Me asomo a los ventanales de un piso 70. Hasta donde alcanzo a ver solo hay rascacielos. Tienen distintas alturas, y parecen pegados entre ellos, no hay un solo hueco entre sus paredes. Están apagados. Toda la ciudad está a oscuras a excepción de mi piso 70. Desde arriba también puedo ver el lago, la ciudad por entero está cubierta de agua, y las pocas personas que llegan lo hacen en bote de remos. Llevan trajes negros.
Nadaban por debajo de mis uñas, como si hubiera allí un territorio donde moverse libremente. Parecían amebas diminutas, el cuerpo de una chinche, con bigotes finos y patas largas. Si las aplastabas nadaban más rápido, como huyendo a ninguna parte, giraban en círculos. Al poco de aplastarlas perdían su contorno y se hacían invisibles. Después morían. Solo quedaban de ellas los bigotes.
Me metí en la piscina. La primera mitad era de agua transparente y limpia, con mucho cloro. La otra mitad era un río amazónico donde el agua era tan verde que no se podía distinguir el fondo. Nadando llegué hasta allí. Sentí pasar algo entre mis piernas, como una roca que se movía. Me agarré a ella y me devolvió al otro lado. Donde se unían las dos mitadas, justo en la frontera, con un movimiento, me tiró. Debajo del agua giré la cabeza justo a tiempo para ver alejarse a un cocodrilo, que abría y cerraba las mandíbulas como si riera.
El agua del mar les llegaba a las casas hasta el primer piso, solo quedaba al descubierto la pequeña ventana de arriba y el tejado. Golpeaban las olas contra los cristales dobles y protegidos. La familia al completo estaba sentada en el sofá del piso de abajo viendo la televisión, y por la ventana veían pasar a los buceadores, y los saludaban en las pausas de los anuncios.
