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–Mañana van a caer diez metros de nieve.

Hacía como cinco años que el viejo indio no hacía una predicción del tiempo. Todos en la mesa dejamos de cenar y con los cubiertos en la mano nos quedamos en silencio, esperando algo más. Todos menos papá, que siguió cortando el filete y rebañando los cachitos con puré. El viejo indio vivía en la habitación libre que teníamos en casa desde siempre, hablaba muy poco, fumaba mucho y pasaba horas en el porche con la vista perdida en el horizonte. Antes de salir hasta el porche, como todas las noches, se había levantado de la mesa para dejar su plato, y nos había dicho que mañana iban a caer diez metros de nieve. Mamá y la tía empezaron a susurrar, decía mamá que se le habían puesto los pelos de punta, y la tía decía que una nevada tan grande sería el fin del mundo.




Cuando apareció el gallo en casa, papá dejó de guardar sus ilusiones en frasquitos de vidrio de la cocina. Hasta entonces siempre lo había hecho. Mamá guardaba especias en esos mismos frasquitos, y papá, ilusiones. No nos hablaba de sus ilusiones, se limitaba a escribirlas en pequeños trozos de papel blanco para después hacer un rollito con ellas y meterlas dentro de un frasco de vidrio en el armario para especias de la cocina. Porque ambos guardaban sus frasquitos en el mismo lugar, un armario de puerta corrediza. A veces les veía discutir sobre qué frasquitos tenían que colocarse en la primera fila, mamá quería colocar el orégano porque lo usaba mucho, para todos los platos; y papá defendía su ilusión por un mes en Roma, porque le hacían falta unas buenas vacaciones.




Cuando era pequeña me asombraba la cantidad de palabras que se oían en casa. Sobre todo en la cocina. La puerta de la cocina siempre estaba abierta, tenías que pasar por la cocina cuando entrabas desde la calle, y la mayoría de la gente se iba quedando allí, sentada. No les interesaba el resto de la casa. Se sentaban en la cocina y empezaban a hablar, a decir un montón de palabras apelotonadas. Yo no entendía la mayoría de ellas, y pasaba el tiempo preguntándole a mi padre qué significaba esto o qué quería decir con lo otro. Mi padre tenía un humor tan singular como grande era su orgullo, y que nunca admitía no entender ciertas palabras rimbombantes que decía mi tío Juan.




Me han regalado dos peces tropicales, idénticos, de color naranja. Me los regaló mi amiga Clara, nada más volver de Cancún, ya que estaba convencida que los peces tropicales le alegran la vida a cualquiera, sobre todo si son de color naranja. Y me había visto, ¿cómo había dicho ella?, un poco gris. Yo llevaba tres días enteros sin salir de casa esperando una llamada de teléfono que no llegaba, y puede que sí, que estuviera un poco gris. El móvil sonó por fin ayer, a las seis de la tarde, pero solo era mi amiga Clara que había vuelto de Cancún con una "sorpresita" para mí. A la media hora apareció en la puerta de mi casa con dos peces naranja en una bolsa de plástico. "Son ideales para tu pecera". A Clara le gustaba mucho esa palabra, "ideal", todo en su vida era "ideal", lo utilizaba sin ningún problema tanto para adjetivar la dieta de la coliflor como los escaparates de la calle Velázquez.


Una gaviota en Madrid

Publicado en "Cartílagos de tiburón", editado por el Taller de Escritura de Madrid, 2005.


Esta mañana nada más salir de casa me encontré una gaviota en la cuesta de la calle del Tesoro. Estaba posada en un buzón amarillo, mirando hacia el asfalto como si olisqueara olas saladas. Sería una gaviota despistada, con su pico moteado y su olor a algas marinas, no consigo imaginar como habría llegado a Madrid. Me transportó a una de las tardes con mi sirena en la playa del sur, a sus pies descalzos, a su zambullida final y a la marea bajando para llevársela de mi lado. No puedo vivir sin el mar, me dijo. Como tampoco pueden las gaviotas, que no vuelan si no ven costa para aterrizar. Frené en seco para observar con cuidado a la gaviota del buzón, para comprobar si era blanca y era real, me acerqué primero despacio y después más rápido, la gaviota no se movió ni un poco. Pasaba poca gente por la calle a esas horas, pero de los que pasaron ninguno se paró extrañado por mi gaviota.