Me mudo ─en junio─ a una casa con tres balcones. En la escalera me esperarán, no solo un gato blanco, sino cuatro gatos, de colores distintos. Tendré goteras y tornillos que el tiempo afloja. Una foto ─solo una─ en la mesilla. Las maderas del pasillo crujirán, y me quedaré escribiendo toda la noche. No es el Palacio Real, y no espero ningún invitado sorpresa; pero dejaré las ventanas abiertas. La mesa de la vida desapareció. Yo no sé, como fue. Que nadie llame a la policía, mejor, que nadie la llame.
Es, claro, un homenaje.