Federico y Elena me han llamado para contarme que tienen una gatita pequeña en casa. Me cuenta Elena que acaban de recogerla. Los obreros que están abriendo zanjas al costado de la carretera, frente a su casa, se la han dado. Por lo visto Lola — así es como han decidido llamar a la gata— vivía en una madriguera que han desbaratado al excavar, y ahora, además de perder su casa, es huérfana. Elena la describe negra, de ojos verdes y rabo diminuto.
Me invitan a merendar y cuando llego tienen que abrir la puerta con mucho cuidado, porque tienen miedo de que Lola se escape, ya se sabe la tendencia que tienen los gatos a salir corriendo por las escaleras, y, aunque la gatita es aún muy pequeña y aunque no ha aparecido por el pasillo, hay que tomar precauciones.
Me siento en el sofá blanco, ante un té con bizcochos que sirven en la mesita de la sala frente al televisor apagado, y Federico me advierte de que bajo el sofá se esconde Lola, que tiene todavía mucho miedo. Claro, nunca ha tratado con seres humanos hasta ahora, de manera que permanece escondida tan adentro que es imposible verla.
Es natural que tenga miedo si, como suponen, habrá visto morir a su madre aplastada por una pala excavadora. También ha perdido a todos sus hermanos, que han debido ser entregados en adopción por los obreros a diferentes personas. Es normal que esté tremendamente asustada, por eso debo comer los bizcochos en silencio y tener cuidado al dejar la taza sobre el platillo, de manera que no haga ruido. Los gatos, al parecer, son muy sensibles a los sonidos, porque oyen todo multiplicado a la enésima, así que desde que ha llegado Lola en aquella casa no se enciende la televisión, ni la radio, ni el equipo de música.
Federico se imagina el ruido espantoso que hizo excavadora cuando aplastó a la madre de la gatita y el crujir de los huesos del animalillo. Es probable que Lola viera y —lo que es peor, porque los gatos al fin y al cabo no tienen muy buena vista— escuchara todo aquello.
Cuando Federico y Elena se van a la cocina con las tazas y el plato con las migas de los bizcochos, me agacho y miro bajo el sofá, pero solo veo un agujero oscuro donde no se distingue ni siquiera la refracción de los ojos verdes de Lola. Siento, sin embargo, un gran escalofrío al imaginar la enorme soledad del animal.
Cuando abandono la casa ellos me acompañan hasta la puerta casi de puntillas y abren apenas una rendija para que yo pueda salir. Elena y yo cruzamos una mirada de cómplice ante la dificultad que entraña salir por un lugar tan estrecho, porque comprendo el dolor que supondría para ellos que Lola se escapase de casa, ahora que ya son casi una familia.
Mientras camino hasta la parada del autobús busco con la mirada las obras, tal vez pueda ver la excavadora. Me la imagino pintada de amarillo con el cuerpo ensangrentado de la pobre madre colgando de sus fauces de acero, pero la calle está indemne; no hay rastro de la zanja. Han debido de hacer un trabajo rápido.
El autobús pasa ante la casa de Federico y Elena, los visillos están echados y el jardín vacío. Pienso en los hermosos ojos verdes de Lola, en su pequeño rabo, en el amoroso cuidado de la pareja hacía el animal. Debe ser bonito poder cuidar así de un ser indefenso.
Al llegar a mi calle unos enormes lagrimones descienden por mis mejillas, no he podido dejar de pensar en los huérfanos durante el trayecto.
En la acera, ante mi portal, una pala excavadora ahonda la brecha que han abierto para meter unos tubos del Canal de Isabel II. Entre el ruido espantoso me parece escuchar los gemidos de un animal aterrorizado. Me acerco al capataz y le digo que cuidado con los gatos. El hombre pone cara como de no comprender, pero yo sé lo que me digo. Añado que vivo en el 6º C y le doy mi teléfono: ese pobre animal no quedará desprotegido. Cuando llego a casa cojo el teléfono y llamo a mi amiga Nuria. Le cuento que he adoptado un pequeño gatito.
Creo que le voy a llamar Pumby.