Las últimas entradas en Yerba mate

Dulce de leche

Para mi padre.


El niño de cinco años se esconde debajo de la mesa de la cocina con un tarro de medio litro de dulce de leche y una cuchara. El mantel de cuadros llega hasta el suelo y le cubre por completo. A oscuras abre el tarro, mete la cuchara, y la llena hasta arriba antes de metérsela en la boca en un silencio total.

El hombre prueba una cucharadita de dulce de leche después de cenar, y recuerda esta historia. Recuerda como a los cinco años cogía el tarro de dulce de leche del estante más alto y se escondía debajo de la mesa de la cocina.




Me dijo que esa masa de agua que se extendía a nuestros pies era un río. Un río enorme. El río más ancho del mundo. Yo no veía nada más que un mar. Un mar grande y marrón. Si no había otra orilla tenía que ser el mar. Los ríos tienen puentes y peces, no tienen redes y gente pescando. No me creí una palabra, siempre me mentía. Me dijo que lo probase. El mar siempre es salado, si pruebas el agua verás que no es salada. Probé el agua. Sabía tanto a barro que era imposible distinguir nada en ella, ni sal, ni peces, ni restos de camalotes.




Nahuel se duerme en mis brazos. Lleva todo el día corriendo de un lado para otro, sin los zapatos. Mi maleta pesa más que él pero dan menos ganas de llevársela. Escribe mi nombre con las fichas de scrabble en el mueble de la cocina, y se disfraza con las caretas que le recorto en papel. Nos llevamos bien, aunque dice que hablo otro idioma. A Nahuel le gustan las cosas que brillan, la tarta de chocolate y crema, ponerse la capucha de mi chaqueta y viajar en el carrito del aeropuerto, posar para las fotos, que Pablo le levante por los aires. Y trepar a los árboles, descalzo, a mirar el mundo desde ahí arriba.




El último asado se hace de rogar. Descubro que mis primas tienen un patio que no sabía que existía, con un roble que no sabía que existía y una piscina que no debía estar allí hace tiempo. Sobre la parrilla una luz (portátil) cubierta de telarañas. La luciérnaga mal hecha nos hace compañía junto al fuego. Ha refrescado y se está bien aquí fuera. Jugamos hasta las seis de la mañana con dos dados y dinero falso, no queremos irnos a ningún lado. Javi me acompaña hasta la puerta de casa. Brillan otras estrellas entre las Tres Marías, lo curioso realmente es que sigan brillando y nosotros, sigamos aquí abajo montando paraísos.




Empieza sonando Calamaro en el coche, como en voz baja, como si siempre estuviera cantando ahí dentro. Sigue en un sitio tranquilo, casi vacío, para cenar, con una charla agradable y un buen vino. Se alarga con dos cervezas (en botella, como nunca) rodeados de paredes cubiertas de historia. Hablamos de todo lo que no hablamos en veintiséis años. Termina tarde, sonando Calamaro en el coche, como en voz baja. Como si nunca dejara de cantar.