Biblioteca del 14 de Mayo, 2005
categoría Fragmentos
de Nacho Vegas, Los años de la caseta

Caminando a lo largo del paseo marítimo, fijo de pronto la vista y la memoria en las hileras de casetas que ahora están recogidas. Cuento los años que hace de aquello y al menos me salen quince. ¡Quince años! Entonces mis padres y otros matrimonios amigos suyos solían alquilar todos los veranos una caseta. Entras las escaleras catorce y quince de la playa. Dentro de ella los adultos se cambiaban de ropa y guardaban sus bultos. En una ocasión sorprendí sin querer a una amiga de mi madre que se estaba desnudando después de darse un baño. Ella soltó un gritito; y yo me puse rojo de vergüenza. Después mi madre me regañó. Cuando yo entraba para cambiarme también me sorprendía, y también pasaba un enorme apuro, pero como era pequeño nadie le daba importancia. A mí no me gustaba el interior de la caseta; allí dentro la arena estaba fría y era un lugar que irremediablemente relacionaba con la sensación de vergüenza. Antes de la hora de comer nos permitían ir a bañarnos. A darnos un chapuzón, que decían los padres.

Ellos tomaban mucho el sol, pero rara vez se bañaban. Después nos entraba un hambre atroz, el hambre que se siente después de estar en remojo en agua salada, y comíamos tortilla de patatas y filetes empanados que nuestras madres traían en tupperwares. También recuerdo de los días de playa las discusiones, entre mis hermanos y yo, para librarnos de tener que cargar con la hamaca en el camino de nuestra casa a la playa y viceversa. La hamaca pesaba una barbaridad y además era muy incómoda de llevar: bajo el brazo, con las patas de hierro clavándosete en el costado o golpeándote la pierna. Pero a mi madre no le gustaba tumbarse en la toalla extendida directamente sobre la arena. A mi madre le gustaba traer su propia hamaca. Ella era de las que nunca se bañaba.

Con los años comencé a ir a la playa con mis amigos, y nos poníamos en otra zona, alrededor de la escalera doce, lejos de donde se encontraban las casetas y nuestros padres. Un año mis padres y sus amigos dejaron de alquilar la caseta. Ahora, cuando miro hacia aquellos días, considero si aquella fue o no una buena época. Al menos yo debía de sentir que sí, pero ¿qué sabe un crío sobre cómo andan las cosas? ¿Y qué se yo ahora de lo qu ocurría realmente? Poca cosa. Por lo que a mí respecta, los recuerdos se limitan a: vergüenza, chapuzones, tortilla y filetes empanados, hamacas que pesaban un quintal. ¿Y qué han hecho con sus vidas esos adultos que nos rodeaban? Mentalmente voy recopilando los datos de que dispongo: hacerse daño, hacerse daño, hacerse daño, engañarse, hacerse daño. Envejecer. Algunos, además (como mi padre), llevar una vida poco saludable. Morirse.

Leído en el número 3 de Club Cultura: «Paralelamente a la música, Nacho Vegas está desarrollando su carrera literaria. "Los años de la caseta" es un texto inédito incluido en su libro de relatos, poesía y monólogos "Política de hechos consumados", de próxima aparición en la Editorial Palmart.»

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