Cosecha del 7 de Abril, 2005
en almacén Mi casa del árbol
Crónicas de Londres III

Febrero y siete meses. El mes pasado fue el más largo del año. En menos de cuarenta y ocho horas perdimos una casa, alquilamos la nuestra, fuimos homeless y tortugas durante siete días, hice de espía toda una mañana detrás de una taza de café, llevé un coche francés por todo el centro de Londres, hice saltar la alarma de la cocina del pub a las tantas de un domingo, y encontramos casa nueva. Nueva de verdad, recién construida. Liverpool Street Station, contrato de un año. Es calentita la casa nueva.

Las pulgas nos empujaron a salir. Llegaron cuando ya estaba todo decidido. Confirmando que dejar el cuchitril para nuevas víctimas era lo mejor. Nunca sabremos qué habitaba los boquetes debajo de la alfombra. No sabremos si el ente viviente del congelador desarrollará patas para huir a una vida mejor. Puede que durante el próximo vendaval se acabe de caer la pared del cuarto de Juanjo, o la ventana del nuestro, dicen que cuando el papel de cocina alcanza cierto grado de deterioro ya no sujeta bien. Echaré de menos al mamut de las cañerías. Morirá triste y solo antes de las próximas glaciaciones, en cuanto aprueben los planes de demolición del edificio. Echaré de menos los atardeceres de la cocina. Ventanales que miran los colores de la tarde cuando cae extensa desde arriba. Desde la cocina del cuchitril se veía Londres a los ancho, con su luna colgada en el barrio destartalado.

El ventanáculo de la cocina nueva contempla tranquilo un primer plano de chimeneas londinenses, llenas de Mary Poppins y llenas de hollín y llenas de historias. Viejas y alegres. Por dentro tenemos una cortina azul, tres cajas de té, un mate y una jarra de vidrio. Es calentita la casa nueva.

El destino llamado Quique nos hizo perder la casa de Canada Water, que ya habíamos pagado el día 11 de enero. Nos quedamos sin invernadero, sin lago con patos, sin donde dormir a partir del día 5. Rebuscando se encuentra, se paga, se sufre hasta la entrega de llaves que siempre se alarga más de la cuenta, y se tiene casa nueva. Vivimos con unos amigos que hablan francés y son un encanto. No es tan difícil conducir en Londres con el volante al otro lado, se puede vivir en un pub con un puñado de australianas y vaciar los barriles de cerveza cada dos viernes, y está prohibido bajar a la cocina para robar queso. Cómo podía saberlo.

Es calentita la casa nueva. Tan nueva es que BT no es consciente de su existencia, y no podemos dar de alta el teléfono sin hacer un par de malabarismos durante diez o veinte días. Llevamos desconectados del mundo muchas noches, y el mundo sigue girando. Me volveré a subir al carrusel en cuando tenga la línea activa. No me gusta que gire sin mí, pero me gusta girar por mi cuenta, disfrutar del tiempo comiendo chocolate y vagando por las colinas de letras.


(Londres, febrero del 2003)


©2001-2005, Mariana Torres, excepto los textos citados, propiedad de sus respectivos autores.