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Soy un árbol de tronco fino. Tengo un tronco fino pero mis raíces largas están bien metidas en la tierra. Mis raíces, incluso, salen hacia fuera de la tierra, se corvan un poco, y aunque nadie llega a tropezar con ellas porque no tienen esa longevidad callosa propia de las raíces, asoman oscuras a los pies de mi tronco. Algunos las ven. Yo las veo. Miro mis raíces desde arriba como si no fueran mías. Si aprieto los poros y las esporas y crujo por dentro del tronco noto mis raíces. Las que están bajo tierra. Las que me sostienen. Las que me conectan con todo eso que me sostiene. Tengo muchas ramas, muchísimas, con miles de hojas de distintos tamaños. Las hojas se mueven con el viento y me distraen, me mantienen entretenido.




El mundo es redondo y gira fuerte. Redondo como un ojal. Y tiene frío, y música en las ventanas, y asperezas. Asperezas que se encogen de puro gris. En la calle hay pájaros que me miran y me siguen, vuelan bajo, pegados a mi cabeza. A veces los pájaros que me siguen casi se chocan con las baldosas.




Sigo de pie delante del acantilado. El bosque, ese de árboles frutales, sigue estando a mis espaldas. Y también la cabaña, con sus mismas maderas nobles y su olor a leña. Tal vez, eso sí, un poco más húmeda, con incluso alguno que otra teja nueva e inesperada —pero cabaña al fin y al cabo—. Sólida, enteramente sólida. Y me distrae del acantilado, las cabañas siempre distraen de los acantilados —protegen de los acantantilados—. El mismo acantilado de siempre, que sigue donde estaba, solo a un paso. Y resulta que —quién lo diría—, al final es solo tragar un poco de saliva para que el puente se haga visible donde siempre ha estado, entre la maleza. Ese puente que lleva al otro lado del abismo y que, aunque lo tenías delante, no veías hasta dar ese paso un poco a ciegas, como a lo tonto. Como quién no quiere la cosa.




La tenían delante. La ballena gris. Sacó del mar medio cuerpo y expulsó agua en ráfagas. Me rodeaban cientos de personas en cubierta y ninguna fue capaz de ver la ballena. "Miren, miren la ballena gris. Está tirando chorros de agua". Ni siquiera pudo verla la niña de cinco años que estaba colgada del pantalón de su papá. "Ahí, justo en el medio, ¿cómo no puedes verla ni siquiera tú?" La niña me miró curiosa. Enseguida se distrajo por la música de la piscina de cubierta, se fue corriendo hacia allí porque alguien estaba tirando caramelos al aire.




Son cuatro. Pasan los cincuenta. Hablan del negro, que es brasileño y toca la guitarra en el piso cinco y canta con voz de farofa, de manteca. Le piden una canción de Roberto Carlos. "Cualquiera", le dicen, "la que sea". No recuerdan ningún título. El barco gigante zarpó a las seis de la tarde y navega a todo motor rumbo a Río. Nos quedan kilómetros por delante, el mar es inmeso. Yo he salido a cubierta y lo he visto, es inmenso. Las cuatro señoras hablan con el camarero, que se llama Kadik y es de Filipinas. Y no entiende una palabra de español. Las señoras le dicen algo, yo también lo escucho. El negro canta una de Roberto Carlos, una canción cualquiera, una que parece que le aburre. "¿Parados?" Kadik repite las palabras que le dicen sin entenderlas, me mira en busca de ayuda.