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Mientras cocinaba el otro día me puse a pensar en los últimos cuentos que leyeron mis alumnos en clase. Mi nevera estaba muy vacía. Al lavar la lechuga —para la ensalada solo tenía lechuga, y una lechuga que llevaba varios días ya en la nevera—, me acordé de lo que dijo Manu en la clase, que a pesar de que el cuento tenía su conflicto, tampoco le había salido «muy interesante». Y es verdad que su cuento, aunque estaba bien —en esencia era perfecto—, de interés estaba como a medias, como apagado.

Me senté a la mesa con mi ensalada solo de lechuga. La miré, era la ensalada más triste que había preparado nunca. Ni siquiera me quedaba aceite para echarle… solo lechuga, y sin sal, ni vinagre. Eso mismo les ocurre a los cuentos cuando acabamos de empezar a escribir. Bueno, si hemos leído un poco no suelen ocurrir cosas tan drásticas como que la lechuga tenga moho y no nos quede ni una gotita de aceite… pero sí se acerca bastante. Normalmente, los más aplicados, a las pocas semanas de curso son capaces de hacer una ensalada de lechuga estupenda: porque han aprendido qué lechuga comprar, cómo lavarla bien, cómo aderezarla… Eso sí, la ensalada solo lleva lechuga, que es lo que controlan por ahora. Y claro, una ensalada de solo lechuga, por muy buena que sea la lechuga y mucho vinagre de Módena que le eches, es solo lechuga: no tiene interés. Es aburrida.




El otro día un alumno en clase leyó un texto y cuando terminó le dije que tenía que leerse Mortal y rosa, de Umbral. Que leer ese libro le iba a ayudar para escribir ese tipo de texto. Y como salió el tema comenté uno de esos puntos tan importantes dentro de lo que Ángel Zapata, siempre que explica lo que es un relato, nombra. Es el siguiente: "un cuento sale de otro cuento". Habla entonces de la imitación, de escribir cuentos teniendo a mano tres o cuatro más, para ir no copiándonos literalmente pero sí empapándonos. Es algo que cuando llevas escribiendo un cuento, además, haces de una forma natural sin que nadie te lo diga: no encuentras la voz y entonces coges otro cuento, y otro, que por lo que sea crees que pueden ir por el mismo lugar, y lo encaminas. Eso da género. Pero cuando lo comento en clase, sobre todo los primeras veces, los alumnos abren los ojos como platos y miran un poco extrañados a la pizarra —en blanco hasta entonces—, y mueven los pies algo nerviosos.

Es una de esas cosas tan evidentes que no se ven, o que está tan cubierta de malas interpretaciones (confusiones en lo que entendemos por ser original, principalmente) que cuando te das cuenta casi da un poco de apuro. "¿Copiar? ¡Cómo voy a hacerlo! ¡Si tengo que ser original! Y para mis alumnos, que muchos acaban prácticamente de empezar a escribir, no lo ven tan claro. Aunque es cierto que al cabo de unos meses, y casi sin decir nada, solo a base de lecturas, esto de la imitación vuelve a salir a flote por sí solo. Porque por supuesto que es natural.




Muchas veces me pasa lo mismo: busco el teléfono cuando estoy hablando por teléfono. Y me acuerdo de un cuento muy conocido de Nasrudin, el de las llaves y la farola. Me río, claro, qué remedio.

Es de noche, bastante tarde ya, y Nasrudín está agachado debajo de una farola buscando algo, tanteando el suelo con las manos. Pasa un vecino y le pregunta qué busca. Nasrudin le responde que busca sus llaves, que las ha perdido. Y su vecino se agacha con él para ayudar a buscarlas. Al rato pasa una vecina y les pregunta lo mismo, y también se agachar para buscar las llaves de Nasrudin. Pero no encuentran nada, entonces la vecina se levanta y le preguna si está seguro de haberlas perdido ahí. Nasrudin responde que no, que las perdió en casa. Los vecinos, escandalizados, le preguntan porqué entonces las está buscando en la farola. Y les responde Nasrudín: porque aquí hay más luz, la casa está muy oscura.




Hace poco encontré un artículo sobre el Butoh, y se me han quedado flotando las palabras que citan de uno de sus creadores, Kazuo Ohno: "Si quieren comprender sus propios cuerpos deben aprender a caminar bajo el mar, en el lecho marino. Conviértanse en polvo de polilla. Todas las huellas del universo se encuentran en las alas de una polilla."

El Butoh está entre la danza y el teatro, y cuanto más leo sobre ella, más ganas tengo que verla representada.

También afirma Ohno, en relación a los cuerpos y el movimiento de los bailarines: "Un trozo de madera, un viejo. Para conseguirlo debes escuchar tu cuerpo. Te indica a través del dolor, del dolor como sonido. Pero es un chispazo mental tan rápido que si lo piensas demasiado, desaparece. Cuando bailas estás existiendo, no piensas".

Lo que se parece mucho a lo que explica Alexandra Kalinine sobre el baile, y es que una y otra vez todas las flechas apuntan al mismo sitio. Y el baile consiste en sentir, en dejar fluir y soltar. No en pensar. Sino en caminar bajo el mar.




Otra mudanza. Van veintiséis. Creo que ya nadie me toma en serio cuando digo que será la última por un tiempo. Hace un año, justo antes de la mudanza número veinticinco —parecía un momento ideal para hacerlo— interrogué a mis padres y escribí una lista cronológica de todas las casas donde habíamos vivido. Con ellos hice trece mudanzas. Y debe ser algo de los genes, porque después, sin ellos, hice otras doce. Que en unos días serán trece.

1981. En Praia do Jardim, Angra dos Reis. Creo que era un apartamento en la ciudad. Angra dos Reis está a unos 150 kilómetros de Río, ahí nací yo, ahí estaban construyendo una central nuclear, y ahí nos quedamos un tiempo.

1982. Nos mudamos a una casa en Lídice, Río de Janeiro. El lugar más frío en el que estuvimos en Brasil, era montañoso.

1983. En la misma Angra dos Reis, nos mudamos a la casa de los Thompson —así recordada siempre por mis padres—, ya no estaba en la ciudad, sino en una urbanización más cerca de la playa. Lo que llaman "el balneario".

1984. A principios de año nos mudamos a la casa de Elena, también en el balneario. Y a finales de año volvimos a Argentina, a Berisso, nos instalamos un tiempo en casa de mis abuelos.

1985. Quedarnos en Argentina no era fácil, así que en verano de este año mi padre compró un terreno en Angra dos Reis, en Praia das Goiabas, Mambucabinha. Y empezaron a construir lo que siempre hemos conocido como "la casita de la playa", una casa de veinte metros cuadrados y mucho jardín, donde vivimos un tiempo en tienda de campaña y que vendimos, mucho tiempo después, para mudarnos a España. Volvimos a Argentina a casa de los abuelos (van siete mudanzas). En abril compramos una casa en Berisso, en la calle Génova. Estuvimos un año entero (van ocho).