Cosecha del 29 de Abril, 2005
en almacén Mis relatos
No me olvides

La primavera este año había llegado antes para Dani que para su abuela. En el norte no dejaba de soplar un viento que helaba huesos y traía lluvias intermitentes. Reuma. Esa palabra vivía en las cartas de la abuela como un fantasma, aparecía en todas como tratando de quitarse importancia. Iba y venía en medio de letras temblorosas, asomando entre la ceremonia de botadura del barco de Manuel y lo caro que estaba todo en los puestos del mercado. Mamá estaba leyendo en voz alta la última carta de la abuela, contaba que la noche pasada hubo tormenta, que el perro se pasó aullando horas y horas. La abuela vivía en la casa más alta del pueblo, y al menos tenía a Timón para hacerle compañía. Pero Dani sabía que los perros no hablan, ni hacen regalos, ni saben escuchar historias de piratas. Papá decía que no podrían ir a ver a la abuela hasta Navidades, cosas del trabajo, decía. Mamá, que hasta que llegaran las Navidades, podría escribirle alguna carta a la abuela, contándole cómo el sol había espantado ya todas las sombras de nieve del jardín. Dani no era capaz de creer que en algún lugar del mundo no brillara este sol, un sol que podía notar en todos los pelillos del brazo. Era imposible imaginar que la abuela pasara frío, y pasara reuma. A él no se le daba bien escribir cartas, tardaba siglos en llenar un folio. Ojalá pudiera hacerle un regalo, para que así llegara antes la Navidad. Regalarle un poco de todo este sol para matar al fantasma. Cuando mamá acabó de leer la carta Dani salió disparado camino del río. Cómo podía alguien quedarse en casa encerrado leyendo cartas con el sol tan enorme que habían puesto fuera. Era la primera semana de calor, y ya parecía que el invierno nunca hubiera existido. Para llegar al río Dani tenía que atravesar el bosque. Le gustaba cruzarlo corriendo, esquivando las piedras y sintiéndose más rápido que los conejos. Le gustaba rodear el claro del centro del bosque, una pradera de hierba y nada más, a la que Dani nunca le vio sentido entre tanta hoja, erizo y olor a pino.

En medio de su carrera Dani paró en seco. Había creído ver algo grande moviéndose entre las ramas de un pino. Se acercó al árbol y miró hacia arriba. Del pino bajó en remolinos agitados una mariposa blanca. Tenía las alas más grandes que Dani había visto nunca en una mariposa, la miraba como hechizado y la mariposa se movía en un baile rápido y cortante. Dani la siguió cauteloso hasta el claro. Podía escuchar el ruido de su aleteo, era como si una flor hubiera nacido sabiendo volar. A la abuela le gustaban las flores. Siguió las alas hasta el claro de hierba. La mariposa se posaba de vez en cuando sobre una piedra, o una brizna de hierba, como si pillara fuerzas para subir con todas las ganas y bajar despacio. Cuando atravesaron todo el claro la mariposa se posó en una flor azul. Dani conocía esa flor, su madre las llamaba nomeolvides, su padre solía regalárselas en grandes ramos. Las nomeolvides se extendían hasta el final del claro, donde empezaban a crecer los pinos. La mariposa se divertía revoloteando entre ellas, y Dani se dejó caer entre todas las flores para observarla bailar. Justo cuando su espalda tocó la hierba, varios montones de mariposas blancas salieron de entre las nomeolvides y se unieron al baile. Dani no se atrevió a mover ni un solo músculo, inmovilizado como estaba en medio de todo ese azul y blanco. Había olvidado sus prisas por llegar al río, se estaba muy bien allí, la hierba olía a humedad y las flores abrigaban.

Ya tenía los ojos cerrados cuando empezó a notar la espalda húmeda. La hierba estaba empezando a calar. Se incorporó de un salto. Las mariposas blancas seguían aleteando entre las nomeolvides. Dani estaba de pie inmóvil observando las mariposas entre las flores azules, y sin pensarlo más echó a correr camino de casa. Atravesó el claro entero, las piedras del bosque y se metió en su garaje a buscar. Rebuscó. Una bolsa. Una caja de zapatos. Metió la caja de zapatos en la bolsa y volvió corriendo al bosque de pinos con su claro de nomeolvides. Las mariposas seguían allí como si el tiempo no pasara.

Dos días más tarde subió el cartero hasta la casa más alta del pueblo. El tiempo había mejorado bastante, si no era el mismo que en el sur poco le faltaba. El cartero llamó a la puerta para entregar un paquete que pesaba como el aire. La abuela abrió la puerta y sonrió al reconocer la letra de Dani, su dirección estaba escrita con unas mayúsculas inmensas siempre torcidas hacia abajo. En el remitente ponía: Esto es un regalo de Dani y la primavera para su abuela Inés. El paquete estaba envuelto con papel rojo, un papel arrugado que no llegaba bien a cubrir toda la caja. El poco espacio que había quedado libre en la parte de arriba estaba cubierto por una larga hilera de sellos, y cuatro pequeños agujeros enmarcaban la dirección en letras azules. La abuela separó el envoltorio rojo con cuidado, procurando no romper el papel. Levantó la caja, no pesaba nada, desde lejos podía verse que la tapa estaba pegada con casi medio tarro de cola blanca. Con un cuchillo desencajó la tapa y abrió la caja. En su interior, seis mariposas blancas inmóviles sobre un fondo de pétalos azules, y un ligero aroma a nomeolvides.

Cuento publicado en "Baraka", antología de alumnos editada por la Escuela de Escritores, 2004.

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