Pesca niebla. Todas las mañanas. Le gusta subir a los tejados justo cuando empieza a aclararse el mundo, y esperar a que amanezca sentado en el borde de cualquier chimenea. Le gusta ver salir el sol y desperezarse a los pájaros. Saca su caña –es una caña especial, no es cualquier caña, y es que la niebla no es tan fácil de pescar como parece– y prepara los aparejos. Le gusta pescar con guantes, y un sombrero pequeño, caliente. Lanza el sedal con fuerza. El anzuelo se pierde entre la niebla. Cuando lo pierde de vista y no hay forma de ver ninguna de las plumas de colores que siempre lo rodean –las plumas son imprescindibles para pescar niebla– se relaja, sabe que tendrá una buena jornada.
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El fabricante de nubes se quita el sombrero, solemne, antes de hablar.
─Te cambio mi máquina de hacer nubes por tu tejedora de sueños.
El cometrasgos interrumpe su tarea y se incorpora, levanta un poco la cabeza. Parece molestarle la luz. Su sombra tapa al fabricante.
─¿Y para qué quiero yo hacer nubes?
El fabricante de nubes sonríe, tímido. Es pequeño al lado del cometrasgos, que podría aplastarle como si fuera una cucaracha.
─Sin nubes tus noches serían tan aburridas que la gente dejaría de soñar.
─No sabes de lo que hablas. Las nubes que quieres darme solo traen ventisca y arena. Eso convertiría todo mi trabajo en pesadillas.
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Las cosas más importantes de su vida las hacía con los pies descalzos. Con los pies descalzos dio sus primeros pasos. También marcó su primer gol, después de una carrera tan intensa por el campo que le llevó a perder sus zapatillas. Y a partir de ahí, todo lo demás lo hizo con los pies descalzos. El primer beso (con los pies fríos), la primera maratón en la que salió ganador, la primera entrevista de trabajo (tuvo mucha suerte), su boda, el nacimiento de sus hijos. Se defendía diciendo que le gustaba estar en contacto con la tierra, o al menos, con el suelo, fuera de madera, de baldosas o de asfalto, que así sentía mejor las cosas, por todos los poros. Cuando murió, le enterraron con zapatos de cordones, unos zapatos elegantes. Ni su mujer ni sus hijos se los quitaron. El más pequeño de los nietos preguntó por qué enterraban con zapatos a un abuelo que iba siempre descalzo. Y con calcetines gordos -añadió la abuela- para que no pueda sentir el frío de ese ataúd.
La mayor afición de Tomás consistía en inventar islas. Cada semana inventaba una, a veces incluso una cada día. Era tan grande su afición a inventar islas que nunca se dedicó a otra cosa. Sabía que era el único profesional en todo el sector, y muy bueno en lo que hacía. Cuidaba todos los detalles: localización, características del suelo, meteorología, número de leopardos o caracoles por metro cuadrado, tallas y color de ojos de los habitantes... Sobre todo cuidaba el nombre, defendía la idea que siempre existía un nombre perfecto para cada isla, que solamente había que encontrarlo. Se comparaba a sí mismo con los grandes escultores, que ven la forma del caballo galopando antes incluso se tocar el bloque de piedra, que la sienten allí dentro de alguna forma.
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El hombre que solo escuchaba música clásica tenía un nombre corto, pero llevaba tantas consonantes que nadie en el edificio era capaz de pronunciarlo. Le conocían por ese mote, y todos pensaban que era un tipo extraño, loco del todo. Tocaba el piano, sí, y el violín, también la tuba. No solía hablar mucho, y cuando lo hacía solamente podía pronunciar notas musicales. Era incapaz de pronunciar otra cosa. No se molestaba en decir nada que no incluyera alguna de las siete notas; aunque de vez en cuando -en ocasiones especiales- le salían palabras del tipo stacatto, crescendo o arpegio. Cuando era niño alguna vez soñó con ser director de orquesta, pero su incapacidad de comunicación verbal no le dejaron aprender todo lo que hacía falta. De las ventanas de su apartamento salían sinfonías y cantatas de todo volumen. Cambiaba de gustos según la estación del año, no podía sobrevivir un otoño sin los nocturnos de Chopin y esas piezas sencillas para piano de Shumman.
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