Imagina un padre. Un padre que se levanta un día a las seis de la mañana, compra litros de pintura y comienza a pintar peces en las paredes de su salón. Descuelga los cuadros del siglo pasado, aparta los muebles de la herencia y pinta peces de colores. Por todo el salón. Imagina un niño de seis años. Un niño que encuentra una pecera gigante en un salón que tan respetable parecía. Un día. De repente. Ahora su padre es pintor y viven en medio del océano.
Las últimas entradas en Un metro de altura
Mi madre dejó a mi padre porque le faltaba la constante del caos. Así lo llamaba ella: la constante del caos. Me acuerdo perfectamente, lo repitió varias veces en esa última discusión que tuvieron. Mi madre ya había mencionado un par de veces la constante del caos antes, pero no tanto como para que fuera un motivo para dejarle. Me llevó con ella. Por aquel entonces no sabía lo que era la constante del caos, ellos siempre hablaban de esas cosas, no sé que tenían con las matemáticas, siempre pensaban en números, traducían todo a constantes, ecuaciones, integrales. Desde la compra del sábado a las vacaciones de verano, eran una buena pareja.
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Cuando Tomás era muy pequeño, su madre estaba convencida que se comía las ceras, las ceras de colores. En realidad no se las comía, sino que se las metía en la boca, como los niños que muerden lápices mientras están pensando; pero las ceras tenían un sabor horrible, así que no lo hacía muy a menudo. En un solo día vaciaba varias cajas de ceras de tanto usarlas. Pintaba en el papel marrón que había en la tienda del abuelo, lo tenían en rollos grandes a la derecha de la caja para envolver las compras de los clientes. Tomás pintaba con las ceras en el lado reverso, donde el papel es más rugoso y un poco más claro. De todos los colores gastaba más rápido el verde y el morado, le gustaba pintar un flor, y luego el césped para las raíces, y luego el sol, para que no le faltara luz, y luego una nube con lluvia, para que no le faltara agua. Tomás era un niño muy práctico. La flor siempre la pintaba verde, igual que el césped. Todo el cielo morado, con un sol amarillo enorme, sonriendo de rayo a rayo.
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Cuando éramos pequeños, en las noches de verano, hermanita y yo salíamos al jardín a mirar estrellas y a contar cometas, asteroides y naves extraterrestres. Papá nos explicaba que podíamos encontrar cometas pero no asteroides, porque son muy pequeños y, desde la Tierra, solamente se distingue uno a simple vista. A hermanita esto le hacía llorar porque le gustaba mucho la palabra asteroide. Entonces papá intentaba inventar una historia mezclando datos que sabía, y le contaba que eran más bonitas las cometas, que estaban formadas por hielo y polvo, y que su nombre derivaba de una palabra griega que significa cabellera. Papá no sabía contar historias.
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A papá se le ha metido en la cabeza enseñarme a jugar al ajedrez. Hoy me ha llamado a su despacho después de comer, y me ha sentado en uno de los sillones verdes de cuero, encajándolo bien en la mesa, en el más viejo de todos, uno te traga entero sin preguntar. Ha sacado el tablero grande de madera y las piezas de cristal que le trajeron de un sitio de Italia. Es más divertido cuando juego yo solo, con mis piezas de plástico. No me ha dejado ordenar las piezas como siempre, dijo que según la reglas debíamos colocar las blancas por un lado y las negras enfrente.
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