del polideportivo después de patinar. Que el fondo de las piscinas sea de color azul. Tener pelos de duende. Soñar por la noche cosas extravagantes y escribirlas. Llevar el pelo corto en verano, que se ponga de punta por la nuca. Comer un paquete entero de galletas de chocolate para desayunar. El sonido de las palomitas al hacerse. Comérmelas a bocados.

(Londres, Rainforest Cafe, invierno del 2003)


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