Biblioteca del 20 de Mayo, 2005
categoría Fragmentos
de Ray Loriga, Caídos del cielo

Estaban en medio de un bosque. Los árboles se tiraban encima de la carretera, una carretera estrecha. Había dejado de llover y todo estaba aún mojado. Faltaba poco para que se hiciera de noche y a esa hora todo se ve más real y a la vez más extraño.

Se bajaron del coche y empezaron a andar. Ella tenía un poco de frío así que él se quitó la camisa negra y se la dio, llevaba una camiseta negra de pico debajo. A ella le rozaba la hierba húmeda en las piernas y a él le rozaba la hierba húmeda en las botas.

-Si sólo pudieras hacer una cosa más, ¿qué harías?

Él se quedó un rato pensando, no sé si había pensado antes en algo así.

-Nada.

-¿Nada?

-Eso es, nada.

-¿Y eso qué tiene de bueno?

-Que no tiene nada de malo.

Yo creo que ella no le entendía, miraba su cuerpo debajo de su camiseta de pico negra y pensaba que era muy guapo pero no entendía que él, realmente, lo único que quería era que le dejasen tranquilo. Quedarse fuera de todos los retos y de todas las obligaciones, de todo lo bueno y de todo lo malo.

-Nada, sí señor, eso es todo lo que le pido a la vida, nada.

-¿Nada de nada?

-Nada de nada de nada de nada de nada de nada de nada de nada de nada.

A veces se ponía imposible. Ella encontró entonces un camino y empezaron a subir, primero por unos escalones de piedra y luego por una escalera de madera mojada torcida y vieja. Tan torcida que parecía imposible que alguien se hubiera quedado tan contento después de construir una escalera tan desastrosa, tan torcida que hacía falta ser muy bruto para construir algo así, tan torcida que ella pensó que cualquiera que viviese al final de esa escalera debía de estar loco.

Detrás de la escalera había una casa, en medio del bosque, una casa tan mal hecha como la escalera, una casa de madera que se podía tirar con un estornudo. Tenía cortinas de colores y flores y un perro grande y asustado. Todo parecía estar a punto de desmoronarse.

Había también un cartel de SE VENDE pintado a mano que casi había desaparecido por la lluvia. Una pareja se asomó al final de la escalera.

-¿Quieren ver la casa?

El hombre estaba delante, llevaba un polo azul remangado y unos pantalones vaqueros remangados, parecía bastante fuerte. Detrás estaba la mujer, con el pelo negro muy corto y un ojo morado.

-Suban, suban.

A ellos les hizo gracia que alguien les hablara de usted aunque fuera un tipo que no sabía construir casa ni escaleras.

-Esto es todo nuestro y puede ser todo suyo.

Alrededor de la casa había un terreno vallado, verde y vacío, detrás estaba el bosque.

-¿Lo ha construido usted?

-Sí señor. Yo solo, con estas manos.

Levantó las manos y se quedaron todos mirándolas, su mujer también. Era pequeño y parecía tan asustada como el perro, que era grande.

-Pasen, pasen.

Entraron en la casa, el suelo crujía como el de un barco, las ventanas eran pequeñas como las de un barco, estaba oscuro como un barco.

-Parece un barco.

-Parece un barco, señora, pero no lo es.

A ella le sonó raro que la llamaran señora, tenía diecisiete años. El hombre no era mucho mayor, debía tener veintisiete o veintiocho.

La mujer parecía de quince aunque a lo mejor tenía treinta.

-Nosotros hemos sido muy felices aquí.

Nada más entrar había una pequeña habitación con una mesa para comer y una televisión con un vídeo encima. Había películas de dibujos animados y cintas de deporte. Después pasaron a un dormitorio oscuro, sobre la cama había una colcha con las manchas de una cebra.

Ella le dijo al oído:

-Parece una casa en un árbol.

En ese momento salió un niño de un armario. Un niño pequeño y rubio que se parecía a él, pero que estaba tan asustado como ella y el perro.

-Vamos al salón a beber algo.

Volvieron al pequeño salón y se sentaron alrededor de la mesa. La televisión estaba encendida. La imagen saltaba en la pantalla y no había forma de ver nada.

-Se ha roto. Es lo único que no funciona de aquí, todo lo demás va sobre ruedas.

La mujer asustada y morena con el pelo muy corto sonrió, el hombre fuerte puso tres vasos sobre la mesa y los llenó de vino. Todos tenían un vaso menos ella.

-¿Se quedan con la casa?

Ellos no sabían qué decir, todo era demasiado raro, como casi siempre. Se bebieron el vino y luego el hombre puso más, se bebieron también ese y luego otro hasta que se acabó la botella.

-Creo que tenemos que irnos.

-Entonces, ¿no les gusta?

Contestó él.

-Sí, sí que nos gusta, puede que volvamos y le hagamos una oferta.

-¿No quieren saber el precio?

La casa era tan pequeña que cuando habló del precio ya estaban fuera.

-No, nunca podríamos pagar lo que vale.

Bajaron por los peldaños de madera torcidos y luego por los peldaños de piedra torcidos. Cuando llegaron al coche ella le dijo:

-Tenías que haberle matado.

Él sabía que tenía que haberle matado. Se sintió tan avergonzado que no dijo nada. Subió al coche, arrancó y salió a toda velocidad de allí. No quería saber nada de la casa del bosque, ni del hombre malo, ni de su pequeña mujer, ni del niño encerrado en un armario.

Capítulo 28 de "Caídos del cielo" ("La pistola de mi hermano") de Ray Loriga, editado por Plaza&Janés, abril 1995.

© 2000 - 2006, textos de Mariana Torres, bajo una licencia de Creative Commons. Excepto los textos citados que son propiedad de sus respectivos autores.

Creative Commons License