Biblioteca del 26 de Febrero, 2006
categoría Primeros capítulos
de Magdalena Tirado, Los que lloran solos

Verás, antes de venir a Madrid y de que me cambiara la fortuna, antes de que me encerrasen y me separaran de mi hijo, una de las cosas que más me gustaba era sentarme a la sombra de un magnolio. El magnolio crecía junto al río, a las afueras del pueblo, y cuando las tardes eran buenas cogía al Alvarito de la mano y caminábamos hasta allí. Él se entretenía en echar al agua las hojas abarquilladas, y yo dejaba pasar el tiempo así, mirando al niño, bajo el aire dulzón de las magnolias.

Por la cara que pones se diría que eso del magnolio te parece una tontuna. Pero pensar en ello ha hecho más llevaderos estos dos meses de cárcel y el estar separada de mi hijo por primera vez. Puede que en tu país tengas un árbol del que acordarte. Y hasta puede que también hayas dejado allí algún crío y no te quede más remedio que fingir media sonrisa. Yo también lo hago muchas veces. Para darme ánimos. No quisiera parecerte presuntuosa, pero si en algo soy maestra es en hacer de tripas corazón.

Son ya varios los días que llevo diciéndome que de hoy no pasa. Los mismos días que llevo mirándote cada vez que sales al patio y arrepintiéndome en el último momento, cuando las piernas empiezan a temblarme.

Todavía ahora las tengo temblonas. Y no es por el traspié que me he dado a medio camino, no, que de eso me he repuesto rápido a pesar de que la de la camiseta verde limón no ha podido guardarse la carcajada. Si me tiemblan las piernas es por temor a que me des la espalda. Porque puede ser humillante, acercarme a una desconocida en medio del patio para hablarle de mi soledad, y que no me escuche. ¿Me puedes decir de qué sirve una voz sin un oído que la reciba? Ese es mi miedo. Me sueltan mañana y no tendré otra oportunidad.

Quizá te estés diciendo que a ti qué te importa. Que a santo de qué vengo con mis monsergas. Pero desde la mañana que te vi, me acuerdo bien, ibas descalza y cantabas un bolero mientras ahuecabas la almohada, desde esa mañana que te digo, has sido para mí como un imán. Yo no he vuelto a sentir algo parecido desde que murió mi abuela. No tienes por qué arrugar el hocico, la verdad es que mirándote desde fuera, no tenéis comparación. Mi abuela andaba siempre con algún trabajo entre las manos y nunca se hubiera atrevido a enseñar, como tú, un metro de pierna. Su vestido colgaba una cuarta más largo por delante que por detrás. Y tacones tampoco. La de veces que me contó en vida lo del par de zapatos que tuvieron que prestarle para el día de su boda, y fueron los únicos, cuanto más para atreverse a llevar unos tan altos como los tuyos.

A mí me gustan los zapatos con un poco de tacón. Eso siempre hace las piernas más bonitas. Yo tengo unos así, que levantan un poquito. Hoy no los llevo, pero son los que me suelo poner con este vestido que como es el más nuevo que tengo y el que mejor me sienta, me lo pongo sólo para las celebraciones. Quizá hayan sido demasiados los años que he llevado ropa triste, ocho, entre el negro y el alivio de luto. Cuando mandé a la modista del pueblo hacerme este vestido para quitarme la ropa gris, me pareció que iba provocando con este escote cuadrado y este corte en las caderas y resulta que ahora, a tu lado, parezco tu madre y sólo tengo cuarenta.

He escuchado decir a las otras en el comedor que siempre estás callada. Que rehuyes a la gente porque no te gusta dar palique. Y en eso estoy contigo, porque mismamente en eso, en ser de pocas palabras, te pareces a mí. Mi abuela tampoco hablaba mucho. Yo me crié con ella y me enseñó a escuchar y a abrir la boca sólo cuando fuera necesario. Y hoy lo es. Hoy, es necesario atreverme a algo que no he hecho nunca. Si no, ¿por qué iban a temblarme las piernas?, ¿por qué este miedo de hoy a hablar contigo? Pues por eso, porque sólo dan miedo las cosas a las que no tienes costumbre.

Mira, si te parece bien, podemos sentarnos en aquel banco. Allí da el sol hasta la hora de comer. Si no te parece bien, podemos dar vueltas por el patio. Yo estoy hecha a todo, que a mi abuela, con estar siempre tan atareada, si quería decirle algo, también tenía que irle detrás. Me convertía en su sombra mientras ella echaba el maíz a las gallinas, añadía agua al puchero, barría la puerta o encalaba las paredes. Sólo se sentaba un rato por la noche, al lado de la lumbre, y yo me quedaba como tonta escuchando las historias de ánimas que me contaba.

Haces bien en sentarte. Esto nos llevará un rato y a la de la camiseta verde limón no le dará por acercarse hasta aquí. Mírala, está recostada en la tapia y no nos quita ojo, ¿la ves? No sé por qué ha tenido que reírse cuando el tropezón. Ella, por sí sola no hace nada, siempre en camarilla para envalentonarse. Y luego, tú y yo las raras. Una mañana, en un corrillo del patio, hablaba de ti. Decía que para ella que eras muda. Que te debían de haber cortado la lengua en un ajuste de cuentas. Por eso no deja ahora de mirarnos. Debe de estar esperando, para ver qué haces conmigo. Porque la de la camiseta verde limón también dice que cuando la colombiana se avinagra, es mejor dejarla en paz.

Pero yo sé que no eres muda, que oírte cantar bajito el otro día, mientras hacías la cama, me dio confianza. No vayas a pensar que te espío. Eso sí que no. Yo de las cosas que me entero es porque las oigo, ya te he dicho que no pregunto a nadie, que aquí cada una tenemos bastante con lo nuestro. Pero, desde la mañana que te oí cantar, no he podido quitarme de la cabeza ese acento tan dulce. La de la camiseta verde limón también te escuchó desde el pasillo. Y me miró, cuando no pude evitar pararme un momento delante de tu puerta. Luego, al verme entrar en las duchas, la de la camiseta verde limón me dio la espalda y les dijo a las otras, con mucha socarronería, que hay que tener valor para estar presa y seguir cantando. Y eso, que para ella era casi una locura, a mí me pareció una señal del cielo.

Mientras me duchaba pensé en mi abuela. Ella siempre decía que quien canta, sus males espanta y que al cantar, la voz que sale es la del alma. Y al pensar en ello, me quedé allí parada, con la pastilla de jabón en la mano y me dije que si presa y todo te daban ganas, es que todavía no estabas demasiado amargada. Así que, cuando terminé de secarme con la toalla, ya había decidido que antes de salir de la cárcel me atrevería a contarte mis cosas. Serás la primera, y quizá la última, que sepa tanto de mí. Yo no soy de las que van pregonándose por ahí sin ton ni son. Eso es a lo que estamos acostumbrados los que lloramos solos. Pero ahora que puedo llorar en compañía, ahora que tienes a bien prestarme tus oídos, será mejor que aprovechemos este sol de la mañana antes de que termine el recreo.

A mí esto de salir al patio me recuerda a la escuela y mira que fui poco. Lo justo para aprender las cuatro reglas, que esa es una de las cosas que más me escuece, no haber podido estudiar. Por eso, cuando nació mi Alvarito me dije: «Este chico, si Dios quiere, será maestro». Y por emperrarme yo con eso de que el chico estudiase, he acabado en presidio. Quién iba a decirme a mí que esa voluntad se me iba a torcer tanto. Si lo piensas bien, yo creo que no es justo. Pero qué te voy a contar de justicia, si la llevo atravesada casi desde que nací. Muchas veces he pensado que a mi estrella debió de rompérsele alguna punta cuando me la dieron. Si me da tiempo a terminar, quizá tú puedas decirme si es sólo cosa mía o si a ti también te parece que mi estrella tenía algún defecto de hechura.

Suerte..., lo que se dice suerte, no se puede decir que haya tenido mucha en la vida pero, así entre nosotras, cuando salga de aquí ya no será lo mismo, como me llamo Dorotea. Porque esto de acabar en la cárcel, aunque esté mal decirlo, creo que ha sido casi lo mejor que me ha pasado hasta el momento, harta ya de ver cómo todo se me iba torciendo.

Aunque, no todo son penas. Entre mis recuerdos hay uno «bonito, bonito» que tengo desde niña y en el que he pensado muchas veces. Te vas a reír, pero aquí donde me ves, yo quería ser maestra de pueblo. Luego, con los años, aquello se me fue pasando y cuando nació el Alvarito, yo, que ya había olvidado lo de ser maestra hace tiempo, empecé a pensar en que él sí podía llegar a ser maestro. Ya sabes, los padres a veces nos empeñamos en que los hijos hagan lo que nosotros no hemos podido y como yo, por mucho que me empeñase, tampoco había podido enderezar aquella voluntad, pues no era de extrañar que con el chico me volvieran las esperanzas.

Empecé a soñar con ser maestra, los dos o tres meses de invierno que me dejaban en mi casa ir a la escuela porque no había nada que hacer en el campo. Atención, lo que se dice atención, pues igual no ponía mucha. Recuerdo que me quedaba como en una nube, pensando en lo bien que vivía la maestra todo el día calentita al lado de la estufa de leña, que cuando se aburría no tenía más que afilar y afilar lapiceros. La Chelo, mi vecina, me decía que si afilaba lapiceros no era porque se aburriese, que lo hacía porque estaba enamorada.

Eran mañanas frías. Llevábamos de casa un tronco de leña que al entrar en la escuela dejábamos al lado de la estufa, en un montón que doña Concha iba quemando hasta que terminaban las clases. Cuando hacíamos el descanso a media mañana, ella siempre se quedaba dentro mientras nosotras jugábamos en el patio a la comba o a la rayuela. Por eso te decía yo que esta hora que nos dan suelta para que salgamos al patio me recordaba al recreo de la escuela.

Cuando la Chelo se cansaba de saltar a la comba espiaba a doña Concha por las ventanas. Luego venía y nos contaba que no paraba de escribir, y que seguro que eran cartas para su novio, y que no le conocíamos porque era de otro pueblo. La Chelo siempre ha sido muy fantasiosa con lo de los novios, que luego por poco me la lía a mí también con mi Eusebio. Pero puede que tuviera algo de razón. Los domingos, la maestra siempre cogía el primer tren de la mañana y no volvía a aparecer hasta el lunes, un rato antes de abrir la escuela. Y es probable que fuera a ver a su novio porque un lunes, lo tengo grabado a fuego, volvía yo de buscar la leche y la vi bajar del tren. Traía la cara tan triste que a punto estuve de olvidarme de lo de ser maestra. Aquella mañana estuvo tan ausente que no le dio ni por afilar lapiceros. ¡Con lo que eso la entretenía! Y algo serio sí que debía de pasarle porque, cuando estuvimos cada una en nuestro sitio, nos dijo que no quería oír ni un murmullo. Después, nos hizo copiar al dictado un poema tan triste como su cara y, todavía hoy, no he podido olvidarme de algunos versos. Luego, nos mandó al recreo antes que nunca. Todas salieron al patio gritando como locas, pero yo no tenía ganas de jugar. Unas se pusieron a saltar a la comba y otras a jugar a la rayuela. Fíjate cómo estaría que, cuando le tocó dar a la Chelo, me acerqué a su lado y mientras las otras saltaban le dije que para ser maestra lo mejor sería no echarse novio, y que le daba la razón, que yo también creía que doña Concha tenía esa cara por haberse enfadado con algún hombre.

Desde ese día nunca volvió a coger el primer tren de los domingos y hasta que se marchó del pueblo lo más que hizo fue sentarse a la orilla del río y recitar versos, pero ella nunca supo que la espiábamos.

Claro, que todo eso pasaba cuando yo era niña. Cuando soñaba con viajar en tren como la maestra y ver mundo y pasar el invierno calentita al lado de una estufa de leña como la suya.

Aunque te pueda parecer lo contrario, ya te he dicho que soy bastante callada. Pero, si hay algo que no me ha quedado más remedio que aprender, es a escuchar. Mi abuela decía que tanto importa lo uno como lo otro. Que un buen oído no tiene precio. También decía que para hablar mucho, antes hay que escuchar otro tanto. Así que, me pasé la niñez preguntándole si ya era suficiente y ella contestándome siempre lo mismo: «Cuando llega el momento, se sabe», y si le insistía para que me dijese cómo, cómo se sabía aquello, me atajaba diciendo: «Se sabe, sin más». Cuando se murió yo tenía once años y me he pasado la vida preguntándome cuándo las personas escuchan lo suficiente para poder hablar con sentido. Puede que eso no llegue nunca o puede que yo haya dejado pasar un tiempo demasiado largo. No lo sé. Lo que sí me parece, es que ya he llorado sola demasiado tiempo. Si no, que se lo pregunten a mis plantas. A veces, me ponía tan triste que, hasta las alegrías que tenía en las ventanas de mi casa se iban doblando poco a poco y no era capaz de enderezarlas ni con agua, ni con abono, ni con nada. Un día me dije que así no podía seguir que, o empezaba a tener más espíritu, o hasta las plantas se morirían. Y una mañana, mientras las regaba, empecé a hablar con ellas de que me iba a venir a Madrid para que el Alvarito estudiase y las plantas empezaron a sobreponerse y volvieron a tomar cuerpo.

Y hablando de cuerpos, no te lo tomes a mal pero, ¡qué bien te sienta la ropa! Y es que tienes un palmito que seguro que has vuelto loco a más de uno, con ese colorcito café y esas dos tan bien puestas. Aunque, por bien puestas, yo tampoco puedo quejarme, que ya me lo decía mi Eusebio, que las tenía yo mirando al cielo. El Eusebio y yo nos hicimos novios un día de invierno. Nunca podré olvidarlo. Me regaló una naranja que traía guardada en el bolsillo, fíjate qué cosa más tonta. La verdad es que ya hacía muchos meses que me había acostumbrado a verle pasar por delante de mi ventana cada tarde, poco después del toque de sirena de la serrería donde trabajaba. Por lo que tardaba en llegar, yo siempre tuve la certeza de que venía corriendo. Pero al acercarse a mi puerta amainaba el paso y hacía como que había llegado hasta allí sin prisa, paseando, que para aquel entonces ya había aprendido a distinguir muy bien el cambio de su carrera en el empedrado de la calle. No sé, pero también es cierto que por aquellos días le notaba más resuelto. Quizá fuese porque unas dos semanas antes de que se atreviese a llevarme una de las primeras naranjas del invierno, le había oído silbar al acercarse a la ventana y también porque se empezó a esforzar en no arrastrar tanto los pies, que cuando nos casamos me enteré de lo caro que me salía en suelas.

Pero aquel día de invierno del que te hablo, no pasó delante de la ventana haciéndose el distraído, como había hecho tantas otras veces. Aquel día, se paró, dio unos golpecitos en el cristal, y se quedó esperando. Yo me hice la tonta y seguí contando hilos sin mover la cabeza, como si en ello me fuera la vida. Con la poca luz que quedaba fuera y su cuerpo larguirucho parado delante de la ventana, apenas podía seguir la labor y hasta me equivoqué al contar los hilos, que luego tuve que deshacerlo, pero eso no se lo dije nunca.

Aunque llevaba más de un año esperando a que se atreviese a decirme algo, la verdad es que ese día me pilló un poco de sopetón. Cuando lo sentí allí parado, además de confundirme al contar los hilos, también cogí la aguja equivocada del acerico y el tallo de la flor que estaba bordando lo hice de color azul. No sé si en tu país habrá flores con el tallo azul; en las tierras que yo conozco, no he visto nunca ninguna. Pero yo hacía que estaba muy a lo mío, como si los tallos se hubiesen bordado azules de toda la vida y, para que levantara la cabeza, tuvo que tocar el cristal por segunda vez. Entonces sí, entonces levanté la cabeza y allí estaba el Eusebio, con la naranja en la mano esperando a ver si le hacía caso. Y, ¿qué iba a hacer?, pues abrir la ventana para no despreciarle la naranja pero, al ir a cogérsela, salió rodando calle abajo y tuvo que ir tras ella como un niño al que se le escapa la pelota. Después de tanto imaginarme cómo sería su declaración, no pude menos que reírme.

Pero no te vayas a creer que se lo puse fácil. Ahora me arrepiento un poco, no creas, que para una de las pocas cosas que he tenido buenas en esta vida, no imaginaba yo que me iba a durar sólo unos años. Ni sé la de veces que me he arrepentido después de todas aquellas tardes que le cerré las cortinas cuando se quedaba mirándome allí plantado como un pasmarote, con tanta reverencia, que parecía que estaba mirando un paso de procesión más que a una futura novia. Y tuve que decirle que, o dejaba de mirarme así, o se acababa el cortejo. Por eso, el día que al ir a echar la cortina sacó la naranja del bolsillo, me dio no sé qué darle con ella en las narices y abrí la ventana para cogérsela. Desde aquel día empezamos a hablar formalmente, desde la ventana, claro, no vayas a pensar lo que no es. Tuvieron que pasar todavía unos meses hasta que acepté ir con él a la romería.

Y esto quizá no lo entiendas pero, en un pueblo pequeño y viviendo sola, una tenía que tener sus precauciones. Porque cuando ya habías sido novia de alguien y la cosa no salía bien, el pueblo entero sólo te veía vistiendo santos. Y yo no soy muy de iglesias, la verdad, a los funerales y las fiestas grandes. Tenías que haber oído las reprimendas que me echaba don Zacarías, el cura, cuando me encontraba por la calle: «Dorotea, que te vas a perder, una mocita sola y sin confesarse por lo menos una vez a la semana, y encima con novio, que ya me he enterado, te vas a perder hija, te vas a perder...», y así, cada vez que me veía. Aunque esté mal decirlo, empecé a rehuirle. Si veía la sotana aparecer por una calle, cambiaba de camino, que ya me tenía bastante harta con aquel sermón callejero, como para ir a aguantarle encima los domingos.

Puede que le acostumbrase mal la temporada que iba todas las tardes a la iglesia. Pero de eso hacía ya muchos años, cuando murieron mis padres y fui a la misa de siete hasta que me gasté el dinero que me dio el pueblo para responsos. Porque cuando ya me fue volviendo la tranquilidad, rezaba sola en casa, a mi manera, que para eso no hacen falta consejos de cura. Y es que, quedarse sola de la noche a la mañana fue un trago. Entrar en casa y encontrarme a mi padre y a mi madre en el suelo, al lado de la mesa camilla, y tocarlos y que no se mueva ninguno, ni una señal, eso es muy duro, morenita. Y más, cuando tienes dieciocho años y eres hija única, que me tuve que consolar con dar un puntapié al brasero y gastarme todo el dinero en misas y responsos, ya ves tú que consuelo.

Pero ¿dónde estábamos? Sí, te decía que hasta que el Eusebio me convenció para salir con él por la calle tuvo que pasarse unos meses de visitas a la ventana. Aquella primavera llegó más bonita que ninguna otra de las que yo recordaba, igual es que la veía así porque ya tenía novio. No sé. El caso es que después de pasarse una semana de mayo insistiendo para que fuésemos a la romería de la Ascensión, le dije que sí. Y la noche de antes, después de dejar la costura, preparé una cesta con la comida para llevarla a la ermita.

No recuerdo haber tardado nunca tanto en hacer una tortilla. Pasé un rato escogiendo los huevos más gordos del gallinero y cuando puse las patatas en la sartén, estuve todo el rato vigilándolas, no se me fuesen a quemar. Porque, mientras veía hervir el aceite, me venían a la memoria las palabras que mi padre siempre le decía a mi madre a la hora de la comida: «Sagrario, tu a mí me conquistaste por el estómago ». Esas cosas cuando las oyes mucho de niña, ya no se te olvidan. Así que me dio por pensar en eso, en que como no le gustase mi tortilla pues que igual no quería ser mi novio. Ya ves tú. Que recuerdo que me desperté entre noche, cuando soñaba que daba vueltas a una tortilla y se me caía al suelo, y no me tranquilicé hasta que salté de la cama y corrí a mirar que la cesta no estuviese al alcance de los gatos.

Apenas dormí. Cuando vino el Eusebio a buscarme por la mañana, ya había hecho todas las labores de la casa, había ido a la tahona a por el pan, había dejado comida para los gatos y las gallinas y, aun así, llevaba una hora esperándole sentada bajo la higuera que tenía en el corral. Claro, que él ni se imagina la hora que pasé a la sombra de la higuera repasando y repasando las cosas de la cesta: hogaza, tortilla, chorizo, un frasquito de vino, servilletas, mantel, tenedores, vasos... Que no se lo conté porque tampoco quería parecerle muy exagerada.

Por eso, en cuanto le sentí llegar, tapé todo con el mantel y corrí a la puerta sin dejarle siquiera pasar al zaguán. Y para que tuviese las manos ocupadas le di la cesta mientras yo cogía la llave del clavo de la pared y echaba el cerrojo y la llave al portón. Llegamos al camino de la ermita, cuando ya empezaba a animarse de romeros.

Al principio nos costó entrar en conversación. Yo le pregunté por la serrería y él preguntó por mi costura, y si no me aburría todo el día sola en casa dándole a la aguja. Yo le contestaba que si la costumbre te puede, se te olvida la soledad, pero tengo que reconocer que mientras le decía esto, me acordaba de las plantas de mi ventana, que aun siendo alegrías ya te he dicho que a veces las notaba decaídas cuando les contaba mis cosas, que se iban doblando poco a poco y que ni agua, ni abono, ni nada. Pero eso tampoco se lo dije, claro, no se fuera a pensar que era yo una triste, que todavía estaba por ver qué me decía de la tortilla y si le parecía buena cocinera. Pero, así entre nosotras, desde que empezaron los preparativos de la boda hasta que tuve la desgracia de perder al Eusebio para siempre, las alegrías estuvieron más alegres que nunca. Ya ves, para que luego digan que las plantas no sienten. Pues como te contaba, estaba dándole vueltas a la cabeza con eso de mis plantas, cuando el Eusebio intentó cogerme de la mano, tan a punto, que llegaron por detrás la Chelo y el Pablo, su novio de entonces. Y para qué quieres más. Empezaron a hacernos bromas y la Chelo hasta me tiró de la chaqueta y me llevó a la orilla del camino para decirme, con aquellos ojos de brasa que ella ponía, que estaría contenta porque ya podía empezar a matar culebras. Estuve por no volver a dirigirle la palabra. Pero no quise dejar que me estropease mi primer día de novia por una de sus tonterías, y sólo le dije que si volvía a repetir aquello, y más delante del Eusebio, no volvería a mirarle a la cara.

Ya te he dicho que la Chelo, para esto de los novios era un poco fantasiosa. Cambiaba a menudo de hombre. Pero a ella no le preocupaba lo de vestir santos, que cuando algún novio despechado le decía que acabaría vistiendo santos, no se apocaba, le contestaba que prefería desnudar vivos y se quedaba tan ancha.

A mí me daba un poco de reparo cuando me hablaba de esas cosas y, aunque luego no acabamos muy bien, se me encoge el corazón cuando la recuerdo. Que tendría muchos novios pero, la verdad era que estaba tan sola como yo antes de casarme. Y al final, se tuvo que venir a Madrid, según decía, porque ya no había culebras que matar en el pueblo.

Un poco bruta sí era, pero también reconozco que no era fácil ser una mujer de sangre caliente donde todo el mundo te conoce. Que yo hasta llegué a defenderla delante del Eusebio, cuando volvíamos de despedirla de la estación, el día que se vino para la capital. Y aunque el Eusebio entonces no me dijo nada, también lo había intentado con él cuando ya estábamos casados. Pero de eso me enteré mucho después. Por el Eusebio mismo. Me lo soltó un día, harto de ver cómo yo seguía sacándole la cara cada vez que alguien me hablaba mal de ella. Y eso sí que no se lo perdoné a la Chelo. Dejé de contestar a sus cartas sin dar ninguna explicación.

Tres años después de marcharse, la Chelo volvió por el pueblo. Mi Alvarito acababa de nacer y, cuando vino a verme, no le abrí la puerta. Eso no se le hace a una amiga, ¿no crees? Que lo peor de todo fue ese comecome que me dejó por dentro. Y aunque el Eusebio siempre dijo que la mandó a la mierda, a mí me dejó con esa duda para siempre, que una no sabe nunca lo que puede pasar por la cabeza de un hombre, aunque sea el tuyo, cuando se lo ponen tan fácil. Porque la Chelo, todo hay que decirlo, era muy guapa y también las tenía mirando al cielo, y yo sé bien que esa era una de las cosas que más le gustaban a mi Eusebio. Por eso no acabo yo de creerme que le dijese que no. Pero voy a dejarlo aquí, que a mí nunca me ha gustado hablar mal de los que no están y menos de los que ya se han muerto.

"Los que lloran solos", por Magdalena Tirado. Publicado en Gens.

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