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La cuota social

Para la gran familia de Cañizares


La casa que parece un hostal está llena de gente. Vivir en la casa que parece un hostal es tener una gran familia. Se hablan dos o tres idiomas ─algunos incomprensibles─, se pisan tablas de madera que crujen, se juega al ajedrez en un suelo de doscientos años, se tiran troncos, botellas y monitores, se compran camisetas con la cara de los miembros de la familia ─con el cuerpo de un montón de chinos─, se cocina dorada al horno y se baja corriendo las escaleras, con zapatillas desgastadas, para recibir a un amigo que vuelve a la casa. Se llevan gorras, se besan estatuas de escayola, vuelan los gatos en las fotos, se montan historias extrañas con las luces del techo.




Hay luz por las mañanas. Caminas sobre la piedra, a paso rápido, cruzando la plaza. Vuelan desordenados los vencejos sobre tu cabeza. O las golondrinas, nunca he sabido mucho de pájaros. Ni siquiera los detiene el cielo. Vuelan. Se posan. Vuelan otra vez.




Nos perdemos por las calles del Escorial. Son de piedra, y van en círculos, siempre acabamos en la misma, qué despiste. Historias prestadas, historias robadas. Un chino vestido de turquesa enseña tai-chi en silencio. Todos escuchan. Estamos a las puertas de un bosque inmenso que se extiende sin civilización hasta las torres de Plaza Castilla. Cantar y bailar como si indios entre los bancos de una iglesia escodida pasadas las doce de la noche. Deseos innumerables. Y ahora la guitarra puede tocarse de otra forma, ahora podemos tocar todo de otra forma. En el jardín le damos migas de pan a las hormigas. Nos sentamos en el césped a arreglar el mundo y las pequeñas cosas. Crear espacio desde dentro. Mirar a los ojos. Las calles huelen a leña desde aquí.




La niña que sostiene la flor morada en tu pared sopla besos de astronauta, llegan con el viento hasta la foto de Nueva York. Una ciudad llena de rascacielos dentro de una jaula. Y Cortázar en las puertas, en los baños. Zumo de zanahoria y un puente sin niebla que podemos cruzar. Hasta se ve el mar. En Madrid, qué extraño. Debe ser un espejismo, como la luna a esas horas. Existe un rincón donde se sirven hamburguesas caseras, donde el tiempo se paró en los rizos de la camarera pelirroja que prepara batidos. Alguien tira globos de colores por un balcón. Las lámparas tienen forma de caracola, nunca me había fijado, y el niño con cara de adulto nos observa como si estuviera escribiendo un cuento. Lo meterá en una botella llena de arena, con las letras hacia fuera, y se mudará al centro, para estar más cerca del mar.




Estuvimos en un café de Berlín, rodeados de espejos. Una niña cantaba con voz de agua y un pianista invisible acompañaba al argentino del bajo, seguro que separando ─perfectamente─ en su cabeza, la melodía de la mano derecha y la de la izquierda.