Cosecha del 31 de Marzo, 2005
en almacén Mis relatos
La boda de la higuera

-Mami, ¿por qué sólo crecen higueras en el jardín?
A Nilo le gustaba regar las higueras del jardín. Su madre nunca le dijo que con la lluvia bastaba, que las higueras no necesitaban alguien que las regara. Nilo se sentía orgulloso de lo bien que crecían sus higueras.
-Mami, ¿por qué?
-Si crecen sólo higueras es porque a esta tierra sólo le gustan las higueras -era cierto, cualquier otro intento de planta no había querido crecer.
Nilo nunca necesitó una respuesta correcta para quedarse satisfecho. Le valía una respuesta razonable, y que la tierra fuera caprichosa y le gustase un tipo de planta, lo era. ¿Por qué no?
-Pero si a la tierra sólo le gustan las higueras, es porque tú has plantado muchas. La has malcriado, mami.
-Yo no planté las higueras.
-¿Crecieron solas?

-Nilo, cuando yo era pequeña, este jardín tenía sólo una higuera. La más grande, la que llevas regando toda la tarde, la más vieja. Me pasaba horas enteras tumbada en ese tronco de ahí -señaló el tronco, porque esa higuera tenía más de un tronco. Uno muy ancho que salía del suelo, se ramificaba en dos troncos más después de un nudo, no estaban muy altos, Nilo casi llegaba de puntillas. De esos troncos salían más tronquitos, y de los tronquitos nacían las ramas.
-¿Y qué hacías sentada ahí arriba todo el rato?
Nilo era tan práctico a veces con sus preguntas. Cómo contarlo, hacía mucho tiempo que no los veía por allí. Sonaba tonto. Podía haberse imaginado media infancia. Pero las higueras estaban allí. Y las higueras eran reales.
-Esperaba a que llegara.
-¿Quién mami? -a Nilo le gustaban las historias de mamá, aunque las contara tan lentas que el tuviera que estar haciendo preguntas todo el tiempo. Le divertían las preguntas.
-Esperaba a que llegara el elfo de la higuera. Llegaba con la caída del sol, saltando desde algún lugar del otro lado de la cerca.
-¿Y qué hacía en la higuera?
-Venía a mirar la puesta de sol, sobretodo en verano. Teníamos una puesta de sol estupenda desde la higuera, cuando aún se veían sombras de montañas allá lejos.
-¿Te vio alguna vez?
-Supongo que sí, nunca me miró ni me dijo nada, pero me aceptaba. Para él era una parte de la higuera. Le cantaba canciones, sentado en las ramas más altas, en una lengua del viento. Algunos días silbaba.
-¿Y por qué yo nunca le he visto?
-Ya no viene por aquí.
-¿Ya no le gusta la higuera?
-Se casó con un hada de la noche. Se casaron al atardecer de la noche más corta del verano, a los pies de esta higuera. Yo estaba sentada donde siempre, y lo ví todo. La higuera era muy tupida ese verano.
-¿De dónde salió el hada de la noche?
-Solían encontrarse a veces por aquí. Alguna vez el hada de la noche llegó temprano y pude verla. Venía a visitar la higuera, a llenarla de gotas de rocío para la mañana. A ninguna de las otras hadas le gustaba esta higuera, la veían muy ruda para sus regalos. El hada de la noche le dedicaba sus mejores gotas de rocío. El elfo se quedaba cantándole a la higuera hasta el amanecer, a veces se encontraban.
-Pero los elfos y las hadas son muy distintos como para casarse, es como casar un león con una gatita.
-En teoría, elfos y hadas no pueden enamorarse. Pocas veces coinciden, pertenecen a distintos mundos. Pero a ellos les unía la higuera. Nadie amaba esta higuera más que ellos. Y yo.
-¿Cómo fue la boda?
-Se encontraron a los pies de la higuera cuando el cielo empezó a colorearse. Al elfo le escudaban tres petirrojos, estuvieron revoloteando todo el tiempo por encima de su cabeza. El hada llegó con un búho viejo, que se posó en una rama baja y comenzó a ulular muy suave. Los petirrojos también cantaban. Cuando el sol se puso del todo, dejaron de cantar. El hada y el elfo se tomaron de las manos, andaron muy despacio hasta tocar la higuera y la abrazaron. Dieron unos pasos hacia atrás, el hada se arrancó las alas, en un par de movimientos lentos y precisos. Se las entregó al elfo. El elfo las enterró a los pies de la higuera, arrancó uno de los higos y lo partió en dos mitades. Después se abrazaron muy fuerte, el búho y los petirrojos empezaron a cantar. Ya era de noche, noche sin luna. Dieron un salto a la valla y nunca más volvieron. Al día siguiente empezaron a crecer las higueras pequeñas que ves aquí.
-¿Pero por qué no volvieron?
-Supongo que el hada al casarse con el elfo, renunció a sus alas. El elfo de la higuera, renunció a su higuera. Juntos formaron otra cosa, ni hada ni elfo. Ya nada tenían que hacer aquí.
-¿Dónde han ido?
-No lo sé, pueden haber ido a la costa, a alguna chimenea de cualquier ciudad, a las tejas de cualquier cabaña.
-¿No piensan volver?
-A lo mejor vuelven para sus bodas de plata.
-¿Podré verlos entonces?
-Si sigues cuidando las higueras hasta que vengan, los verás.
-¡Chachi!
Nilo se levantó de un salto y siguió regando las higueras que quedaban. Lo genial de los niños era su capacidad de creer de corazón todas las historias del mundo. A quién se le ocurre meter en la historia de la higuera a un elfo, a un hada, y una boda. Un par de veces casi no supo que decir. Ay, las bodas de plata.
Nilo acabó con última higuera y corrió al patio de atrás a llenar de nuevo la regadera. No era mala idea recostarse un rato en el nudo de la higuera, como hacía de pequeña. Puede que no cupiera ya, tantos años. No cabía tumbada, pero pudo sentarse y recostar la cabeza en uno de los troncos. Tenía aún ese olor a madera vieja, y las hojas se movían hacía la derecha, sin ritmo ninguno. Se acomodó más y cerró los ojos. Los abrió al segundo, unos petirrojos acababan de posarse en una rama alta, trinando fuerte. Observó a los tres petirrojos, juguetear entre rama y rama. Volaron todos de repente al otro lado del árbol, persiguiéndose unos a otros. En la rama de donde salieron creyó ver una silueta, una silueta de dos, sentados en la rama, observando la puesta de sol. Se restregó los ojos, volvieron los petirrojos.

Cuento regalo para Maribel y su filólogo, invierno del 2003.

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