Las últimas entradas en Blog



Cuando le conté a Berna que empezaba a confiar en mis textos, después de años de mirarlos con recelo y duda, recordó esta mirada oblicua, del 2004. No la encontramos en la web. Pero acabo de rescatarla de su libro, así que la trascribo. Que la primavera está aquí y las hierbas han estado, desde noviembre, invernando (como buenos osos que en el fondo son).

Se titula "El león de Lisboa", y va precedida por una cita que dice lo siguiente: "De los dos testigos, atente al principal".

La primera noche que pasamos en Lisboa, cuandos nos íbamos a dormir, oí el rugido de un león. Le dije: "He oído el rugido de un león". Él contestó: "Es imposible". Y como yo confiaba en él y en su sensatez, pensé que, bueno, me habría equivocado.

Al día siguiente, en el desayuno, comentó entre risas a nuestros anfitriones: "¿Sabéis que Berna oyó anoche el rugido de un león?" Y ellos contestaron: "¡Claro! ¡Estamos a un paso del zoológico!"

Fragmento de La mirada oblicua



A veces pasan tantos meses hasta que vuelvo a un cuento, que lo encuentro lleno de pájaros. Caminan sobre el papel y picotean las letras, lo han llenado todo de plumas. Y ahora en otoño la situación es incluso peor, vienen de pisar cualquier charco y dejan frases enteras perdidas de barro.

En ocasiones se han comido tantas letras sueltas que el cuento ya no hay quién lo entienda. O, incluso, llevan tantas semanas sobre el papel que lo han llenado todo de cagadas, tan precisamente distribuidas que lo único que puede hacerse es arrugar bien el cuento y tirarlo a la basura.

Pero no me enfado con los pájaros, al contrario, porque tienen buen instinto y los cuentos gracias a sus picotazos mejoran bastante. Me gusta llegar y comprobar qué han salvado, ay, esas imágenes que ni los pájaros se atreven a picotear (no vayan a caer muertos o a transformarse en otra cosa).




Hoy es 6 de junio. Una luna llena gigantesca se podía ver anoche desde cualquier ventana al aire de Madrid. Venus se ha deslizado por delante del sol durante unas pocas horas, podía observarse como un puntito negro, al parecer, desde diferentes ciudades de la Tierra (acontecimiento astrológico que no volverá a darse de nuevo hasta 2117).

Y ha muerto Ray Bradbury.

Me he despertado a las seis de la mañana, totalmente despejada. Sin despertador, ni luna, ni ruidos, ni gatos. Me he levantado a escribir, que es lo único que se puede hacer a esas horas sin molestar a nadie. El aire ha estado denso toda la mañana, olía como a fosfato, a trinita, a locomotora. He tenido que dormir durante cuatro horas para curarme de todo eso que me cargaba los hombros.

Y me he enterado de la noticia poco después. Hace un rato corto. He tenido el gustazo de encontrarme con este video.




Tengo que reconocer que me dais muchísima envidia. Me dan envidia todos los lectores para los que este libro es una novedad. Me gustaría muchísimo poder leer estos cuentos de Javier desde mi lectora de hoy, sin el filtro de haberlos leído antes tantas veces.

Me gustaría mucho porque sé que, a día de hoy, leo de otra manera, y detalles que se me escaparon la primera vez que leí alguno de estos cuentos —por ejemplo el primer cuento del libro, "Bichos", que fue finalista del NH en 1999—, ahora no se me escaparían.

Lo cogí con dos palos y lo metí en el bote. Durante un rato vimos cómo luchaban allí dentro, la culebra se había abrazado al alacrán que trataba de picarle. Se retorcían. Era asqueroso.
Luego seguimos levantando piedras hasta que encontramos el hormiguero. Las hicimos salir metiendo palos. Eran hormigas negras, pequeñas, todas iguales. De las que más muerden. Había millones arrastrándose por el suelo. Estaban frenéticas cuando abrí la tapa del bote y les eché los otros bichos. La culebra y el alacrán, enroscados, mordiéndose mientras las hormigas se los comían. Era asqueroso, asqueroso de verdad. Estaban matándose, se retorcían. Me dieron unas ganas horribles de vomitar.

Fragmento de "Bichos"

Pero ya no hay nada que hacer, todos los cuentos del libro los tengo más que leídos y escuchados, son viejos conocidos en nuestra tertulia —recuerdo perfectamente el día que Javier leyó la primera versión de "El fondo del mar", uno de los más nuevecitos—.

Hay otros más antiguos que ni conocía de antes, porque cuando Javier los escribió yo aún ni había descubierto los talleres. Y otros que son más recientes —el que cierra el libro, "El ártico", por ejemplo, donde nacieron Olsson y Laplace, que ahora mismo le están dando mucho juego en otra serie de cuentos.

—Matar al oso —se burla Laplace— Nada menos que un oso blanco, el depredador del Ártico, una fiera de casi una tonelada, con dientes como cuchillos y garras de acero. Y tú quieres matarlo con un revólver.
Olsson se encoge de hombros. Espera a que el oso nade hasta su témpano y, antes de que llegue a salir completamente del agua, apunta bien y lo mata. Laplace no encuentra palabras.
—Eres..., eres...

Fragmento de "El ártico"

Que en este libro convivan estos relatos es claramente una buena señal. Tener cuentos que, después de tanto tiempo, sobrevivan a nuestro filtro y merezcan estar en un libro, con lo despiadados que nos volvemos cuando pasan los años —porque cambiamos las maneras, las voces, las miradas, los gustos, las lecturas…— es buena cosa. Pero, insisto, me dais mucha envidia todos los que podéis leer este libro por primera vez.

Así que, consejo número 1: leed lentamente.




Y salieron, volando, pájaros de su boca cuando murió.

La Americana Exótica es una mariposa naranja, con puntos negros. Diminuta. Muy rara de encontrar. Se la ha visto una vez en dieciocho países diferentes, entre otros: Sudáfrica, India, Reino Unido, Bali, Fiji, Italia, Rumanía, China, Brasil, Turquía, Egipto... En terrenos donde una niña con el brazo escayolado planta medias naranjas con una dentadura postiza dentro, rosada. Para ver si crece un naranjo que nos regale naranjas con dientes. Dientes que se carcajeen.

La niña hace preguntas y le faltan los dientes delanteros. Hay promesas que no se cumplen porque quién las hace cruza los dedos. Y corazones de metal con una bala dentro que se arrojan desde torres altas sobre ciudades azul. Porque la ciudad azul está ahí, en alguna parte, al final del hechizo. Un desierto sin agua y un mono pequeño que se escapa de una mochila para atrapar una mariposa. Un mapa del tesoro, o de algo parecido, todo agujereado por unas tijeras que cortan rombos. Chicos suicidas por amor, vaqueros que saltan de un puente y caen en un caballo al trote. Una escalera que sube, que baja, que sube. Todos los papeles arrugados que salen del cerebro de una muñeca.

Acabamos de contar la historia pero la ciudad azul sigue ahí, a ver si somos capaces de encontrarla de nuevo.

Roy y Alexandria, antes de que Alexandria se frote con fuerza los ojos:

—All right, close your eyes. What do you see?
—Nothing.
—Rub them... Can you see the stars?
—Yes.
—See?