Las últimas entradas en Fragmentos

Describir personajes a través de acciones

Wiliam Faulkner | Mientras agonizo | Editorial Anagrama


Copio este pequeño fragmento de las primeras páginas de esta novela de Faulkner. La traducción es de Jesús Zulaika. La copio por la cantidad de cosas que se pueden decir de un personaje en pocas líneas (en realidad de dos personajes, porque el narrador que elige decir esto también es parte de la historia, claro).

[...] La camisa de padre está mucho más descolorida por la parte de la joroba. No se ven manchas de sudor en la tela. Nunca he visto manchas de sudor en su camisa. Una vez, cuando tenía veintidós años, se puso enfermo trabajando al sol en el campo, y desde entonces dice a todo el mundo que si se pone a sudar se muere. Creo que hasta se lo cree.

Una luz en la ventana

William Maxwell | Vinieron como golondrinas | Libros del Asteroide


Así acaba uno de los relatos de Capote de Música para camaleones. Me he acordado de repente porque le viene muy bien al descubrimiento de Wiliam Maxwell. ¿Cómo nadie me había hablado de él antes?

Me lo recomendó Manolo Matji, en alguno de esas curvas perdidas el curso que escribí mi guión de largometraje. Hablamos, en concreto, de la novela Adiós, hasta mañana, publicada por Siruela en 1998 y que yo no lograba encontrar por ningún sitio. Me la prestó y me la devoré. Un año después me enteré de que Libros del Asteroide había publicado no solo esa novela de Maxwell, sino otras tres.

Maxwell fue editor de ficción en el New Yorker, y trabajó con las publicaciones de Salinger, de Cheever, de Updike, de Flannery O´Connor. Y tiene una mirada muy propia sobre el mundo de los niños. Aquí dejo unos pequeños fragmentos de este Vinieron como golondrinas. La traducción es de Gabriela Bustelo, y el prólogo de Edmundo Paz Soldán.

¿Cómo nadie me había hablado antes de William Maxwell?

El domingo por la mañana era un momento excelente para invadir una ciudad. Ya era casi mediodía cuando la imaginación de Bunny empezó a flaquear. Entonces, de manera muy repentina, la escena cambió. Las murallas, puertas, tejados, barricadas rotas y torres caídas se aparecieron en su sencilla y desnuda realidad: dos vasos plegables, una regla, una piedra cuadrada, cartón, papel marrón, tres lápices y un carrete lleno de muescas. A partir de ahí fue imposible seguir fingiendo que sus soldados de plomo se gritaban unos a otros mientras defendían un pueblo belga.

Y qué queda después de los puentes

Julio Cortázar | El libro de Manuel | Punto de Lectura


Quién somos nosotros para hablar de puentes. Mejor dejamos a Julísimo Julio para que hable de puentes. Nos queda escuchar, y cruzarlo.

[...] Entonces el puente, claro. ¿Cómo tender el puente, y en qué medida va a servir de algo tenderlo? La praxis intelectual (sic) de los socialismos estancados exige puente total; yo escribo y el lector lee, es decir que se da por supuesto que yo escribo y tiendo el puente a un nivel legible. ¿Y si no soy legible, viejo, si no hay lector y ergo no hay puente? Porque un puente, aunque se tenga el deseo de tenderlo y toda obra sea un puente hacia y desde algo, no es verdaderamente puente mientras los hombres no lo crucen. Un puente es un hombre cruzando un puente, che.

Una de las soluciones: poner un piano en ese puente, y entonces habrá cruce. La otra: tender de todas maneras el puente y dejarlo ahí; de esa niña que mama en brazos de su madre echará a andar algún día una mujer que cruzará sola el puente, llevando a lo mejor en brazos a una niña que mama de su pecho. Y ya no hará falta un piano, lo mismo habrá puente, habrá gente cruzándolo. Pero andá a decirle eso a tanto satisfecho ingeniero de puentes y caminos y planes quinquenales.



Supongo que si uno no se muere sobrevive a casi todo. Dicho así suena tonto, ya lo sé, pero hay momentos en los que uno para, piensa, y eso es todo lo que encuentra. Joder, estar aquí, seguir estando. Y encima tiene que alegrarse. Lo cierto es que si algo se puso en marcha, si algo se puso de verdad en movimiento, lo hizo aquella tarde en el Marley. Era sábado y, si había que medirlo por mis sentimientos, el último de mi vida. Aplastado, así me sentía, como si un camión de volquete hubiera dejado caer sobre mí las cajas de una mudanza entera. Todas aquellas cajas y yo allí debajo, hecho papilla, incapaz de moverme, derribado por un dolor tan gigantesco que estaba seguro de que tenía que haberme matado. Pero no estaba muerto, estaba allí, desplomado en uno de los sillones del Marley mientras la cerveza se me calentaba, con un asiento vacío a mi lado.



Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la compresión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.