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Me dijo que esa masa de agua que se extendía a nuestros pies era un río. Un río enorme. El río más ancho del mundo. Yo no veía nada más que un mar. Un mar grande y marrón. Si no había otra orilla tenía que ser el mar. Los ríos tienen puentes y peces, no tienen redes y gente pescando. No me creí una palabra, siempre me mentía. Me dijo que lo probase. El mar siempre es salado, si pruebas el agua verás que no es salada. Probé el agua. Sabía tanto a barro que era imposible distinguir nada en ella, ni sal, ni peces, ni restos de camalotes.




Nahuel se duerme en mis brazos. Lleva todo el día corriendo de un lado para otro, sin los zapatos. Mi maleta pesa más que él pero dan menos ganas de llevársela. Escribe mi nombre con las fichas de scrabble en el mueble de la cocina, y se disfraza con las caretas que le recorto en papel. Nos llevamos bien, aunque dice que hablo otro idioma. A Nahuel le gustan las cosas que brillan, la tarta de chocolate y crema, ponerse la capucha de mi chaqueta y viajar en el carrito del aeropuerto, posar para las fotos, que Pablo le levante por los aires. Y trepar a los árboles, descalzo, a mirar el mundo desde ahí arriba.




El último asado se hace de rogar. Descubro que mis primas tienen un patio que no sabía que existía, con un roble que no sabía que existía y una piscina que no debía estar allí hace tiempo. Sobre la parrilla una luz (portátil) cubierta de telarañas. La luciérnaga mal hecha nos hace compañía junto al fuego. Ha refrescado y se está bien aquí fuera. Jugamos hasta las seis de la mañana con dos dados y dinero falso, no queremos irnos a ningún lado. Javi me acompaña hasta la puerta de casa. Brillan otras estrellas entre las Tres Marías, lo curioso realmente es que sigan brillando y nosotros, sigamos aquí abajo montando paraísos.




Empieza sonando Calamaro en el coche, como en voz baja, como si siempre estuviera cantando ahí dentro. Sigue en un sitio tranquilo, casi vacío, para cenar, con una charla agradable y un buen vino. Se alarga con dos cervezas (en botella, como nunca) rodeados de paredes cubiertas de historia. Hablamos de todo lo que no hablamos en veintiséis años. Termina tarde, sonando Calamaro en el coche, como en voz baja. Como si nunca dejara de cantar.




El salón está recién pintado, parece nuevo. Al fondo tiene un arbolito de Navidad, y encima del piano unos niños cantando las sietas musicales. Festejamos los días sin salir del salón ni de la cocina, sin dejar de tomar mate, sin dejar de hablar, sin dejar de contarnos lo que nos pasó los últimos de siete años, sin dejar de ver (de fondo) películas en inglés, sin dejar de escuchar a los Auténticos Decadentes y de jugar al pool. La noche de año nuevo la gente sale a bailar, tira cohetes, se emborracha, saca un bote a la calle para lavarlo, come mucho, bebe mucho. Nosotras nos quedamos hablando, en el salón recién pintado, como si lo hiciéramos todos los días, todas las noches. Como si lo echaramos de menos, primita. Fuera todavía vuelan globos de papel con velas encendidas.