Biblioteca del 6 de Marzo, 2006
categoría Relatos
de Alfonso Fernández Burgos, Vuelo rasante

Mi padre tenía la costumbre de sacarle los ojos a Franco. Lo hacía despacito, con las tijeras, con mucho detenimiento y atención cada vez que la foto del General aparecía en la portada del ABC. Al principio me asustaba un poco, porque mientras metía las puntas afiladas, y hasta que surgían como florecillas de papel prensa, le daba por gritar. De la boca de mi padre salían cosas que no entendía por mi edad pero que yo las imaginaba feroces; eran insultos contra aquel hombre de tan frágil compostura, de tinta.

-Eunuco -decía.

Empezaba siempre por Franco y seguía con su mujer, doña Carmen Polo, de la que se mofaba machaconamente colocándose un palillo vertical entre sus labios que le mantenía los dientes al descubierto a la manera de los de la esposa del Caudillo.

Mi madre, que siempre fue un capital de sensatez, (no sé qué hubiera sido de nosotros de lo contrario) le insistía en que no dijera más barbaridades y que dejara de hacer el imbécil, que el día menos pensado íbamos a tener un disgusto por culpa de sus payasadas. Y es que, en realidad, aquellos espectáculos que montaba mi padre no obedecían a motivos políticos sino a una especie de locura venial que le llevaba a responsabilizar al Jefe del Estado de todas sus desdichas y penalidades. Sin embargo sus gritos eran mano de santo, porque al poco de llamar a Franco «eunuco del Pardo» o «ruina de España» se tranquilizaba mucho, se avenía a razones, le hacía caso a mamá y se disponía a comenzar la lectura del periódico, lentamente, tomándose una copa de Fundador y fumándose un Ideales envuelto en papel amarillo.

Aunque se quejaba con frecuencia de su suerte, mi padre vivía como un marajá, según decía mi madre. Alguna vez tomaba el autobús, se marchaba al centro y volvía diciendo que se había pateado un montón de oficinas y que no había encontrado nada.

-Como siga así tendré que coger el baúl y marcharme a Suiza.

Mi madre le decía que no trabajaba porque no le daba la gana, porque era un haragán, un irresponsable y porque no tenía redaños, y que como vivía tan ricamente de la tienda donde ella se dejaba la juventud, que holgazaneaba sin más. También le decía que qué iba a hacer él en Suiza, que allí no había más que banqueros y albañiles y que él no sabía hacer más que tres o cuatro cuentas.

-Isabel, no me faltes, soy perito mercantil.

Con título o sin título mi madre llevaba algo de razón porque salvo rellenar con cifras redondeadas con esmero aquellos cuadernos apaisados llenos de líneas negras y rojas (en los que ponía «mayor» y «diario»), y escribir «verificado» en las facturas de la tienda de ultramarinos que atendía mi madre, yo nunca le vi hacer trabajo alguno.

A pesar de sus arranques contra la portada del ABC mi padre era un hombre tranquilo y de costumbres sosegadas. Él no le prestaba mucha atención a las homilías de mi madre y le decía «dale al niño para tabaco» o entraba altivo y sonriente detrás del mostrador, abría el cajoncillo de la recaudación con desparpajo y cogía un billete de veinte duros. Luego se daba un paseo hasta el aeropuerto donde, según él, se veía cómo la civilización llegaba de «allende nuestras fronteras». De vuelta a casa se sentaba a fumar y a leer el periódico y apuraba otra copita entre comentarios sobre las noticias que iba leyendo.

Mi madre, si no chillaba, se lo toleraba todo: su pereza, incluso las extracciones pulcras de los ojos del Caudillo. Pero temía que alguno de aquellos berrinches nos pudiera complicar la vida; porque, según mi madre, había mucho envidioso suelto. Mi hermano Javi y yo nunca tuvimos problemas y solo una vez nos preguntó

Julián, un vecinito con pecas, que si nuestro padre era comunista, y nosotros, al unísono y sin ponemos de acuerdo, contestamos que era perito mercantil.

Mi padre tenía su pronto. Bueno, hasta el día del maletín. Vino con él disimulado dentro de la gabardina -hecha un gurruño como dijo mi madre-, con los ojos fuera de las cuencas y la frente llena de sudor.

-¿Qué es eso? -preguntó mi madre.

Él se llevó el dedo índice a los labios y nos hizo entrar a todos en el comedor.

-Me he encontrado esto a la salida del aeropuerto, al lado de un árbol, tirado. He mirado alrededor y no había nadie. Lo he camuflado con la gabardina y aquí está.

Mi hermano, mi madre y yo mirábamos la gabardina arrugada y cómo temblaban sus dedos mientras la fue retirando con mucha lentitud, casi litúrgicamente. Era un maletín de cuero negro, muy fino y elegante. Hubiera sido propio de un perito mercantil si a mi padre le hubiera dado por trabajar. Intentó abrir las dos cerraduras laterales pero al principio el maletín se resistía.

-¿Qué hacemos? -preguntó para que le ayudáramos a tomar una decisión.

-Llama a objetos perdidos --dijo secamente mi madre.

Mi padre pedía calma a la vez que manipulaba la cerradura, una de esas doradas en forma de «T», que al final cedió. Levantó la tapa lentamente, como si pesara mucho, y pude observar cómo los párpados se le quedaban rígidos y la respiración contenida.

-¡Pero qué es esto, Dios mío!

Una capa hermosa de billetes con fajín blanco relucía en su fondo. Eran billetes nuevecitos, verdes, impecables y llenaban a rebosar toda la capacidad del maletín en tacos de cien. Nos quedamos callados. Las miradas bailaban de un rostro a otro sin que ninguno supiera qué decir. Yo pensé en una bicicleta y vi cómo mi padre fue espirando lentamente el aire que había acumulado en los pulmones.

Mi madre, al ver nuestros ojos ensoñadores, cerró la tapa de un manotazo y dijo:

-Esto hay que devolverlo.

-Tengamos calma, mujer, vamos a ver primero de quién es, quién es el propietario. Habrá algo, un indicio, una pista que nos diga quién es el titular de este patrimonio, y que, seguramente, recompensará por su devolución.

De nuevo pensé en la bicicleta. Con mucho cuidado fue sacando, uno a uno, los macizos tacos y amontonándolos en la mesa. Era un día de otoño lleno de luz y noté cómo el papel de los billetes tenía un brillo parecido al del suelo encerado, reflejando el sol que entraba por la ventana.

No había nada, ni un nombre ni una tarjeta ni otra cosa que no fueran los robustos bloques de billetes nuevecitos con el rostro grabado de San Isidoro de Sevilla. Otra vez los ojos encontrados, y mi bicicleta -ahora de carreras- de color naranja y con varios piñones. La tensión de mi madre cedió y sus pupilas se lanzaban ligeramente, desobedientes, hacia el techo, aliviando un poco la contundencia de antes.

Mi padre volvió a colocar los apretados montones en el maletín y lo guardó en el aparador. Cada mañana se iba paseando al aeropuerto y al volver a casa mi madre lo recibía con un:

-¿Qué...?

-Nada -respondía mi padre.

Con el paso de los días se diluyó el gesto escarpado de mi padre, la serenidad le volvió al semblante y el temblor de sus dedos al liar el tabaco con los papeles amarillos desapareció. Una noche, después de la cena, nos dijo en un tono algo forzado, como si le estuviera hablando a seres desconocidos, o tal vez a su conciencia:

-Creo que ha pasado un tiempo prudente. En todas estas semanas nadie ha reclamado el portafolios. No hay un solo indicio que nos permita cumplir con la inexcusable obligación de la honestidad, en consecuencia, tengo que comunicaros que somos ricos. Pero es muy importante guardar las formas, no hacer ostentación y extremar la prudencia y el sigilo.

A partir de aquella noche sacaba con delicadeza algunos billetes del maletín y atendía de vez en cuando nuestros caprichos. Los Reyes del año siguiente me trajeron una bicicleta de carreras con muchos piñones.

Mamá, por prudencia decía mi padre, tenía que seguir en su mostrador de ultramarinos. Mi padre cambió los Ideales por unos cigarrillos rubios americanos de esos que ya venían liados y cuando el retrato de Franco aparecía en la portada del ABC, no gritaba ni le clavaba las tijeras, sino que tomaba su pluma y le dibujaba con lentitud precisa unos quevedos redonditos, redonditos.

De "Mujer con perro sobre fondo blanco", de Alfonso Fernández Burgos. Editado por Gens.

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