Y luego, para entretenerse, se puso a pensar que estaba bajando por la pared. Lo hizo mentalmente, auto convencido de ello aunque tenía en contra la evidencia de la gravedad. Se vio aferrándose firmemente al asiento, a pesar de que la fuerza de la gravedad tiraba de él hacia el asiento.
Los demás chicos botaban en sus asientos, dándose codazos y empujones, gritando. Ender encontró las correas, descubrió cómo se ponían para que le sujetaran por la ingle, la cintura y los hombros. Se imaginó la nave pendiendo boca abajo de la tierra, con los dedos de gigante de la gravedad sujetándola firmemente en su sitio. «Pero nos escabulliremos -pensó-. Nos vamos a caer de este planeta.» No se dio cuenta de su significado entonces.
Más adelante, se acordaría sin embargo que había sido antes de dejar la Tierra cuando la vio por primera vez como un planeta más, como cualquier otro, no especialmente el suyo.
[...]
-Crees que no puedes vencer a los insectores a menos que los conozcas.
-Es más que eso. Aquí, solo y sin nada que hacer, he pensado también sobre mí mismo. He intentado comprender por qué me odio tanto.
-No, Ender.
-No me digas «No, Ender». He tardado mucho tiempo en darme cuenta de ello, pero créeme, me odiaba, me odio. Y todo se reduce a esto: en el momento en que entiendo verdaderamente a mi enemigo, en el momento en que le entiendo lo suficientemente bien como para derrotarle, entonces, en ese preciso instante, también le quiero. Creo que es imposible entender realmente a alguien, saber lo que quiere, saber lo que cree, y no amarle como se ama a sí mismo. Y entonces, en ese preciso momento, cuando le quiero...
-Le vences.
Por un momento, no tuvo miedo de que la entendiera.
-No, no lo entiendes. Le destruyo. Hago que le resulte imposible volver a hacerme daño. Lo trituro más y más hasta que no existe.
-Tú no haces eso.