Biblioteca del 10 de Septiembre, 2006
categoría Relatos
de Isabel Calvo, El río

Juan camina despacio hacia el río, entre los chopos, por el suave declive cubierto de hierba. Lleva las manos en los bolsillos del pantalón y la vista distraída en el movimiento alterno de las puntas de sus pies. Repara en los cordones. Se da cuenta de que tendrá que quitarse los zapatos. De pronto, le ha molestado la idea de que se hundan en el barro del fondo; decide que los va a dejar en la orilla, igual que los bañistas. Supone entonces que si alguien los encuentra sospechará que son los zapatos de un muerto, como esos otros zapatos abandonados que se ven en la cuneta de una autopista.

Mira el reloj: son las ocho de tarde. Todavía hace bastante calor cuando llega a la orilla y se queda un momento, de pie, mirando el río. El cauce dorado discurre lleno de remolinos, como un puchero de sopa al que acabaran de agitar con un cucharón. Piensa que el agua estará caliente, rubia del verano que han atrapado las algas en el fondo.
Juan ha pasado esta larga jornada de domingo sentado en el patio, bajo la higuera. Su olor le ha llevado hasta la infancia, cuando jugaba entre las ramas con uno de los gemelos del ultramarinos de su misma calle: el gemelo que se ahogó. Y se lo ha imaginado sumido en el agua, con los ojos abiertos a la fosforescencia borrosa. Ha sido entonces cuando ha pensando en sí mismo dentro del agua, rodeado de luz, acogido por la tibieza placentaria del lecho del río, cerrando los ojos para entregarse en calma a un olvido sin fin.

La chopera está desierta. En la chopera no. Lo lleva oyendo desde niño. Es un lugar peligroso para el baño; por las corrientes y porque allí mismo se ahogó el gemelo. Contaron que se lo habían tragado los remolinos y que las algas del fondo lo enredaron por los pies. Juan se había preguntado muchas veces cómo lo supieron, si estaba él solo cogiendo ranas.

Piensa en ello ahora, mientras se descalza en la orilla de tierra que se eleva un metro sobre el río. Deja los zapatos a un lado y se sienta con las piernas colgando sobre el agua, como si estuviese al borde de un acantilado. Se toca la muñeca y decide que lo último que hará antes de tirarse al agua será quitarse el reloj.

Acaricia todavía su muñeca adelantando ese gesto cuando escucha, de pronto, unas voces infantiles que se acercan. En seguida llega un grupo de niños; son media docena, tendrán unos siete años y se ponen a jugar a gritos entre los chopos, a pocos metros de su espalda.

Al primer instante de desconcierto le sigue un profundo fastidio; todo se va a demorar por esta estupidez: un puñado de mocosos que a lo peor se quedan mucho rato.

Suspira, pero la idea de que pronto va a anochecer y los niños tendrán que irse porque no hay farolas, le alivia.
Procura ignorar la algarabía y se concentra en averiguar cuándo empezó a dirigirse hacia esta escena final. Quiere acordarse de aquella novia que tuvo, de joven: arranca una pajilla y golpea el suelo con ella; tira una piedra al agua…

Las voces de los niños, que están a muy cerca, le distraen. Uno, que se ha caído al suelo, llora como si lo estuvieran matando. Juan se vuelve hacia ellos y grita: ¡No sabéis que podéis caeros al río! ¡Fuera de aquí! Y les hace un gesto con el brazo, como quien aparta las moscas. Ellos se ríen y le burlan, girando sus manos abiertas con el dedo gordo apoyado en la punta de la nariz.

Juan se pone en pie y echa a correr hacia ellos, pero los niños son más ligeros; se diseminan y se esconden detrás de los árboles. Le dicen: ¡Aquí, viejo, aquí!, alternativamente, y él corre de árbol en árbol, pero se le escapan, ligeros como gatos, a esconderse tras otros árboles. Desearía agarrar al menos a uno, tirarle de la oreja, sacudirle y gritarle que se vayan a jugar a otro sitio.

Corre descalzo hacia el tronco donde se esconde uno —apenas hace un instante le ha visto citarle con descaro—, pero pierde el resuello, se topa con una piedra y da un traspiés; mientras, otro le reta por la espalda: ¡Aquí, viejo!
Al girarse, Juan cae al suelo boca arriba como un saco de harina. Tendido, ve las copas de los árboles y el cielo. Las hojas, de una tonalidad morada, se recortan contra el cielo que tiene un color apenas un poco más claro.
Cierra los ojos; siente la presión del pecho jadeante y un pulso que late en su tobillo derecho, que todavía no le duele. Pasa así unos segundos, esperando a que llegue el dolor, a recuperar la respiración. ¡Viejo! ¡Viejo! Las voces de los niños se van alejando, y, cuando abre los ojos y se incorpora, está sólo en la chopera donde la oscuridad ya ha ganado a la luz.

Entre las sombras, vuelve hasta la orilla donde están sus zapatos vacíos. Se ha hecho muy tarde y ahora tendrá que darse prisa. Lo absurdo de este pensamiento le hace sonreír levemente.

Y bien, ahí esta el río. Una débil luz que llega desde una casa de la otra orilla le ayuda a poder sentarse en el mismo lugar del terraplén: el tobillo se está hinchando y el dolor, que le sube hasta la rodilla, hace difícil el movimiento.

Se quita el reloj de pulsera y lo deja a un lado, sobre la tierra, donde las pajas que rematan la ribera son una masa oscura, pero escoge una, la arranca y empieza a mordisquearla mientras mira el agua.

Hace un esfuerzo por pensar en aquella novia para recuperar alguna de las razones que ese domingo le han llevado hasta allí, pero, en cambio, se enuncia en su cabeza que el agua está oscura como la boca de un sepulcro, negra y, probablemente, fría, como debe ser al agua de la laguna Estigia. Y se figura los cuerpos de los ahogados mecidos en el fondo, sus caras sin ojos comidas por las carpas, sus dedos de algas rozándole la piel, y, dando un respingo, retira las piernas del borde.

El dolor le da una punzada terrible en el tobillo cuando se pone en pie. Viejo, no, no tan viejo. Esos diablos, porque eran muchos…

Se ha levantado un airecillo suave y, como dejándose empujar por él, Juan se mece de pie en el borde de tierra. Bastaría un salto pequeño, ahora. Abre los brazos en cruz y aspira el olor del agua. Ese agua tan negra.

Se agacha y rastrea con las palmas de las manos la zona del suelo donde creía haber dejado el reloj hace un momento, pero sólo toca piedras y palos que le hacen daño. Sacude contrariado la cabeza: se ha hecho muy tarde. Encuentra los zapatos a tientas y se los pone. El próximo domingo…, se dice mientras se incorpora.

Recuerda en este instante que le queda algo sopa de ayer, y, con las manos en los bolsillos del pantalón, camina hacia su casa cojeando por la tiniebla de la chopera.


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