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Extraigo aquí uno de los fragmentos de este libro robado a Eduardo Cano, compañero parabólico, después de leerlo varias veces sin ningún tipo de orden. Creo que no es mal sistema, dado el caso. Extraigo justo este fragmento porque se quedó horas dando vueltas antes de un sueño, cual satélite.

El extraño sonido. Qué suerte poder prestarle atención. De vez en cuando. En la obscuridad y el silencio cerrar, como a la luz, los ojos y oír un sonido. Un objeto moviéndose de su lugar a su último lugar. Una cosa suave moviéndose con suavidad para pronto dejar de moverse para siempre. Cerrar los ojos a la obscuridad visibile y oír, si acaso, sólo eso. Una cosa suave moviéndose con suavidad para pronto dejar de moverse para siempre.

La traducción es de Carlos Manzano.




No quiero hablar de la trama de la novela de Jon Bilbao. Y eso que la trama interesa, es un buen planteamiento. Engancha. Fue lo primero que supe de la novela, me contaron la trama de viva voz y me interesó. Aunque confieso que tiró más de mí el chimpancé de la portada que no deja de mirar al frente con suavidad (y algo de mal rollo). Pero ni el chimpancé ni la trama son importantes. Lo importante es que es una de esas novelas que no conviene terminar de leer un día de sol.

Yo me la he leído dos veces. La primera vez que la terminé de leer había un sol brillantísimo fuera (en el mundo), cerré la novela, salí a la terraza, y toda esa luz me deslumbró de golpe. El segundo día estaba nublado, el cielo lleno de nubes pesadas y la luz más baja. Fue mucho mejor la lectura del segundo día. Las segundas lecturas son siempre mejores, ya sabes lo que va a pasar —porque la trama de la novela de Jon Bilbao, a pesar de que no es lo importante, te atrapa tan bien que no te deja sosiego para apreciar otros matices—, y la historia llega mejor, con todas sus caras. Después de una segunda lectura o te quedan ganas de hablar de la novela, o no te quedan. Y puede uno hablar de una historia siempre que queden preguntas, cuando se ha revuelto algo por dentro, cuando durante ese tiempo de lectura el autor ha dado vueltas, durante todas las páginas, a algo intangible. Porque no puede ser que acabes una historia así y el día brillantísimo parezca diferente. Algo hay.

En la costa este de Yucatán el viento ya había empezado a soplar con fuerza. Le seguiría una lluvia salada: agua del océano no levantada y arrastrada por el huracán, acompañada por trozos de sargazo y de coral y de peces, algunos todavía vivos, que colearían sobre carreteras y patios de casa y tejados y en la jungla, entre las oscuras raíces de los árboles, muchos kilómetros tierra adentro. [...]

Todos los caminos llevan a Roma

Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs | Antología del cuento triste


Con la llegada de la primavera parece que no hay tiempo para regar las hierbas, lo bueno es que con la primavera todo florece casi sin esfuerzo. Y a mi correo me regalan cosas como esta, que no quiero dejar de publicar aquí porque, una vez más, todos los caminos llevan a Roma. Es de prólogo de una antología a la que le tengo mucho cariño por su intención y sus cuentos. Lo ha extraido Berna a principios de la primavera.

[...] La tristeza es como la alegría: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella. ¿Y quién quiere acabar con la tristeza? ¿O deberíamos decir: quién puede acabar con ella? La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se concentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste. En una calle de Nueva York un transeúnte neoyorquino había visto la alegría reflejada en Monterroso y en mí; pero más tarde, al despedirnos de la alegre ciudad de Nueva Orleans, Bárbara y yo nos dimos a recordar —¿por qué causa?— literatura triste: no sólo porque era buena literatura sino porque, creemos, la parte alegre de la vida tiene a veces su fundamento en la parte triste, y viceversa.

Los caminos que llevan a Roma (a la Roma de Ari Golfield) están en la primera frase, claro: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella, con ellas, porque son lo mismo. Perdemos muchísimo tiempo empeñados en que no lo son.


El tiempo perdido

Francisco Umbral | Mortal y rosa | Planeta


¡Cuánto tiempo perdido, todos esos años sin leer Mortal y rosa! Por cosas de la vida resulta que ahora lo tengo que leer para hacer un trabajo para una clase en la que he caído casi sin querer. Y creo que haré como suele decir Martín Garzo, solo intentaré hablar de todo lo que sentí leyendo el libro, que es de lo más razonable que se puede hablar de un libro así.

Lo otro que se puede hacer es seleccionar fragmentos, teclearlos y repartirlos para leerlos en voz alta y viva voz. Y, después, mantener silencio.

[...] Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirando desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo desnuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

Describir personajes a través de acciones

Wiliam Faulkner | Mientras agonizo | Editorial Anagrama


Copio este pequeño fragmento de las primeras páginas de esta novela de Faulkner. La traducción es de Jesús Zulaika. La copio por la cantidad de cosas que se pueden decir de un personaje en pocas líneas (en realidad de dos personajes, porque el narrador que elige decir esto también es parte de la historia, claro).

[...] La camisa de padre está mucho más descolorida por la parte de la joroba. No se ven manchas de sudor en la tela. Nunca he visto manchas de sudor en su camisa. Una vez, cuando tenía veintidós años, se puso enfermo trabajando al sol en el campo, y desde entonces dice a todo el mundo que si se pone a sudar se muere. Creo que hasta se lo cree.