Durante el otoño trabajaba en el mantenimiento de su bicicleta: cambiaba las ruedas, atornillaba los flojos, reajustaba el sillín y repasaba los frenos. En invierno le daba una capa nueva de pintura, mezclando colores y dibujando abstracciones los años más atrevidos. La primavera estaba destinada a la limpieza, sumergir la bicicleta en varios baños de agua jabonosa, frotar el sillín con un paño antiestático, abrillantar el claxon. El primer día de verano era el pistoletazo de salida, emprendía una nueva ruta en su bicicleta, con algo de dinero en los bolsillos, una mochila para el cuaderno de notas y el cepillo de dientes. Sin mapas, sin destino. Sin excusas.
Recorría Europa en su bicicleta todos los veranos. Salía de casa sin hoja de ruta. Pedaleaba algunos días, dormía un par de noches y vagabundeaba el resto del tiempo. Cuando aterrizaba en un pueblo nuevo, se dirigía a alguna cafetería, elegía las más pequeñas, para pasar las horas muertas y regresar varios días a la misma mesa. Encontraba amigos entre la clientela. Conseguía dinero de las cartas. Dormía en una tienda unifamiliar bajo un árbol con hojas espesas. Le gustaban los cementerios. Pasado un tiempo seguía cualquier camino, donde le llevase el viento, el olfato, el hambre y las ruedas. Perseguía estrellas fugaces y contaba las estrellas del cielo, una, dos, veinte. Nunca eran las mismas. Cuando caía el otoño, regresaba a casa.
(Tonbridge, agosto del 2004)
De una frase de Lola, en el msn, una tarde de mucho calor en Madrid.