Los mejores higos están en las ramas más altas del árbol. Los higos maduros son casi de color amarillo, están casi blanditos, y casi a punto de caer. Hay que trepar para llegar hasta ellos, y desde ahí arriba tirárselos con cuidado, de dos en dos, a los amigos que se han quedado abajo y los están recogiendo, en una cesta de mimbre. La vuelta a casa con la cesta de mimbre, cargada entre dos manos -porque pesa, una cesta cargada de higos pesa- se hace despacio, y con un tono de brillo dentro, como si recolectar higos fuera algo que pudieras hacer el resto de tu vida.
Las ciruelas, cuando están muy maduras, se caen del árbol por su propio peso. A mediados de septiembre hay tantas que los pájaros ya se han cansado de picotearlas, así que llenan el suelo y las ramas. Son dulces y están calientes por el sol. Si meneas con fuerza el árbol, las ciruelas te caen en la cabeza, llueven con ritmo y en pequeños grupos. Algunas están tan a punto que les salen gotas de néctar y azúcar que atraen a las moscas. Otras -las del suelo- llevan ahí el tiempo justo llenándose del sol y tranquilidad que necesitan para convertirse en ciruelas pasas. También están dulces las ciruelas pasas. Hay tantas ciruelas en el suelo que muchas permanecen intactas, sin hormigas, sin pájaros. Son dulces, como septiembre.
Un cuenco de agua para beber, otro para lavarse. Flores pequeñas, como de azúcar, amarillas y rosas, plantadas en arroz. Palitos de incienso, cinco, sujetos también en granos de arroz. Una vela, encendida. Un cuenco con agua perfumada. Una pera, amarilla, en otro cuenco. Un último cuenco con la música de una caracola. Las bendiciones de todos los maestros.