Las últimas entradas en La despensa



Soy un árbol de tronco fino. Tengo un tronco fino pero mis raíces largas están bien metidas en la tierra. Mis raíces, incluso, salen hacia fuera de la tierra, se corvan un poco, y aunque nadie llega a tropezar con ellas porque no tienen esa longevidad callosa propia de las raíces, asoman oscuras a los pies de mi tronco. Algunos las ven. Yo las veo. Miro mis raíces desde arriba como si no fueran mías. Si aprieto los poros y las esporas y crujo por dentro del tronco noto mis raíces. Las que están bajo tierra. Las que me sostienen. Las que me conectan con todo eso que me sostiene. Tengo muchas ramas, muchísimas, con miles de hojas de distintos tamaños. Las hojas se mueven con el viento y me distraen, me mantienen entretenido.




El mundo es redondo y gira fuerte. Redondo como un ojal. Y tiene frío, y música en las ventanas, y asperezas. Asperezas que se encogen de puro gris. En la calle hay pájaros que me miran y me siguen, vuelan bajo, pegados a mi cabeza. A veces los pájaros que me siguen casi se chocan con las baldosas.




Sigo de pie delante del acantilado. El bosque, ese de árboles frutales, sigue estando a mis espaldas. Y también la cabaña, con sus mismas maderas nobles y su olor a leña. Tal vez, eso sí, un poco más húmeda, con incluso alguno que otra teja nueva e inesperada —pero cabaña al fin y al cabo—. Sólida, enteramente sólida. Y me distrae del acantilado, las cabañas siempre distraen de los acantilados —protegen de los acantantilados—. El mismo acantilado de siempre, que sigue donde estaba, solo a un paso. Y resulta que —quién lo diría—, al final es solo tragar un poco de saliva para que el puente se haga visible donde siempre ha estado, entre la maleza. Ese puente que lleva al otro lado del abismo y que, aunque lo tenías delante, no veías hasta dar ese paso un poco a ciegas, como a lo tonto. Como quién no quiere la cosa.




Me sigue una pelusa hasta la puerta de mi casa. Es redonda, de un ceniza claro, con ribetes y palitos en la parte de arriba de lo que creo que es la cabeza. Me mira con ojos brillantes y mueve las extensiones. Está claro que quiere que la adope, que la deje quedarse. Me promete que no hará ruido. Que no discutirá con las otras pelusas. Que se integrará sin problemas en los bajos de mi sofá. Todo esto lo dice tan seria que casi me lo creo. Aún así dejo que pase delante, que huela la alfombra y se deslice confiada por el suelo de parquet. Le gustan los suelos oscuros y encerados, dice que se siente como en su casa.




Vamos a tirar todas las cosas por la ventana. A sacarlas por la puerta y rayar el suelo de madera. Cuánto más pesen, mejor. Vamos a empujarlas con fuerza hasta que pasen a través del marco, se atasquen en el ascensor y se queden tan quietas junto al contenedor de residuos. Vamos a inundar la ciudad de lavadoras viejas, de cacerolas oxidadas y de pilas de cartas sin abrir. Vamos a cubrir el suelo de papeles, que no se vea ni un solo resquicio de nuestro suelo de madera. Venga, vamos a tirar el jarrón de porcelana china y el retrato de mamá. Hace tiempo que está ahí, está cogiendo polvo, a nadie le gusta, ayudadme a descolgarlo. Vamos a bajar por las escaleras el piano desconchado, vamos a meter en bolsas de basura todos y cada uno de los adornos que cubren la mesita de la entrada. Tiremos los gatos de madera, los bustos de ninfas, las medias lunas cubiertas de hojas secas. Y sobre todo esa pequeña reproducción de la Torre Eiffel.