Dejo por aquí uno de los tres microcuentos que ha publicado Enrique Páez en su blog hace algunos días.
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Me he levantado a las seis y media y el silencio era absoluto. Mi hermano dice que se conoce como el silencio de la nieve y tiene que ver con la densidad del aire y la dificultad para propagarse el sonido. Qué más da. La carretera estaba preciosa y el parque del Manzanares tenía pinta de estepa siberiana. Aunque vete a saber cómo será la estepa siberiana, claro. La calle de mi trabajo está cortada al tráfico por obras, así es que no hay coches ni máquinas que limpien y la nieve sigue cayendo mansa. He visto nevar muchas veces porque, aunque madrileña, soy aficionada al esquí. Pero no es lo mismo ver la nieve cuando la esperas, cuando está en su medio natural que verla en las calles de Madrid o de Getafe. La televisión muestra imágenes de Asturias, de Zaragoza, de mil sitios diferentes en los que el silencio de la nieve ha hecho mella.
Sigue leyendo... de Esperanza Fabregat, Nieve
No se tomen nada en serio.
disfruten.. gasten solo lo necesario y relájense.. no hace falta que
lean más si esto no les agrada..
lo comprendo.. si yo no fuera yo.. no me gustaría.
no me aguantaría.
yo sé hacer alguna cosa.. cuando las primaveras vienen...
el resto del año inverno en una cueva entre músicas, libros y revistas
de extraterrestres...
las cosas que hago son.
a secas.
no pretendo nada más.
solo ser.. y poder crear cosas que sean, por sí mismas.
Sigue leyendo... de Jere (hombre viento)
¿Cómo seré yo
cuando no sea yo?
Ángel González
La vida no vale nada y quizá sea por eso por lo que me siento tan triste, así, esperando encontrar una palabra que explique, un hilo que conduzca, un susurro que alumbre. Una vez esperé toda una tarde a que llegara Javier. Me duché, me peiné, me puse una crema que olía a jazmín (como olía la plaza del centro de Sevilla en junio del año pasado y Manuel me regaló La herencia de Ezther de Sandor Marai). Me puse la crema seis o siete veces. Salí al balcón unas quince o veinte. Me quedé a vivir en el balcón con el bote de crema y sin ganas de vivir. Otra vez, escribí una vida nueva para mí, suponiendo que así Daniel me amaría de otra manera. Y amó a la otra que era yo pero sólo en parte, porque me había inventado una yo que no era y también porque me había quedado en el balcón, sin Javier y sin Jorge y sin los amores que dejé en el portal de mi casa en Ezequiel Solana o en el patio del colegio México o en las calles de Morata, o en los lugares que recorrió mi adolescencia como si fuéramos eternos (I want to live forever).
Sigue leyendo... de Lara López, Una tarde con Ángel González
La taza, de color azul marino, está llena de agua caliente. Flotan en ella cinco hojas de boldo.
Observo la perfección geométrica del azucarillo antes de dejarlo caer al fondo. Al instante empieza a expulsar hacia la superficie burbujas microscópicas. Puedo apreciar cómo sus contornos rectos se redondean con lentitud. Es como si un poderoso viento soplara desde arriba y provocara el desprendimiento de esas partículas blanquísimas que van cubriendo las zonas aledañas al bloque.
Sigue leyendo... de Santiago M. Plasencia, Triángulos esféricos
