En Cosecha Propia guardo en conserva los textos que van saliendo, aunque no estén maduros y tengan más o menos azúcar. Un par de botes se acomodarán con pachorra en las estanterías principales solo para revestirse con una tela de cuadros blancos y rojos y atarse al cuello un cordón de estopa o franela. Otros, los más atrevidos, se arrojarán al suelo y hurgarán en la tierra para echar raíces. Unos pocos de los que se arrojan acabarán rotos, entre cristales rodeados de hormigas. Y puede que alguno de tantos aguante la época de recolección y madure tranquilo. Pero en otro rincón, nada de lo escrito en cosecha está cerrado, es redondo. Solo son pinceladas, de un día a otro.
La categoría Cinco sentidos es un capricho para recordarme que se debe jugar con todos los sentidos al escribir, no abusar tanto de la vista, que es el sentido más inmediato. Son necesarios los otros cuatro para saborear bien las escenas y seguir al personaje por el rastro de su loción de afeitar a media mañana.
La Caja de personajes imaginarios guarda todos mis chiflados particulares. Personajes incoherentes, de color verde y naranja, que disfrutan comiendo silencio o tomándose un té al borde del acantilado. Gracias a Pakito, que puso ese nombre a esta caja, en una de las clases de geología (o de biología, o de química) cuatro años atrás, con sus habitantes de las cocinas que dormían en los frascos de mermelada y se alimentaban de las bolitas de los calcetines. Bichos simpáticos.
En Mi casa del árbol caben todos los rincones, calles y escondrijos que conozco. Los que recuerdo. Entre tantas mudanzas y tanto ajetreo sienta bien construir una casa en las alturas para guardar los trastos y apilar historias.
En Yerba mate guardo lo mis paraísos perdidos. Imágenes de niña entre Angra dos Reis y Río de Janeiro, el colegio de las camisetas amarillas y los zumos de caña de azúcar. Sabores y universos, con estrellas fugaces del río de la Plata, luciérnagas de la Balandra y rondas de mate en Berisso. Para revivirlo, para que no se pierda.
Hace poco caí en que muchos de mis textos nacen con voz de niño. Para eso está Un metro de altura. Para tenerlos organizados y que correteen sin problemas. Para darles un obstáculo y que se diviertan saltando, y me pongan la zancadilla sin que me de cuenta.
La gente habla, hablan todo el rato. Desde el silencio se puede ir escuchando y atando cabos, hasta dar con una historia, o un montón de ellas. Las guardo en Dicen que dicen, historias que se cuentan solas.
También he abierto una Despensa general, para ir archivando las textos que no sé donde clasificar, solo por el gusto de guardarlos en un estante en desorden.

Por últimos están Mis relatos, relatos viejos y aparentemente cerrados, que irán cambiando o desapareciendo según sople el viento del este.


©2001-2005, Mariana Torres, excepto los textos citados, propiedad de sus respectivos autores.