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Porque somos muchos...

Julio Cortázar | Historias de cronopios y de famas | Punto de lectura


...y vivimos en la calle Humboldt. Que existe, claro, en Buenos Aires. En Palermo, cruza Corrientes por algún punto y es paralela a Juan B. Justo. Cerca de La Chacarita. Y de la calle Lavalleja donde vivía hace años mi amiga Laura (que ahora vive casi en La Patagonia). Quería hablar de Cortázar y solo pienso en Buenos Aires. Bueno, pero siempre tendremos este cuento.

Simulacros

Somos una familia rara. En este país donde las cosas se hacen por obligación o fanfarronería, nos gustan las ocupaciones libres, las tareas porque sí, los simulacros que no sirven para nada.

Tenemos un defecto: nos falta originalidad. Casi todo lo que decidimos hacer está inspirado —digamos francamente, copiado— de modelos célebres. Si alguna novedad aportamos es siempre inevitable: los anacronismos o las sorpresas, los escándalos. Mi tío el mayor dice que somos como las copias en papel carbónico, idénticas al original salvo que otro color, otro papel, otra finalidad. Mi hermana la tercera se compara con el ruiseñor mecánico de Andersen; su romanticismo llega a la náusea.

Somos muchos y vivimos en la calle Humboldt.

Entre otros

Julio Cortázar | Historias de cronopios y de famas | Punto de lectura


Entre otros relatos, inventos y fragmentos encuentro este texto, y lo releo, y recuerdo que la primera vez que lo encontré (o él me encontró a mí, no estoy muy segura) me hizo abrir los ojos como platos. Se titula "Propiedades de un sillón".

En casa del Jacinto hay un sillón para morirse. Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón que es un sillón como todos pero con una estrellita plateada en el centro del respaldo. La persona invitada suspira, mueve un poco las manos como si quisiera alejar la invitación y después va a sentarse en el sillón y se muere. Los chicos, siempre traviesos, se divierten en engañar a las visitas en ausencia de la madre, y las invitan a sentarse en el sillón. Como las visitas están enteradas pero saben que de eso no se debe hablar, miran a los chicos con gran confusión y se excusan con palabras que nunca se emplean cuando se habla con los chicos, cosa que a éstos los regocija extraordinariamente.

Un minicuento fantástico

Giorgio Manganelli | Antología de minicuentos fantásticos | Alfaguara


Este es uno de los microrrelatos de esta antología que más me gustó cuando lo leí. En su día. Ahora mismo no sé donde está el libro.

Ciencuenta y ocho

Desde hace algunos días, está extremadamente inquieto; en efecto, después de un prolongado periodo de vida solitaria, se ha dado cuenta de que la casa en la que vive está habitada por otros seres. En las tres habitaciones de su apartamento ligeramente maniático han fijado su residencia tres fantasmas, dos hadas, un espíritu, un demonio; y un enorme ángel tan grande como una habitación; tiene también la impresión de que hay otros seres, cuyo nombre ignora: minúsculos y esféricos. Naturalmente, la súbita aglomeración lo trastorna; no entiende por qué todos estos seres han elegido su casa; y tampoco entiende quéfunción desempeñan en ella. Pero nada lo turba tanto como el hecho de que estos seres se nieguen a dejarse ver, a hablarle, a relacionarse de alguna manera, aunque sólo sea por señas, con él.

Sabe que no puede seguir viviendo en una casa infestada de ese modo, pero si al menos pudiera hablar con esas imágenes, la misteriosa ocupación tendría un sentido, y tal vez conferiría incluso un sentido a su vida. Desde un punto de vista meramente práctico, no puede aportar ninguna prueba de la existencia en su casa de esos seres, y sin embargo su presencia no sólo es evidente e inquietante, sino obvia. Ha intentado inducirles a revelarse. Se ha dirigido sucesivamente a los tres fantasmas, y les ha sugerido que hagan algún ruido para asustar a la vecindad; ya que nada ha alterado el silencio, se ha dirigido al demonio, que es notoriamente propenso, por motivos profesionales, al coloquio. Ha aludido a la posibilidad de un acuerdo comercial, y ha hablado con deliberada ligereza de su alma, confiando en seducir al demonio, o irritar al ángel. Al no obtener respuesta, ha repartido flores por las habitaciones para llamar la atención de las hadas; y recurrido a métodos de comprobada eficacia para evocar al espíritu. En realidad, su casa está ocupada por seres que no quieren tener ningún trato con él. Sólo las pequeñas esferas le rinden alguna cortesía, y de vez en cuando advierte algunos rápidos zumbidos en los oídos. Lo que no sabe es que los tres fantasmas, las dos hadas, y el espíritu aguardan al siguiente inquilino, que llegará después de su inminente fallecimiento; ángel y demonio están allí para ocuparse de las prácticas burocráticas. En una lejana provincia, el futuro inquilino está preparando febrilmente las maletas para abandonar de manera definitiva una casa infestada por los espíritus.


de Juan José Millás, La llamada

De "Cuentos a la intemperie".


El tipo que desayunaba a mi lado, en el bar, olvidó un teléfono móvil debajo de la barra. Corrí tras él, pero cuando alcancé la calle había desaparecido. Di un par de vueltas con el aparato en la mano por los alrededores y finalmente lo guardé en el bolsillo y me metí en el autobús. A la altura de la calle Cartagena comenzó a sonar. por mi gusto no habría descolgado, pero la gente me miraba, así que lo saqué con naturalidad y atendí la llamada. Una voz de mujer, al otro lado, preguntó: "¿Dónde estás?". "En el autobús", dije. "¿En el autobús? ¿Y qué haces en el autobús?". "Voy a la oficina". La mujer se echó a llorar, como si le hubiera dicho algo horrible y colgó.


de Félix J. Palma, El hombre tras la cortina

Incluido en el libro Las interioridades, Ed. Castalia, 2002. Gracias, Nacho :-)


Me enamoré de Marta al oírla asegurar en una de nuestras primeras citas que ella jamás había experimentado esa sensación tan conocida de entrar por primera vez en un lugar y sentir que ya había estado allí antes.

Recuerdo que subrayó el carácter insólito de la confidencia con un gesto de la mano que acabó por derramar su taza de café sobre el velador, y yo la contemplé repentinamente hechizado, mientras ella intentaba reparar el estropicio ensopando servilletas en el charco pardusco que se extendía entre nosotros.