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Todos los caminos llevan a Roma

Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs | Antología del cuento triste


Con la llegada de la primavera parece que no hay tiempo para regar las hierbas, lo bueno es que con la primavera todo florece casi sin esfuerzo. Y a mi correo me regalan cosas como esta, que no quiero dejar de publicar aquí porque, una vez más, todos los caminos llevan a Roma. Es de prólogo de una antología a la que le tengo mucho cariño por su intención y sus cuentos. Lo ha extraido Berna a principios de la primavera.

[...] La tristeza es como la alegría: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella. ¿Y quién quiere acabar con la tristeza? ¿O deberíamos decir: quién puede acabar con ella? La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se concentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste. En una calle de Nueva York un transeúnte neoyorquino había visto la alegría reflejada en Monterroso y en mí; pero más tarde, al despedirnos de la alegre ciudad de Nueva Orleans, Bárbara y yo nos dimos a recordar —¿por qué causa?— literatura triste: no sólo porque era buena literatura sino porque, creemos, la parte alegre de la vida tiene a veces su fundamento en la parte triste, y viceversa.

Los caminos que llevan a Roma (a la Roma de Ari Golfield) están en la primera frase, claro: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella, con ellas, porque son lo mismo. Perdemos muchísimo tiempo empeñados en que no lo son.


El tiempo perdido

Francisco Umbral | Mortal y rosa | Planeta


¡Cuánto tiempo perdido, todos esos años sin leer Mortal y rosa! Por cosas de la vida resulta que ahora lo tengo que leer para hacer un trabajo para una clase en la que he caído casi sin querer. Y creo que haré como suele decir Martín Garzo, solo intentaré hablar de todo lo que sentí leyendo el libro, que es de lo más razonable que se puede hablar de un libro así.

Lo otro que se puede hacer es seleccionar fragmentos, teclearlos y repartirlos para leerlos en voz alta y viva voz. Y, después, mantener silencio.

[...] Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirando desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo desnuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

Describir personajes a través de acciones

Wiliam Faulkner | Mientras agonizo | Editorial Anagrama


Copio este pequeño fragmento de las primeras páginas de esta novela de Faulkner. La traducción es de Jesús Zulaika. La copio por la cantidad de cosas que se pueden decir de un personaje en pocas líneas (en realidad de dos personajes, porque el narrador que elige decir esto también es parte de la historia, claro).

[...] La camisa de padre está mucho más descolorida por la parte de la joroba. No se ven manchas de sudor en la tela. Nunca he visto manchas de sudor en su camisa. Una vez, cuando tenía veintidós años, se puso enfermo trabajando al sol en el campo, y desde entonces dice a todo el mundo que si se pone a sudar se muere. Creo que hasta se lo cree.

Una luz en la ventana

William Maxwell | Vinieron como golondrinas | Libros del Asteroide


Así acaba uno de los relatos de Capote de Música para camaleones. Me he acordado de repente porque le viene muy bien al descubrimiento de Wiliam Maxwell. ¿Cómo nadie me había hablado de él antes?

Me lo recomendó Manolo Matji, en alguno de esas curvas perdidas el curso que escribí mi guión de largometraje. Hablamos, en concreto, de la novela Adiós, hasta mañana, publicada por Siruela en 1998 y que yo no lograba encontrar por ningún sitio. Me la prestó y me la devoré. Un año después me enteré de que Libros del Asteroide había publicado no solo esa novela de Maxwell, sino otras tres.

Maxwell fue editor de ficción en el New Yorker, y trabajó con las publicaciones de Salinger, de Cheever, de Updike, de Flannery O´Connor. Y tiene una mirada muy propia sobre el mundo de los niños. Aquí dejo unos pequeños fragmentos de este Vinieron como golondrinas. La traducción es de Gabriela Bustelo, y el prólogo de Edmundo Paz Soldán.

¿Cómo nadie me había hablado antes de William Maxwell?

El domingo por la mañana era un momento excelente para invadir una ciudad. Ya era casi mediodía cuando la imaginación de Bunny empezó a flaquear. Entonces, de manera muy repentina, la escena cambió. Las murallas, puertas, tejados, barricadas rotas y torres caídas se aparecieron en su sencilla y desnuda realidad: dos vasos plegables, una regla, una piedra cuadrada, cartón, papel marrón, tres lápices y un carrete lleno de muescas. A partir de ahí fue imposible seguir fingiendo que sus soldados de plomo se gritaban unos a otros mientras defendían un pueblo belga.

Y qué queda después de los puentes

Julio Cortázar | El libro de Manuel | Punto de Lectura


Quién somos nosotros para hablar de puentes. Mejor dejamos a Julísimo Julio para que hable de puentes. Nos queda escuchar, y cruzarlo.

[...] Entonces el puente, claro. ¿Cómo tender el puente, y en qué medida va a servir de algo tenderlo? La praxis intelectual (sic) de los socialismos estancados exige puente total; yo escribo y el lector lee, es decir que se da por supuesto que yo escribo y tiendo el puente a un nivel legible. ¿Y si no soy legible, viejo, si no hay lector y ergo no hay puente? Porque un puente, aunque se tenga el deseo de tenderlo y toda obra sea un puente hacia y desde algo, no es verdaderamente puente mientras los hombres no lo crucen. Un puente es un hombre cruzando un puente, che.

Una de las soluciones: poner un piano en ese puente, y entonces habrá cruce. La otra: tender de todas maneras el puente y dejarlo ahí; de esa niña que mama en brazos de su madre echará a andar algún día una mujer que cruzará sola el puente, llevando a lo mejor en brazos a una niña que mama de su pecho. Y ya no hará falta un piano, lo mismo habrá puente, habrá gente cruzándolo. Pero andá a decirle eso a tanto satisfecho ingeniero de puentes y caminos y planes quinquenales.