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Estoy de pie delante del acantilado. A mis espaldas queda el bosque, un bosque de árboles frutales y margaritas salvajes que crecen en montones hasta la puerta de la cabaña donde la que he vivido estos años. Bonita cabaña, con sus maderas nobles y su olor a leña en invierno, el agua de la fuente del jardín. Giro la cabeza para mirar la cabaña por última vez, la chimenea debe estar encendida porque sale un humo gris a bocanadas. El acantilado siempre estuvo aquí, tentador. Ahora tengo que saltar. Sé que por mucho que crezcan los árboles el acantilado no desaparecerá. Me pongo de puntillas y me impulso. Cuando siento que se despegan mis pies del suelo no sé si saldré volando o me estrellaré en las rocas. Pero no tengo miedo.


La urraca azul

Para la shangha


El hombre se despertó a las tres de la mañana. Otra vez. Llevaba varios días despertándose a las tres de la mañana. Lo malo es que después no se podía dormir, desde las tres a las siete de la mañana pasaba con los ojos como platos. Y es que a su tejado se había mudado una urraca azul, y la urraca, todos los días a las tres de la mañana, comenzaba a piar. No era exactamente un piar... era un graznar, fuerte, rasposo, como hablan las urracas. No era algo constante, la urraca soltaba un graznido, altísimo, y después se callaba.




Nunca apoyo bien, porque no giro, por lo del cúbito. Desde que me alargaron no giro, me quedo ahí, y tengo que colocarme de una forma especial para sujetar las cosas. No puedo apoyarme en mis cinco dedos. Solo si me levanto. Si me levanto no hay problema. Pero en los exámenes de mí no me levanto, no valgo para los exámenes de mí. A veces también siento que me descoloco, mis músculos son flacos y débiles, y tienen una pequeña hendidura que me gustaría rellenar con plastilina.


La cuota social

Para la gran familia de Cañizares


La casa que parece un hostal está llena de gente. Vivir en la casa que parece un hostal es tener una gran familia. Se hablan dos o tres idiomas ─algunos incomprensibles─, se pisan tablas de madera que crujen, se juega al ajedrez en un suelo de doscientos años, se tiran troncos, botellas y monitores, se compran camisetas con la cara de los miembros de la familia ─con el cuerpo de un montón de chinos─, se cocina dorada al horno y se baja corriendo las escaleras, con zapatillas desgastadas, para recibir a un amigo que vuelve a la casa. Se llevan gorras, se besan estatuas de escayola, vuelan los gatos en las fotos, se montan historias extrañas con las luces del techo.




Hay luz por las mañanas. Caminas sobre la piedra, a paso rápido, cruzando la plaza. Vuelan desordenados los vencejos sobre tu cabeza. O las golondrinas, nunca he sabido mucho de pájaros. Ni siquiera los detiene el cielo. Vuelan. Se posan. Vuelan otra vez.