Con las dos manos cavo un hoyo en la tierra oscura. Huele a raíces. A humedad. En el hoyo acomodo la botella de arena, la tumbo con el tapón hacia un lado. La arena se inclina en su interior. Con las dos manos cubro la botella con tierra húmeda. La tapo bien para que no quede ningún hueco vacío, la tierra se amolda a su forma. Aplasto la tierra con las dos manos, apoyo todo mi peso. Me levanto. Doy un paso. Surgen baldosas debajo de mis pies, a cada paso surge una nueva. A cada nuevo paso las baldosas que dejo atrás desaparecen.
Mi madre me ofrece un frasco de manzanas verdes en compota. Son para que me cure de mi enfermedad. El frasco es de cristal transparente, y las manzanas son tan verdes como si las hubieran pintado. Me sirvo una, que se deshace en gajos sobre mi plato. La pruebo. Es totalmente dulce. La como a pequeños bocados, con una cuchara fría.
Me asomo a los ventanales de un piso 70. Hasta donde alcanzo a ver solo hay rascacielos. Tienen distintas alturas, y parecen pegados entre ellos, no hay un solo hueco entre sus paredes. Están apagados. Toda la ciudad está a oscuras a excepción de mi piso 70. Desde arriba también puedo ver el lago, la ciudad por entero está cubierta de agua, y las pocas personas que llegan lo hacen en bote de remos. Llevan trajes negros.
Nadaban por debajo de mis uñas, como si hubiera allí un territorio donde moverse libremente. Parecían amebas diminutas, el cuerpo de una chinche, con bigotes finos y patas largas. Si las aplastabas nadaban más rápido, como huyendo a ninguna parte, giraban en círculos. Al poco de aplastarlas perdían su contorno y se hacían invisibles. Después morían. Solo quedaban de ellas los bigotes.
