El sol moja las escaleras. Llegas tarde algunas mañanas. Otras mañanas no hay sol. Tenemos cinco o diez minutos de sol con café. Los días que vamos, los que no llueve. El sol de invierno calienta justo un poco menos de lo que esperamos (como casi todo ahora). Hace frío, soltamos vaho y humo por la boca. Como las chimeneas de los tejados de Londres. El siglo pasado, cuando aún no teníamos motivos para movernos.
Para Jose
La sidra, cuando se agita, escupe con fuerza y empapa cabezas locas. Cae agua desde los balcones y la gente corre de un lado a otro para mojarse. Se suben a vallas, a coches, a cubos de basura. Se suben unos encima de otros para mojarse mejor. Los besos saben dulces y los sueños pierden sentido. Lo único que importa es el agua que cae, a cubos. Los riegan con alcohol para que crezcan fuertes y mareados. Ritos tribales para cerrar el verano.
¿Dónde va la magia cuando se pierde? Se la come un dragón tímido que duerme en una cueva escondida. El mismo que se come las ilusiones de los niños y los cuentos de los abuelos. No hay una princesa prometida. También se la ha comido el dragón. O se la ha inventado, para divertirse un rato. Cuando se pierde la magia no se puede volver a creer en ella. Descubres el truco, te destapan los ojos a algo que nunca antes habías visto pero que siempre había estado ahí. Es imposible dejar de verlo, la varita se te cae al suelo y pierde todo su poder. El dragón tímido está empachado de tanta verdad.