Soy un árbol de tronco fino. Tengo un tronco fino pero mis raíces largas están bien metidas en la tierra. Mis raíces, incluso, salen hacia fuera de la tierra, se corvan un poco, y aunque nadie llega a tropezar con ellas porque no tienen esa longevidad callosa propia de las raíces, asoman oscuras a los pies de mi tronco. Algunos las ven. Yo las veo. Miro mis raíces desde arriba como si no fueran mías. Si aprieto los poros y las esporas y crujo por dentro del tronco noto mis raíces. Las que están bajo tierra. Las que me sostienen. Las que me conectan con todo eso que me sostiene. Tengo muchas ramas, muchísimas, con miles de hojas de distintos tamaños. Las hojas se mueven con el viento y me distraen, me mantienen entretenido.
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